martes, 23 de agosto de 2011

Codicia

Las tres virtudes cardinales. Los siete pecados capitales. Los diez mandamientos. Y la codicia ¿dónde estaba? ¿dónde está?
Codicia. Allí, en sus ojos ansiosos, en su aliento entrecortado, en su respiración agitada. Codicia. Allí. La más negra codicia al verla esa madrugada deslizándose suave, lejana, inasible, extraña. Era bella. Era deseable, incitante, era objeto de codicia. Tenerla para sí. No, no, mejor, ser como ella.
Por la noche había alterado su sueño, ese su sueño leve de mujer mayor, de mujer sola, con carnes marchitas y recuerdos marchitos. Lo había perturbado con sus gloriosos cantos de placer, con sus escandalosos lamentos, con la magia de sus suspiros.
Pero eso ya pasó. Era de día. Un rayo de sol, el primero, la tocó, y sus colores increíbles resplandecieron en un maravilloso muestrario de tonos y matices, de formas y texturas, una especie de inesperado patworch, … Allí fue cuando la codicia la invadió. Quiso tener esa piel, esos ojos, ese lento y majestuoso desplazarse.
Y por sobre todo, con codicia, apresarla y quitarle ese magnífico ropaje y ponérselo como un himno de gozo y soberbia sobre su cuerpo triste y frío. Cuando reaccionó de su ensueño, la vio estirarse, huir y desaparecer, saltando de techo en techo.
Sacudió violentamente la cabeza para espantar la codicia, dijo “Pésame Dios mío”, se santiguó y volvió a la cama.

Mecha Novillo. Noviembre de 2010.





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