La cueva azul.
Llegamos de visita a la casa de Alejandro. Estamos conversando. Aparece Coni y después de saludar y besarnos me toma de un dedo con su mano pequeñita y me arrastra a su habitación, una bella habitación, en donde todo es azul: las paredes, la alfombra, las cortinas, el cubrecama…Ella la llama “la cueva”, quejándose cuando le ordenan quedarse allí – vaya uno a saber en castigo de qué travesura o desobediencia.
Pero esta vez está feliz, cierra la puerta, se sienta en la cama, me invita a sentarme a su lado y me pide que le cuente una historia. Sus 5 años rechazan los cuentos de hadas. Los relatos que la apasionan son los episodios de la Ilíada y la Odisea. Se los he contado ya muchas veces, pero no se cansa de oírlos. Quiere más. Pide. Exige. Ruega. Empiezo a hablar y el cuarto azul se llena de personajes y sucesos fabulosos: el veleidoso Paris, la bella Helena, el rapto que desencadena la guerra, y luego las hazañas del invencible Aquiles, la astucia de Ulises, el Caballo de Madera frente a las murallas de Troya, la travesía peligrosa, las sirenas y su canto de hechizo y muerte, los engaños de la malvada Circe, el regreso a Ítaca, la fiel Penélope …
Con los ojitos celestes asombrados y la boca entreabierta, anhelante, Coni bebe mis palabras, mientras dioses y héroes pueblan el aire tibio, para desvanecerse luego en los rincones del cuarto azul.
Mecha Novillo

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