martes, 23 de agosto de 2011

Gasista



GASISTA

Muchos fueron los operarios que a lo largo de los años entraron, se aposentaron y salieron de mi casa para arreglos, refacciones, reparaciones, con buenos y malos resultados, tema de escritos en donde yo volcaba mi desesperación ante el caos que invariablemente provocaban.
Pero hoy, lejos de esos avatares, quiero recordar con afecto y respeto por su calidad humana al gasista que apareció en casa como un desconocido, sólo por la recomendación de una amiga, y permaneció por años en las casas de toda la familia, arreglando, escuchando discos viejos, cantando tangos, tomando mate: un amigo.
Culak era su apellido, un apellido checo, no recuerdo su nombre, siempre lo llamamos así: Culak. Y ese detalle, su origen checo, fue de entrada la mejor carta de presentación. Checo era el abuelo de Quiqui. Los checos son gente buena, laboriosa, honesta, responsable, era un sobreentendido entre nosotros.
Y en efecto, Culak fue eso y mucho más: gasista, albañil, plomero, electricista, colocador de azulejos, y baldosas, pintor y todo lo que hiciera falta. Era gasista matriculado y tenía estudios, se había recibido en el Otto Krause y estaba muy orgulloso de su formación técnica. Sabía hacer de todo y todo lo hacía bien, pero había que respetar sus tiempos.
Recién llegado a Córdoba consiguió un primer trabajo, y por sucesivas recomendaciones, pues sus empleadores siempre quedaban satisfechos con su obra y pasaban el dato a sus amigos, pronto tuvo más trabajo del que podía realizar.
Venía de Buenos Aires, de la Capital, tratando de olvidar un mal matrimonio, ya disuelto, y la ingratitud de un hijo que, habiendo ascendido en la escala social gracias a los estudios de Ingeniería que el padre le costeara y a un buen matrimonio, ahora lo ignoraba. No conocía a sus nietos. Esos tristes detalles se fueron desgranando poco a poco, a través de varios años, en lentas confidencias, entre mate y mate. El termo y el mate eran parte de su equipo de trabajo
En una vieja camioneta, vestido de overol, musculoso y fuerte, de facciones agradables, correcto en sus palabras con la inocultable tonada de porteño, se presentó una mañana. Instalar una cocina fue el tema en casa. Reformar la cocina, hacer un baño nuevo, revocar y pintar el patio, y múltiples tareas más en casa de mis hijos. No podíamos creer que fuera tan bueno en lo suyo. Así, nos lo “prestábamos” cuando hacía falta y lo tratábamos como un amigo.
Con Quiqui hablaba de la guerra, de Checoeslovaquia, de antepasados checos, del idioma, de las costumbres y las comidas. Pero tenía muchos otros intereses. Vio un álbum de discos viejos, de pasta, abandonado, y preguntó si podía quedárselo. Se lo dimos, estábamos por tirarlo. Lo que le interesaba era el tango. Mientras trabajaba cantaba tangos como si en ello le fuera la vida.
Un día llegó tarde, apenado, ensombrecido el semblante. Le preguntamos. Y abandonando toda reserva nos contó el motivo de su abatimiento. Tenía una novia, la había conocido en una tanguería y el darse cuenta de que amaba el tango y la milonga tanto como él había sido un factor importante en su mutuo enamoramiento. Pero había más: juntos se presentaban en concursos de baile y estaban a punto de ganar el primer premio. Pero en la última etapa había perdido. Eso lo mortificaba al extremo, tanto en lo personal como en lo que ese fracaso pudiera influir en su relación de pareja.
En lo de Sergio trabajó por años en reformas importantes, y Federico aprendió a caminar mientras lo veía usar el fletacho, colocar ladrillos, rasquetear y pintar. Imitaba todos estos movimientos como un experto aprendiz.
Un día decidió casarse con su compañera en el baile de la vida y en los concursos de tango. Mis hijos asistieron a la boda.
Los años pasaron, y Culak desapareció de nuestras vidas. No lo vimos más. Parecía inmortal. Pero en algún cielo de arena y cal seguirá bailando, aspirando al primer puesto.


Mecha Novillo. Noviembre de 2010




No hay comentarios: