Al acercarse las Fiestas de Navidad y Año Nuevo nadie puede escapar al tema de los regalos, al deseo de hacerlos o a la ilusión de recibirlos. Lo que me trae a la memoria los regalos de mamá. Eran muy curiosos, o así me lo parecía a mí en esos tiempos lejanos, pero ahora, con muchos años sobre mis espaldas los descubro apropiados, llenos de una rara sagacidad, combinada con la simple sabiduría que siempre guió sus actos.
Regalar es dar algo a alguien por afecto, esperando provocar un placer o cubrir una necesidad. Y regalar es también proyectar en el otro nuestros deseos y gustos, y poner el sello propio en un objeto, una cosa que esperamos nos represente para siempre o por un largo tiempo ante esa persona.
Estaban los regalos de cumpleaños. Yo hubiera preferido cosas útiles o ropa, mientras ella se inclinaba por cosas originales, raras, juegos de ingenio, como el “Senku”, que a mis hijos les encantaba, en particular a Sergio, aunque fuera repetido, en cada una de sus nuevas versiones. A veces mamá les regalaba cosas insólitas, pero siempre acertaba con sus gustos. Recuerdo un juego de mecánico, con herramientas de verdad pero en pequeño, las había mandado hacer especialmente para Alejandro que tenía una marcada inclinación por armar y desarmar. Y los innumerables juegos de mate que a lo largo de sus años de infancia recibió Silvia, descontando que habría heredado su vocación de cebadora.
Regalarme a mí debía ser un suplicio para mi pobre madre, ya que nunca coincidíamos con el estampado de una tela, el color o la forma de una cartera, el aroma de una colonia, el modelo de un camisón. Más de una vez yo le pedí que me cambiara el regalo, entonces ella se lo pasaba a alguna de sus hermanas e intentaba nuevamente conmigo.
Claro, había una lógica interna que yo no captaba; el regalo, para mamá, era, de ser posible, un beneficio a dos puntas. Lo compraba a alguien de la familia con lo cual estimulaba la pequeña industria o el incipiente comercio – ceniceros de cerámica hechos por Gaby, una de las nietas, que se quebraban de sólo mirarlos, por ejemplo, o juguetes de madera hechos por mi tío Juan Carlos – y lo regalaba a alguien que suponía iba a usar y apreciar esa artesanía.
Otras veces había una clara intención de adelanto de herencia. Sus joyas, muy bellas, auténticas, heredadas de su madre, iban pasando poco a poco a manos de sus hijas: Deli y yo. Anillos, cadenas, colgantes, eran regalados en diversas fechas, y nunca les di el valor que tenían, ni el real, que era importante, ni el sentimental, que lo superaba. Cuando cumplí 15 años mamá me regaló un pañuelito de seda, hecho por ella, envolviendo un anillo con un brillante pequeñito pero bellísimo. Al anillo se lo regalé a Silvia y a ella se lo robaron. El pañuelo se perdió…como tantas cosas que desaparecen sin saber cómo, y era lo más valioso, porque mamá jamás había tomado una aguja entre sus manos. ¡Con cuánto amor y sacrificio debe haberse puesto a hacer el fino repulgue del cuadradito de seda!
Recuerdo el “pendentif”. De una cadena de plata colgaba un picaflor en su nido: diamantes engarzados en platino, brillantes, rubíes y esmeraldas eran las ramas, las hojas y las flores, el pajarito al medio, y como remate de todo, colgando, una esmeralda enorme, tipo lágrima, una obra exquisita de orfebrería que conservaba su estuche original y el recibo de compra. Como tantas otras joyas yo la usé muy rara vez – no tenía ni la ropa ni la ocasión para ello – y el pendentif dormía en su estuche de terciopelo verde.
