sábado, 27 de octubre de 2007

REFLEXIONES.


O Cómo perderse en un Laberinto sin hilo para salir.

(A la manera de …. con perdón de lectores y escritores)

I

He estado releyendo algunos textos míos y veo, con cierta sorpresa, que casi todos los que se podrían clasificar como reflexiones han sido escritos el día anterior al de mi cumpleaños, o ese día o en días posteriores. Evidentemente hay una manifiesta tendencia a hacer balance de vida cuando una ingresa a una nueva década o a un nuevo año, es como sentirse obligada a preguntarse y a responderse ¿Qué hago aquí? ¿Qué hice hasta ahora? ¿Hice lo que debía hacer? ¿Lo hice bien?. Son muchas preguntas, habría muchas más aún y la respuesta es problemática.

Debería comenzar, me parece, por presentarme ante cualquier posible futuro lector de estos pensamientos desperdigados que no me conozca, y aun ante los que siendo familiares o amigos crean conocerme. Bien puede ser que cada uno de los que dicen conocerme vea sólo un aspecto de mi personalidad y no el total, la complejidad de esta mujer “entrada en años…” que está acá, frente a la computadora, tecleando con un dedo de cada una de sus manos artríticas y luchando con un mouse escurridizo, sin saber a ciencia cierta si lo que hace lo hace por vocación y necesidad de escribir, o si es una simple actividad motora a fin de, por una parte, ejercitar la motricidad fina y por otra, alejar el fantasma del Alzheimer poniendo en movimiento, a fin de prolongar la vida, a sus neuronas que en este mismo momento mueren por millares, como ocurre con las de todos los seres humanos, lo que significa una amenaza terrible para algunos, como ella, mientras que para otros, más ignorantes y más felices, dicha amenaza no figura entre sus preocupaciones.

Dije presentarme, y es lo que intentaré hacer. ¿Con qué lenguaje?, me pregunto. Porque hay opciones: emplear un lenguaje acorde con la Literatura o la Psicología y entonces, recordando las enseñanzas del Secundario, habré de decidirme por el retrato o la semblanza – posiblemente aquéllos que están ajenos a estas disciplinas quizás no lo capten a primera lectura y abatidos por la tarea de adentrarse en la intimidad de alguien a quien no conocieron y que no les importa gran cosa, dejarán de lado estas páginas sin remordimiento alguno – y está también la posibilidad de hacerlo con la terminología que usan los periodistas para reportar un hecho policial, en forma fría y objetiva, sin menospreciar la otra forma de escribir, hacerlo a medias, solicitando la colaboración del lector para que el texto en cuestión adquiera sentido. En estos tiempos los estilos de escritura se mezclan, lo ecléctico es la moda, de manera que será picoteando aquí y allá, en la descripción estricta y en la ambigüedad quasi poética que diré quién es la que está aquí, sentada a la computadora, para emplear un término que evoque aquel otro de vigencia perimida: sentada al piano.

Esta referencia es desde ya, un punto de partida: este individuo, de sexo femenino como ya se ha adelantado en un párrafo anterior, no es joven, es del tiempo en que las mujeres se sentaban al piano, aunque ella – la mujer en cuestión, que viene a ser la que suscribe, mejor dicho, la que suscribirá, una vez acabado este documento – no lo haya hecho, o por lo menos, no con la frecuencia habitual en los tiempos mencionados, por más que en esa mención no exista la precisión que una investigación seria requeriría. Pero ésta no es una investigación seria así que ¡adelante!

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II

Está sentada ante la computadora, y eso ya nos dice algo - ¿en su favor? ¿en su contra? – pues no es común que una mujer mayor esté frente a la computadora y la use, con el seguro riesgo de dudas y errores que podrá corregir o la llevarán a la desesperación, según el caso – en lugar de estar plácidamente sentada frente al televisor recibiendo, como una abeja reina, el alimento ya deglutido por muchas obreras que hacen de esa tarea “la razón de su vida”.

Sigamos. Esta mujer mayor no posee la Ciencia Infusa, aquélla con la que, según el relato bíblico nuestros primeros padres, Adán y Eva, fueran dotados a fin de sobrevivir en este mundo cruel una vez arrojados del Paraíso; ergo, para estar frente a una computadora es de suponer que debió aprender a usarla. Y sí, lo hizo, tiene un diploma – para mostrar con orgullo a las amigas más “quedadas” – que la habilita como operadora de P.C.

Vuelvo a la duda que quedó flotando en el aire – en este caso, en el relato, puesto que el aire no interviene en la creación literaria salvo como hondo suspiro de pena exhalado por el lector cuando el tema viene de lágrimas, o por el escritor cuando cree haber logrado su objetivo, sea éste cual fuere, y entonces suspira de alivio – sobre si el hecho de estar sentada frente a la computadora podría ser considerado a su favor o en su contra. Se han presentado algunos argumentos que hablarían a su favor, veamos ahora los que podrían ser tomados como contrarios al veredicto final de inocencia que este narrador espera le sea otorgado a la protagonista.

