DE MUERTES Y RESURRECCIONES SUCESIVAS
Varias veces por día se ausenta, muere. Se inclina su cabeza y él duerme, o sueña, sentado en su sillón. Lo miro, me acerco, le hablo, y no me ve, no me oye, no existo, no existe nada para él, está literalmente, muerto. Esa muerte dura una, dos o tres horas. Y de repente, al asomarme o entrar al comedor, sonríe. Ha resucitado. Me mira con cariño, puede que me tienda la mano, o que sólo la tienda para que le alcance un cigarrillo. No investigo. Acepto lo que sea que esa sonrisa signifique.
Eso se repite varias veces por día. Me asusto. Me alivio. Me digo que debo acostumbrarme, que es parte de su enfermedad, me tranquilizo hasta la próxima vez, hasta la próxima muerte y la esperada y siempre sorpresiva resurrección.
Mecha Novillo. 2 de enero de 2011
martes, 23 de agosto de 2011
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