domingo, 7 de octubre de 2007

Instantáneas 3

El automático no funcionó

Los chicos tienen la orden de hacerse la cama antes de salir para el Colegio. Yo tiendo la cama grande. Es horrible entrar a la casa, a mediodía, y ver las camas deshechas. Deprime. Doña María viene, en nuestra ausencia, y limpia la casa, pero a veces se enferma y no viene. De ahí esta mínima precaución. Que estén tendidas las camas.

Sergio llega del Colegio con la protesta de siempre: “¡Qué viaje eterno! ¡Qué calor!”. Según me cuenta – mientras yo he tirado sobre la mesa el ramillete de flores, regalo de mis alumnos del primario, que Quiqui pondrá en agua cuando llegue, y sobre una silla el guardapolvo, y ya estoy con el delantal de cocina terminando de preparar el almuerzo – consiguió asiento en el ómnibus y escribió una poesía. Me la lee. Es hermosa. Se la pido para leerla con más atención y veo, junto con las faltas de ortografía que me saltan a la vista, los dibujos en el margen de la hoja, y sobre lo escrito. Sergio es un artista. Él lo sabe y yo también.

Le pido que se saque el uniforme antes de comer, bastantes manchas tienen ya el saco azul y el pantalón gris. Va a su pieza; lo sigo, hoja en mano, y allí está el cuadro tan temido y tan desagradable: un revoltijo de sábanas arrugadas cayéndose del colchón y almohadas en el suelo. Doña María no ha venido. “¡Pero Sergio…!”, le reprocho, y él, con asombro inocente me responde: “¡Parece mentira, no funcionó el automático!”. Y con fingida seriedad entra en largas explicaciones sobre uno de sus tantos inventos: éste debía tender automáticamente la cama a determinada hora, así lo había programado, pero esta vez…no funcionó. Los dos sabemos que es una picardía, un juego de muchacho haragán. Pero, ¿qué se le puede contestar a un poeta, a un artista, a un inventor?

Mecha Novillo

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