Ella, la mujer, bien que víctima – como todos los ciudadanos de este país, por el solo hecho de haber vivido más años de los que las estadísticas demográficas determinan como esperanza de vida para el tercer mundo – del síndrome de baja autoestima, ha luchado siempre contra esta tendencia por considerarla nociva para su salud. Por ese motivo, no excluyente de otros, que por elemental discreción no vamos a revelar, cayó gustosamente en la tentación de la informática, no en tren de esnobismo, que esto quede bien en claro, pues ser snob no es una de sus debilidades, que las tiene, y muchas.

Cayó, decía, y he empleado este verbo intencionalmente como para que ustedes perciban que fue algo así como un hecho inevitable, podría compararse a cuando uno va caminando distraído por la calle y sin ver un pozo o un desnivel del terreno, cae en él. La informática fue y es aún para algunos un desnivel en los manejos de la vida diaria, dígame usted si no merece ser llamado desnivel el reemplazo de la libretita negra de hojas cuadriculadas en donde se apuntaban las fechas de cumpleaños, de vencimiento de boletas, el día en que se cambió el tubo de gas, o el aniversario de casados, por no hablar de ciertas fechas estrechamente relacionadas con la salud reproductiva y la planificación familiar, todos estos valiosos datos, digo, que en virtud de las posibilidades de la informática fueron a parar a una sola hoja de Excel, tan larga como la historia de la injusticia, que debe ser lo más largo que existe en el mundo.

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III

Y bien, caída así en la informática, de sopetón, pues la decisión de hacer un curso no fue fruto de sesudas reflexiones sino más bien un impulso irrefrenable, no podemos dejar de pensar que si lo hizo quizás fue para sentirse más joven, para probarse a sí misma una vez más como tantas anteriormente que podía, para comprobar su capacidad de superar dificultades, o sencillamente para hacer una salida semanal…

Aquí está, aquí está – y no es la Puerta de Alcalá que ha visto pasar el tiempo viendo pasar el tiempo ella también, pero mientras tanto está en lo suyo, escribir, y a nosotros nos toca decir qué pasa por su cabeza en estos momentos en que le estamos haciendo esta fotografía digital, para usar una expresión común aunque no sepa exactamente lo que quiere decir, o radiografía espiritual, si así lo prefiere el lector, o un identikit que nos permita saber quién es.

Relee lo ya escrito y de a ratos sonríe, piensa que cómo puede ser que Saramago se haya hecho famoso con ese estilo de “escritura automática” que ella está intentando imitar – eso lo aprendió en el Taller Literario – dejando que la pluma, en el supuesto de que se escriba con pluma, si no, en su acepción metafórica, corra sobre el papel registrando no sólo la historia que cuenta sino todo lo que fluye en su conciencia, lo que pasa por su interior, el del escritor, y por su entorno, desde el calor que lo mueve a levantarse y abrir la ventana, mientras lo invaden los recuerdos de otra tarde cálida y feliz, hasta la sed que lo lleva a abrir la heladera y beber agua fresca. Piensa en Saramago la muy inocente, sin tener en cuenta el talento del portugués, que pocos pueden igualar, ella menos que nadie. Y de a ratos se detiene y piensa también que cómo fue que ella se metió en esto que ya le está complicando la vida, y total….para qué, si nadie lo leerá…

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IV

Bueno, a lo hecho, pecho. Estábamos en la presentación del personaje: mujer, de edad incierta pero avanzada, que se atreve a cosas que a sus años otra no se atrevería – no mucho, en verdad, pero tampoco es cuestión de tirar por la borda sus esfuerzos – y…¿qué más?. Poco más si hablamos del presente, mucho más si hemos de remontarnos al pasado, y casi nada si al futuro nos referimos, por cuanto no es mucho el tiempo que le resta, siempre respetando las estadísticas sobre esperanza de vida que periódicamente actualizan los organismos internacionales, y que mal haríamos en desconocer, pudiendo tal atrevimiento atraer sobre nuestras cabezas la ira de estos nuevos dioses .

Pero en mérito al orden interno que debe guiar la narración volvamos al comienzo, cuando esta mujer había tomado la palabra y decía que había llegado la hora de hacer un balance, no de su vida, afirmación que sería muestra de una presunción ridícula o de una vanidad alarmante, y ella, la pobre, no es ni una cosa ni la otra: ni presumida ni vanidosa. No lo es, no como una cualidad propia, sino pura y simplemente por pertenecer a una generación en que la presunción, la vanidad, así como el orgullo y la ambición eran disvalores, y a las jóvenes se les enseñaba que la sencillez, la modestia y la sobriedad eran deseables, y se consideraban adornos de la personalidad. Así fue como ella nunca se alineó tras la riqueza, la posesión de bienes, el progreso material y el empuje para ascender posiciones, pudiendo hacerlo, cosa que hoy se consideraría una simple estupidez o una cobardía, cuando no una locura.

