IV
Pero en mérito al orden interno que debe guiar la narración volvamos al comienzo, cuando esta mujer había tomado la palabra y decía que había llegado la hora de hacer un balance, no de su vida, afirmación que sería muestra de una presunción ridícula o de una vanidad alarmante, y ella, la pobre, no es ni una cosa ni la otra: ni presumida ni vanidosa. No lo es, no como una cualidad propia, sino pura y simplemente por pertenecer a una generación en que la presunción, la vanidad, así como el orgullo y la ambición eran disvalores, y a las jóvenes se les enseñaba que la sencillez, la modestia y la sobriedad eran deseables, y se consideraban adornos de la personalidad. Así fue como ella nunca se alineó tras la riqueza, la posesión de bienes, el progreso material y el empuje para ascender posiciones, pudiendo hacerlo, cosa que hoy se consideraría una simple estupidez o una cobardía, cuando no una locura.
El balance que al comienzo de este texto ella tenía in mente era más modesto, sólo iba a reflexionar sobre los hechos ocurridos en el último año, de 27 de octubre a 27 de octubre. Iba a mirar hacia atrás, menudo riesgo, acuérdense ustedes de la mujer de Lot y de las funestas consecuencias de ese giro de cuello o de torso para ver lo que dejaba a su espalda. Quien cuenta esta historia, que de historia no tiene nada pues aún nada ha sucedido, cometería un craso error al permitir que su personaje se convierta en estatua, de sal o de mármol, para el caso es lo mismo, ya que entonces se vería obligado a buscar a otro protagonista.

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