sábado, 20 de octubre de 2007

MI ABUELO, MI NIETO Y YO.

Mi abuelo Julián tocaba la batería, él amaba la música y yo lo amaba a él.

Mi nieto Francisco toca la batería, él ama la música y yo lo amo a él.

Mi abuelo era español, catalán por más datos. Por las fotos que veo, en su juventud era un hombre buen mozo de acuerdo a los parámetros de la época. En su rostro llevaba las huellas de la viruela, enfermedad que había contraído en la niñez, era un sobreviviente, ya que esa enfermedad mortal se había extendido como epidemia por toda Europa.

Cuando yo era niña lo veía como un hombre maravilloso. Usaba una barba que ocultaba parte de su cara, y era muy alto, poderoso, tan bondadoso como fuerte.

Mi nieto es también muy alto y muy hermoso, creativo, inteligente, con un corazón de oro y unos rulos que le cubren la mitad de la cara.

Hombre de pocas palabras era mi abuelo.

Silencioso y reservado es mi nieto.

Mi abuelo vivía y vibraba con la música. Todos sus hijos tocaban algún instrumento y las reuniones familiares siempre terminaban en concierto. Se tocaba música clásica y música de compositores españoles.

Mi nieto ha formado, con dos amigos, un conjunto de Rock Nacional.

Cuando mi abuelo tocaba la batería su rostro se transfiguraba, la música lo poseía, era feliz, y yo, testigo de ese milagro, me sentía transportada a un mundo mágico.

Cuando mi nieto de 15 años toca la batería se transforma, se deja llevar por la música y parece apartarse de todos para refugiarse en ese lugar privilegiado al que sólo el artista tiene acceso.

En el medio de cinco generaciones – las que van del uno al otro – estoy yo, tironeada entre la tibia nostalgia del pasado que me recuerda a mi abuelo Julián, el que tocaba la batería, y la alegría inmensa del presente que me ha dado a mi nieto Francisco, el que toca la batería.

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