El balance que al comienzo de este texto ella tenía in mente era más modesto, sólo iba a reflexionar sobre los hechos ocurridos en el último año, de 27 de octubre a 27 de octubre. Iba a mirar hacia atrás, menudo riesgo, acuérdense ustedes de la mujer de Lot y de las funestas consecuencias de ese giro de cuello o de torso para ver lo que dejaba a su espalda. Quien cuenta esta historia, que de historia no tiene nada pues aún nada ha sucedido, cometería un craso error al permitir que su personaje se convierta en estatua, de sal o de mármol, para el caso es lo mismo, ya que entonces se vería obligado a buscar a otro protagonista.

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V

Y es aquí cuando definitivamente la desdibujamos como persona y la asumimos como personaje. Personaje anodino, si los hay, no se destaca por nada en lo exterior, pero algo ha de tener, que todo el mundo lo tiene, cada uno lo suyo, que por serle propio le parece valioso y merecedor de respeto.

Respeto: he aquí una palabra que ella mira – si las palabras que representan ideas se miran, aunque no estén escritas – con especial atención por considerarla – a la idea, no a la palabra – como la base para la buena evolución de la familia, la sociedad y el Estado. No tiene la culpa la pobre – advierto que es la segunda vez que le adjudico dicho calificativo que si bien puede ser una expresión de compasión igualmente puede serlo de afecto, y es natural que como sujeto de mi relato le haya tomado un poco de estima – pues así fue educada, atenta al respeto, a la responsabilidad, a la puntualidad, a la veracidad, a la honestidad, con rigidez y hasta solemnidad, de las cuales hace veinte años por lo menos que está intentando desprenderse, ya que comprende, pues sentido común no le falta, que eso no va con los tiempos actuales.

Y la verdad sea dicha, es difícil tarea cambiar a esta altura de la vida. Un poquito de introspección no vendría mal para ayudarla. Mírenla, no ríe, sólo se permite sonreír. ¿Por qué?. Su reserva ¿a qué obedece?. Su concepto del deber, del esfuerzo, del sacrificio ¿quién se lo inculcó? El estoicismo de que siempre hizo gala ¿de qué le sirve, salvo para mortificarse? El sentimiento de culpa – disparatado o no – que la acosa cada vez que ve a alguien a quien supone careciente, sufriente ¿ cómo hará para superarlo? Y para encontrar la salida en este laberinto de pensamientos, ideas y vocablos que se cruzan y entrecruzan ¿pedirá ayuda? Cuántas dudas!! ¿Y si le concedemos la palabra? O mejor, a partir de ahora debiéramos alternarnos en el discurso, pues el laberinto en que estoy perdida – laberinto de letras, no por eso menos temible – me ha hecho reflexionar, a mí, que no a ella, sobre mi inexperiencia y atrevimiento al abordar semejante camino, éste, el de la escritura, sin tener cerca a ninguna Ariadna compasiva que me arroje un hilo, un cordel, o algún sucedáneo para ayudarme a salir del embrollo.

CONTINUIDAD DE REFLEXIONES.

VI

Le pregunté si quería intervenir, al fin de cuentas ella es la dueña de su vida y la iniciadora de esta peligrosa costumbre de hacer balances anuales, pero se negó, creo que ofendida por mi intromisión en su intimidad. Si usted lo comenzó, es problema suyo terminarlo, me dijo, con lo que quedé descolocada, pues por primera vez desde que la conozco reaccionó con energía.

Sola, pues, trataré de dar un digno final a este confuso relato sobre una mujer, a estos pensamientos ensartados uno tras otro, como las cuentas de un collar . La habíamos presentado sin parar mientes en la complejidad que entraña hacer conocer a alguien ante los demás, habíamos coincidido en que acertadamente – por aquello de “Piensa mal y acertarás” – y haciendo gala de un marcado escepticismo, la susodicha dudaba sobre la utilidad de tal balance, bien que la rutina anual la inclinara a cumplir con este requisito, y desconfiaba aun del provecho que para otros pudiera tener su experiencia.

