V
Y es aquí cuando definitivamente la desdibujamos como persona y la asumimos como personaje. Personaje anodino, si los hay, no se destaca por nada en lo exterior, pero algo ha de tener, que todo el mundo lo tiene, cada uno lo suyo, que por serle propio le parece valioso y merecedor de respeto.
Respeto: he aquí una palabra que ella mira – si las palabras que representan ideas se miran, aunque no estén escritas – con especial atención por considerarla – a la idea, no a la palabra – como la base para la buena evolución de la familia, la sociedad y el Estado. No tiene la culpa la pobre – advierto que es la segunda vez que le adjudico dicho calificativo que si bien puede ser una expresión de compasión igualmente puede serlo de afecto, y es natural que como sujeto de mi relato le haya tomado un poco de estima – pues así fue educada, atenta al respeto, a la responsabilidad, a la puntualidad, a la veracidad, a la honestidad, con rigidez y hasta solemnidad, de las cuales hace veinte años por lo menos que está intentando desprenderse, ya que comprende, pues sentido común no le falta, que eso no va con los tiempos actuales.
Y la verdad sea dicha, es difícil tarea cambiar a esta altura de la vida. Un poquito de introspección no vendría mal para ayudarla. Mírenla, no ríe, sólo se permite sonreír. ¿Por qué?. Su reserva ¿a qué obedece?. Su concepto del deber, del esfuerzo, del sacrificio ¿quién se lo inculcó? El estoicismo de que siempre hizo gala ¿de qué le sirve, salvo para mortificarse? El sentimiento de culpa – disparatado o no – que la acosa cada vez que ve a alguien a quien supone careciente, sufriente ¿ cómo hará para superarlo? Y para encontrar la salida en este laberinto de pensamientos, ideas y vocablos que se cruzan y entrecruzan ¿pedirá ayuda? Cuántas dudas!! ¿Y si le concedemos la palabra? O mejor, a partir de ahora debiéramos alternarnos en el discurso, pues el laberinto en que estoy perdida – laberinto de letras, no por eso menos temible – me ha hecho reflexionar, a mí, que no a ella, sobre mi inexperiencia y atrevimiento al abordar semejante camino, éste, el de la escritura, sin tener cerca a ninguna Ariadna compasiva que me arroje un hilo, un cordel, o algún sucedáneo para ayudarme a salir del embrollo.

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