martes, 23 de agosto de 2011

Una mujer camina sola

UNA MUJER CAMINA SOLA

Una mujer camina sola. Va recorriendo despaciosamente las largas galerías del Shopping, solitario a esa hora de la mañana, en ese día de la semana. Tiene la mirada perdida. Va, sólo va hacia delante.
Desde las vidrieras imágenes de bellas mujeres jóvenes, en posturas excitantes, le lanzan miradas provocadoras, otras le sonríen pero ella no se da cuenta. Y hasta le hablan, ésas sí, personas de verdad. Pero no se detiene. ¿Qué querrán? Ofrecerle algo, que compre sus perfumes, sus ropas, sus golosinas, sus libros … Ella no fue a comprar, fue a ver cómo seguían existiendo los otros y el mundo de los otros mientras su mundo se derrumbaba.
Muchas veces ha pasado por esos mismos corredores, apurada, siempre apurada, haciendo compras fugaces, lo más urgente, mientras su marido, siempre impaciente, la esperaba. Mientras él fumaba afuera, en la gran terraza, al aire libre, ella corría adentro, en los anchos pasillos, y compraba cigarrillos, encendedores, bombones, chocolates, para él, sus pequeños placeres.
Ahora no tiene apuro. Puede caminar lentamente. No tiene que ayudarlo a ponerse de pie, acompañarlo a recorrer los pocos pasos hasta la salida del Centro Comercial y tomar un taxi. Abrir la puerta del auto, ayudarlo a subir, una pierna primero, la otra después, ver que esté bien sentado, cómodo, cerrar la puerta, ubicarse atrás, dar las indicaciones y luego repetir el proceso al bajar, entrar a la casa y compartir su alivio al sentarse en el sillón.
Ya no, no hay apuro. Sabe que él está atado a una cama, en un lugar extraño a sus afectos, atendido con eficiencia por extraños, en una extraña encrucijada de la vida, quizás la última parada antes de llegar al fin del camino.
La mujer sigue caminando sola, sola, sola.
Mecha Novillo. 15 de abril de 2011.

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