Puede tener razón, aunque sus indecisiones nos hayan llevado varias páginas, a ustedes de lectura y a mí de escritura. Creo que teniendo en cuenta los duros tiempos que atraviesa por causa de los años que se acumulan sobre sus hombros doloridos, de su salud menoscabada y de una insidiosa tristeza que pese a su habitual reserva se trasluce en todo cuanto dice y hace, y juzgando que ya hará su balance o lo hará el destino por ella, cuando su hora le indique la necesidad o conveniencia, creo, repito, que sería de buena persona dejarla en paz otorgando a su favor el beneficio de la duda en cuanto a la seriedad de sus intenciones no concretadas, despedirnos cortésmente y poner el punto final a esto que quiso ser una continuidad de reflexiones, otrora más afortunadas que la presente.

lunes, 22 de octubre de 2007

VISIÓN DEL MUNDO SIN ANTEOJOS

Últimamente, debo reconocerlo, estoy desconforme, malhumorada – aunque trato de disimularlo, en lo posible – y mi visión del mundo es más bien sombría.

Miro a mi alrededor, y ustedes estarán de acuerdo conmigo, en que lo que se ve, tanto en la realidad como en las imágenes y noticias que nos muestran los medios de comunicación, no es muy alentador.

Intereses encontrados, ambiciones desenfrenadas, destrucción de la vida humana y de la vida del planeta que habitamos, indiferencia o peor aún, hipocresía con respecto a la pobreza, la ignorancia, la enfermedad, la muerte de pueblos enteros … para qué seguir con esta enumeración si todos conocemos estos males: son el pan nuestro de cada día.

No puedo evitar el pensamiento sobre la sabiduría de la naturaleza: la vista y el oído disminuyen su agudeza cuanto más desagradables son las cosas que hay para ver y oír. Pero uno, obcecado, se empeña en corregir esas falencias, se pone anteojos y audífonos y, con el ojo avizor y el oído alerta, aun sin querer, mira a su alrededor y descubre fácilmente gestos y mecanismos de amenaza, de peligro, de traición, que nos cercan cada vez con más fuerza.

Eso me pasaba, a mí, como a usted.

Hasta que un día, cansada, fatigada el alma y agotada la paciencia, me saqué los anteojos, mejor dicho, como los había perdido, no me preocupé por recuperarlos.

Y empecé a ver al mundo entre nieblas vagas, bajo una luz borrosa.

¡Qué maravilla! Todo cambió. Desaparecieron las telarañas empecinadas en instalarse en los rincones de la casa, no se vio ni una miguita en el piso, y el polvo que se acumula sobre cuanta superficie exista ya no me atormentó más. Ni mosquitos rondando ni hormigas devorando el jardín. Eso, en cuanto a la casa. Y en cuanto a los medios: diarios, televisión, etc., la nueva visión también los favoreció. En las fotografías, los videos y las filmaciones, los rostros de políticos, funcionarios, policías y delincuentes se veían dulcificados por una pátina de humanidad hasta ahora desconocida. Los accidentes se vieron menos trágicos y las ceremonias menos ridículas. Y la gente, la gente de verdad, más buena.

Las voces… bueno, bajé el volumen de la radio y del televisor para que el sonido estuviera de acuerdo a la visión, suave, tenue, apacible.

Y así voy superando esta crisis que es algo muy personal. No lo aconsejo como solución, cada uno obra como le cuadra, y cada uno, en esta disyuntiva de ver claro y sufrir o tener una visión del mundo evanescente y soportable, hará lo que le parezca más conveniente.

Algún día tendré que volver a ponerme los anteojos, lo sé, pero voy a postergarlo tanto como sea posible….

sábado, 20 de octubre de 2007

MI ABUELO, MI NIETO Y YO.

Mi abuelo Julián tocaba la batería, él amaba la música y yo lo amaba a él.

Mi nieto Francisco toca la batería, él ama la música y yo lo amo a él.

Mi abuelo era español, catalán por más datos. Por las fotos que veo, en su juventud era un hombre buen mozo de acuerdo a los parámetros de la época. En su rostro llevaba las huellas de la viruela, enfermedad que había contraído en la niñez, era un sobreviviente, ya que esa enfermedad mortal se había extendido como epidemia por toda Europa.

Cuando yo era niña lo veía como un hombre maravilloso. Usaba una barba que ocultaba parte de su cara, y era muy alto, poderoso, tan bondadoso como fuerte.

Mi nieto es también muy alto y muy hermoso, creativo, inteligente, con un corazón de oro y unos rulos que le cubren la mitad de la cara.

Hombre de pocas palabras era mi abuelo.

Silencioso y reservado es mi nieto.

Mi abuelo vivía y vibraba con la música. Todos sus hijos tocaban algún instrumento y las reuniones familiares siempre terminaban en concierto. Se tocaba música clásica y música de compositores españoles.

Mi nieto ha formado, con dos amigos, un conjunto de Rock Nacional.

Cuando mi abuelo tocaba la batería su rostro se transfiguraba, la música lo poseía, era feliz, y yo, testigo de ese milagro, me sentía transportada a un mundo mágico.

Cuando mi nieto de 15 años toca la batería se transforma, se deja llevar por la música y parece apartarse de todos para refugiarse en ese lugar privilegiado al que sólo el artista tiene acceso.

En el medio de cinco generaciones – las que van del uno al otro – estoy yo, tironeada entre la tibia nostalgia del pasado que me recuerda a mi abuelo Julián, el que tocaba la batería, y la alegría inmensa del presente que me ha dado a mi nieto Francisco, el que toca la batería.

LOS REGALOS DE MAMÁ.

Al acercarse las Fiestas de Navidad y Año Nuevo nadie puede escapar al tema de los regalos, al deseo de hacerlos o a la ilusión de recibirlos. Lo que me trae a la memoria los regalos de mamá. Eran muy curiosos, o así me lo parecía a mí en esos tiempos lejanos, pero ahora, con muchos años sobre mis espaldas los descubro apropiados, llenos de una rara sagacidad, combinada con la simple sabiduría que siempre guió sus actos.

Regalar es dar algo a alguien por afecto, esperando provocar un placer o cubrir una necesidad. Y regalar es también proyectar en el otro nuestros deseos y gustos, y poner el sello propio en un objeto, una cosa que esperamos nos represente para siempre o por un largo tiempo ante esa persona.

Estaban los regalos de cumpleaños. Yo hubiera preferido cosas útiles o ropa, mientras ella se inclinaba por cosas originales, raras, juegos de ingenio, como el “Senku”, que a mis hijos les encantaba, en particular a Sergio, aunque fuera repetido, en cada una de sus nuevas versiones. A veces mamá les regalaba cosas insólitas, pero siempre acertaba con sus gustos. Recuerdo un juego de mecánico, con herramientas de verdad pero en pequeño, las había mandado hacer especialmente para Alejandro que tenía una marcada inclinación por armar y desarmar. Y los innumerables juegos de mate que a lo largo de sus años de infancia recibió Silvia, descontando que habría heredado su vocación de cebadora.

Regalarme a mí debía ser un suplicio para mi pobre madre, ya que nunca coincidíamos con el estampado de una tela, el color o la forma de una cartera, el aroma de una colonia, el modelo de un camisón. Más de una vez yo le pedí que me cambiara el regalo, entonces ella se lo pasaba a alguna de sus hermanas e intentaba nuevamente conmigo.

Claro, había una lógica interna que yo no captaba; el regalo, para mamá, era, de ser posible, un beneficio a dos puntas. Lo compraba a alguien de la familia con lo cual estimulaba la pequeña industria o el incipiente comercio – ceniceros de cerámica hechos por Gaby, una de las nietas, que se quebraban de sólo mirarlos, por ejemplo, o juguetes de madera hechos por mi tío Juan Carlos – y lo regalaba a alguien que suponía iba a usar y apreciar esa artesanía.

Otras veces había una clara intención de adelanto de herencia. Sus joyas, muy bellas, auténticas, heredadas de su madre, iban pasando poco a poco a manos de sus hijas: Deli y yo. Anillos, cadenas, colgantes, eran regalados en diversas fechas, y nunca les di el valor que tenían, ni el real, que era importante, ni el sentimental, que lo superaba. Cuando cumplí 15 años mamá me regaló un pañuelito de seda, hecho por ella, envolviendo un anillo con un brillante pequeñito pero bellísimo. Al anillo se lo regalé a Silvia y a ella se lo robaron. El pañuelo se perdió…como tantas cosas que desaparecen sin saber cómo, y era lo más valioso, porque mamá jamás había tomado una aguja entre sus manos. ¡Con cuánto amor y sacrificio debe haberse puesto a hacer el fino repulgue del cuadradito de seda!

Recuerdo el “pendentif”. De una cadena de plata colgaba un picaflor en su nido: diamantes engarzados en platino, brillantes, rubíes y esmeraldas eran las ramas, las hojas y las flores, el pajarito al medio, y como remate de todo, colgando, una esmeralda enorme, tipo lágrima, una obra exquisita de orfebrería que conservaba su estuche original y el recibo de compra. Como tantas otras joyas yo la usé muy rara vez – no tenía ni la ropa ni la ocasión para ello – y el pendentif dormía en su estuche de terciopelo verde.

Hasta que tuvimos un apremio económico: queríamos regalarles un auto a los chicos y nuestros ahorros no nos alcanzaban. Entonces pensamos en el pendentif , al fin y al cabo, para estar guardado…Y lo vendimos. No nos dieron lo que valía, pero sí una buena cantidad con la cual completamos la cifra necesaria para comprar el auto. Al tiempo el auto fue vendido para integrar una suma con la cual entramos en una sociedad comercial. Y al disolverse esa sociedad nos dieron una cantidad de cheques de difícil cobranza y algo de dinero en efectivo. En ese momento Silvia estaba en trámites para comprar su casa, le faltaba una buena cantidad, la cuarta parte, más o menos. Y allá fueron los cheques, a posibilitar la compra de su casa propia. Largo fue el camino del pendentif desde su estuche de terciopelo hasta formar parte de las paredes y techo de mis nietos. Durante todo ese tiempo yo no me animé a confesarle a mamá la compleja operación, temía que se ofendiera, yo misma veía como un sacrilegio lo que había hecho, pero un día me decidí y se lo dije. Ella sonrió, y dijo “Está bien, una casa es más importante que una joya”.

Cierta vez y sin que mediara circunstancia alguna , mamá me regaló un camisón lleno de encajes y muy atractivo, que no condecía con sus gustos, más sobrios y convencionales. Me sorprendí, pero se lo agradecí, era muy bonito. Me recomendó usarlo esa misma noche, no guardarlo para una ocasión especial. ¿A qué venía el regalo y la recomendación? Simplemente, Quiqui y yo estábamos atravesando una crisis, mamá lo había captado y con su regalo me estaba insinuando un camino de reconciliación y entendimiento.

Para Navidad mamá regalaba lo mismo a todos sus hijos. Cada año era un desafío a su inventiva. Dependiendo de las circunstancias económicas familiares o de la situación del país, recibíamos manteles, cajas con golosinas, juegos de vasos o copas, y muchos otros utensilios y objetos del hogar, desde un cepillo para la ropa o una linterna de cartera hasta una tijera de acero toledano o un abrelatas último modelo. Cuando el país se abrió a la importación de productos asiáticos a bajo precio mamá fue presa de una compulsión irresistible, entró en un frenesí de compras y de regalos, con o sin pretexto que los justificara: paneras, carpetitas, adornos de los más variados tipos y de la más absoluta inutilidad. Seis regalos idénticos, para que nadie sintiera celos o se quejara por preferencias. Debo confesar que a mí eso me molestaba, aunque ahora comprendo sus motivos y procedo de la misma forma

Hubo un año especial, el de la hiperinflación: 1989. La situación de la clase media era angustiosa. El país estaba sumido en un caos económico. El temor a que el dinero no alcanzara para comprar lo elemental, hacía de cada día y de cada hora una batalla. Los pobres, despojados de toda dignidad y urgidos por el hambre asaltaban los supermercados y se apoderaban de los alimentos básicos, solucionando de esa manera violenta sus necesidades inmediatas. Para los otros no había otra salida que reducir al mínimo los gastos, emplear con la mayor inteligencia cada uno de los billetes que se desvalorizaban por minutos hasta convertirse, de un día para otro, en papeles inservibles – la inflación había llegado al 5000 % en un mes. Había que comprar ya, con urgencia, lo necesario, lo que dentro de una hora costaría el doble. Y sólo lo indispensable. Lo superfluo se eliminó. Surgieron sucedáneos de productos que, como el chocolate y el café, eran un lujo que había quedado fuera del alcance de la mayoría. Mamá había tomado sus recaudos para equilibrar su propia economía, pero al llegar las Fiestas, no podía dejar de lado los regalos, para ella los regalos de Navidad figuraban entre las cosas imprescindibles. Y el regalo de esa Navidad fue…un paquete de 1Kg. de café, auténtico café, para cada uno de sus hijos. Debió haber gastado una fortuna; lo que venía ahorrando en diversos rubros se le fue en eso.

Ese café fue cuidadosamente dosificado en cada casa. Yo conservé un puñadito, en el fondo del paquete, como recuerdo de esos tiempos difíciles. Habían pasado los años, y aún estaba ahí, en la caja de metal, de cierre hermético, en donde guardo el café que habitualmente consumo, “Franja Blanca”, molido a la vista . Todos los días al abrir la caja para preparar el desayuno, el café de mamá estaba allí – ella ya nos había dejado hacía 10 años – como mudo recordatorio de sus regalos, de su generosidad, de su amor.

Uno de estos días, al ir a comprar café me obsequiaron una pequeña cantidad, 100g. , de otro tipo, más caro, para que lo probara, envasado aparte. Lo guardé en la caja. Y no hace mucho, Silvia, que estaba de visita en casa, me pidió un poco de café, era domingo a última hora y no tenía dónde comprarlo, lo necesitaba para preparar el desayuno del lunes temprano, para sus hijos. Era la oportunidad que yo esperaba. Mezclé el café viejo con el nuevo y sin entrar en explicaciones se lo di. Mis nietos tomaron el café que mamá me regaló …hacía 15 años.

Por su parte, ella recibía con deleite los regalos grandes o pequeños que le hicieran en cualquier oportunidad, para su cumpleaños y el Día de su Santo, para Navidad y Pascua. Y cuando empezamos a viajar, infinidad de chucherías de los países visitados llenaron sus cajones y la vitrina del aparador. Le conocíamos los gustos – aunque en verdad todo le gustaba, todo lo agradecía – y así es como recibía feliz cajitas con jabones de Mirurgia (de Eduardo), frascos gigantes de perfume comprados en Brasil (de Deli), matruchkas de Rusia, prendedores de plata de Perú y relojes colgantes de Colombia (míos), pianitos de cristal (de Carlos) ceniceros con el mapa de Uruguay, su patria, y hasta arena de Montevideo (de sus hermanos). Algunos cambiaban de destino, según la necesidad y el desapego que ella iba teniendo en sus últimos años. Así es como yo tengo una de las cajas con los jabones negros de exquisito aroma, los voy usando avaramente y con nostalgia, pues al frotarlos en mis manos siento que mamá me acaricia.

Cosas nuevas y cosas antiguas, cosas útiles y cosas inservibles, joyas, golosinas y casetes de música, camisones y café…nadie como ella para regalar.

En estas Fiestas no sé qué regalar, poco a poco se va perdiendo la costumbre, y como todos tienen de todo, la elección se hace difícil. Por otra parte el sentido de regalar tal como lo entendía mamá, como un darse al otro para permanecer junto a él a través de un objeto, como una auténtica expresión de amor, también se ha perdido. En los últimos tiempos, cuando se trata de los nietos, les regalamos cierta cantidad de dinero para que se compren lo que quieran, sé que cuentan con eso y les viene bien, pero el placer de regalar desaparece.

En estas Fiestas nada espero y nada he recibido. Hace ya diez años que mamá se fue, mamá y sus regalos absurdos, increíbles, extravagantes, insólitos, curiosos, originales, únicos…los regalos de mamá.


ÉSTA QUE SOY…¿QUIÉN ES?


“El que yo fui me espera bajo mis pensamientos…”

Jorge Guillén

Ésta que soy…¿ Quién es? Mirándome al espejo, más de una vez me hago esta pregunta. El espejo me muestra cada día la crueldad de los años, sus estragos. Soy, mal que me pese, esta cáscara gastada. Pero sé que el fruto duerme intacto, adentro, muy adentro, gota de eternidad que cae desde siempre a los mares profundos del tiempo. Sé que soy una chispa de Dios (todos lo somos), y sin embargo…el espejo muestra una imagen ¿ la real? que en su terrible desmesura habla de cambios y de tiempos idos, de deterioros, de pérdidas y duelos.

¿ En dónde están las otras, las que alguna vez me habitaron?

A veces creo que desaparecieron, cada una de las que fui, borradas por la nueva, la que irrumpió en el tumultuoso devenir de mi existencia. O que quizás se esconden, las antiguas, como una sombra vaga , tras las sucesivas máscaras que el espejo refleja y refleja…

Quizás todas me esperen, ocultas en lo más profundo de mi ser esencial y verdadero para reunirse en una sola, en mi última hora. Cuando llegue ese momento, el de la libertad definitiva, podré decir, con Borges: “ Pronto sabré quién soy ” .

domingo, 7 de octubre de 2007

INSTANTÁNEAS 4

La cueva azul.

Llegamos de visita a la casa de Alejandro. Estamos conversando. Aparece Coni y después de saludar y besarnos me toma de un dedo con su mano pequeñita y me arrastra a su habitación, una bella habitación, en donde todo es azul: las paredes, la alfombra, las cortinas, el cubrecama…Ella la llama “la cueva”, quejándose cuando le ordenan quedarse allí – vaya uno a saber en castigo de qué travesura o desobediencia.

Pero esta vez está feliz, cierra la puerta, se sienta en la cama, me invita a sentarme a su lado y me pide que le cuente una historia. Sus 5 años rechazan los cuentos de hadas. Los relatos que la apasionan son los episodios de la Ilíada y la Odisea. Se los he contado ya muchas veces, pero no se cansa de oírlos. Quiere más. Pide. Exige. Ruega. Empiezo a hablar y el cuarto azul se llena de personajes y sucesos fabulosos: el veleidoso Paris, la bella Helena, el rapto que desencadena la guerra, y luego las hazañas del invencible Aquiles, la astucia de Ulises, el Caballo de Madera frente a las murallas de Troya, la travesía peligrosa, las sirenas y su canto de hechizo y muerte, los engaños de la malvada Circe, el regreso a Ítaca, la fiel Penélope …

Con los ojitos celestes asombrados y la boca entreabierta, anhelante, Coni bebe mis palabras, mientras dioses y héroes pueblan el aire tibio, para desvanecerse luego en los rincones del cuarto azul.

Mecha Novillo

Instantáneas 3

El automático no funcionó

Los chicos tienen la orden de hacerse la cama antes de salir para el Colegio. Yo tiendo la cama grande. Es horrible entrar a la casa, a mediodía, y ver las camas deshechas. Deprime. Doña María viene, en nuestra ausencia, y limpia la casa, pero a veces se enferma y no viene. De ahí esta mínima precaución. Que estén tendidas las camas.

Sergio llega del Colegio con la protesta de siempre: “¡Qué viaje eterno! ¡Qué calor!”. Según me cuenta – mientras yo he tirado sobre la mesa el ramillete de flores, regalo de mis alumnos del primario, que Quiqui pondrá en agua cuando llegue, y sobre una silla el guardapolvo, y ya estoy con el delantal de cocina terminando de preparar el almuerzo – consiguió asiento en el ómnibus y escribió una poesía. Me la lee. Es hermosa. Se la pido para leerla con más atención y veo, junto con las faltas de ortografía que me saltan a la vista, los dibujos en el margen de la hoja, y sobre lo escrito. Sergio es un artista. Él lo sabe y yo también.

Le pido que se saque el uniforme antes de comer, bastantes manchas tienen ya el saco azul y el pantalón gris. Va a su pieza; lo sigo, hoja en mano, y allí está el cuadro tan temido y tan desagradable: un revoltijo de sábanas arrugadas cayéndose del colchón y almohadas en el suelo. Doña María no ha venido. “¡Pero Sergio…!”, le reprocho, y él, con asombro inocente me responde: “¡Parece mentira, no funcionó el automático!”. Y con fingida seriedad entra en largas explicaciones sobre uno de sus tantos inventos: éste debía tender automáticamente la cama a determinada hora, así lo había programado, pero esta vez…no funcionó. Los dos sabemos que es una picardía, un juego de muchacho haragán. Pero, ¿qué se le puede contestar a un poeta, a un artista, a un inventor?

Mecha Novillo

Haikus II



HAIKUS DEL SUEÑO


Sueña que sueña,

la mujer se adormece.

El alba llega.


Perfume y música

la conducen muy lejos

hacia el pasado.


La luz la baña.

El sueño tumultuoso

desaparece.


Y se pregunta

adónde irán sus sueños

cuando despierta.


Quizás se escondan.

Rincones olvidados

les dan refugio.


Durante el día

esos sueños perdidos

duermen y duermen.


Callan los ecos

que castigan sus noches

y las encienden


Hay que olvidarlos.

Al correr de las horas

serán cenizas.


Abre los ojos

y la luz la bendice

con su abundancia.


Un nuevo día.

Una puerta que se abre

a la esperanza.

___________


Mecha Novillo

Haikus


HAIKUS DEL CAFÉ

En una mesa

entre ceniza y humo

un hombre piensa.


La mano tiembla

mientras lee el periódico.

No se da cuenta.


Cada noticia

trae clavos y espinas

entre las letras.


La mano sangra

manchada por la tinta

que vende muerte.


Hoja por hoja

la sangre lo salpica

gota por gota.


El viento sopla

formando remolinos

entre las hojas.


La taza cae.

El café se derrama

sobre la mesa.


Ensimismado

va pasando las hojas.

No se da cuenta.


El café negro

corre atrás de la sangre

de mesa a suelo.


Hay que saltarlo

y salir a la calle.

Mirar el cielo.
Mecha Novillo

sábado, 6 de octubre de 2007

Estrofas III

MARIPOSA

En un rincón del techo

desde hace varios días

hay una mariposa equivocada.

Mariposa nocturna,

como aquella paloma, la de Alberti,

ésta tomó la noche por mañana,

el sol por luna, la lámpara amarilla

la confundió con cielo abierto…

Sus grandes alas negras

se abren en abanico y no se mueve,

parece una pintura o una mancha

indeleble y fatal,

como una pena vieja

que cada vez se fija más,

que no se va.

Mecha Novillo

Estrofas II

UN SUSPIRO.

Un suspiro del tiempo, tus años y mis años

en el hondo y pausado respirar del destino.

Un suspiro ligero, breve y raudo ha pasado

por nuestra propia historia,

por lo que hemos vivido,

por lo que hemos sufrido,

por lo que hemos amado.

Apenas un suspiro.

Mecha Novillo

Estrofas

EL SILENCIO

Mis ideas se acaban, trituradas

por el ruido exterior

y mis palabras vuelan, sofocadas

por el zumbido oscuro

que me llena de noche los oídos

y el corazón de rabia.

Casi nada me queda

protegido

por el tibio regazo del silencio.

Mecha Novillo