Hasta que tuvimos un apremio económico: queríamos regalarles un auto a los chicos y nuestros ahorros no nos alcanzaban. Entonces pensamos en el pendentif , al fin y al cabo, para estar guardado…Y lo vendimos. No nos dieron lo que valía, pero sí una buena cantidad con la cual completamos la cifra necesaria para comprar el auto. Al tiempo el auto fue vendido para integrar una suma con la cual entramos en una sociedad comercial. Y al disolverse esa sociedad nos dieron una cantidad de cheques de difícil cobranza y algo de dinero en efectivo. En ese momento Silvia estaba en trámites para comprar su casa, le faltaba una buena cantidad, la cuarta parte, más o menos. Y allá fueron los cheques, a posibilitar la compra de su casa propia. Largo fue el camino del pendentif desde su estuche de terciopelo hasta formar parte de las paredes y techo de mis nietos. Durante todo ese tiempo yo no me animé a confesarle a mamá la compleja operación, temía que se ofendiera, yo misma veía como un sacrilegio lo que había hecho, pero un día me decidí y se lo dije. Ella sonrió, y dijo “Está bien, una casa es más importante que una joya”.
Cierta vez y sin que mediara circunstancia alguna , mamá me regaló un camisón lleno de encajes y muy atractivo, que no condecía con sus gustos, más sobrios y convencionales. Me sorprendí, pero se lo agradecí, era muy bonito. Me recomendó usarlo esa misma noche, no guardarlo para una ocasión especial. ¿A qué venía el regalo y la recomendación? Simplemente, Quiqui y yo estábamos atravesando una crisis, mamá lo había captado y con su regalo me estaba insinuando un camino de reconciliación y entendimiento.
Para Navidad mamá regalaba lo mismo a todos sus hijos. Cada año era un desafío a su inventiva. Dependiendo de las circunstancias económicas familiares o de la situación del país, recibíamos manteles, cajas con golosinas, juegos de vasos o copas, y muchos otros utensilios y objetos del hogar, desde un cepillo para la ropa o una linterna de cartera hasta una tijera de acero toledano o un abrelatas último modelo. Cuando el país se abrió a la importación de productos asiáticos a bajo precio mamá fue presa de una compulsión irresistible, entró en un frenesí de compras y de regalos, con o sin pretexto que los justificara: paneras, carpetitas, adornos de los más variados tipos y de la más absoluta inutilidad. Seis regalos idénticos, para que nadie sintiera celos o se quejara por preferencias. Debo confesar que a mí eso me molestaba, aunque ahora comprendo sus motivos y procedo de la misma forma
Hubo un año especial, el de la hiperinflación: 1989. La situación de la clase media era angustiosa. El país estaba sumido en un caos económico. El temor a que el dinero no alcanzara para comprar lo elemental, hacía de cada día y de cada hora una batalla. Los pobres, despojados de toda dignidad y urgidos por el hambre asaltaban los supermercados y se apoderaban de los alimentos básicos, solucionando de esa manera violenta sus necesidades inmediatas. Para los otros no había otra salida que reducir al mínimo los gastos, emplear con la mayor inteligencia cada uno de los billetes que se desvalorizaban por minutos hasta convertirse, de un día para otro, en papeles inservibles – la inflación había llegado al 5000 % en un mes. Había que comprar ya, con urgencia, lo necesario, lo que dentro de una hora costaría el doble. Y sólo lo indispensable. Lo superfluo se eliminó. Surgieron sucedáneos de productos que, como el chocolate y el café, eran un lujo que había quedado fuera del alcance de la mayoría. Mamá había tomado sus recaudos para equilibrar su propia economía, pero al llegar las Fiestas, no podía dejar de lado los regalos, para ella los regalos de Navidad figuraban entre las cosas imprescindibles. Y el regalo de esa Navidad fue…un paquete de 1Kg. de café, auténtico café, para cada uno de sus hijos. Debió haber gastado una fortuna; lo que venía ahorrando en diversos rubros se le fue en eso.
Ese café fue cuidadosamente dosificado en cada casa. Yo conservé un puñadito, en el fondo del paquete, como recuerdo de esos tiempos difíciles. Habían pasado los años, y aún estaba ahí, en la caja de metal, de cierre hermético, en donde guardo el café que habitualmente consumo, “Franja Blanca”, molido a la vista . Todos los días al abrir la caja para preparar el desayuno, el café de mamá estaba allí – ella ya nos había dejado hacía 10 años – como mudo recordatorio de sus regalos, de su generosidad, de su amor.
Uno de estos días, al ir a comprar café me obsequiaron una pequeña cantidad, 100g. , de otro tipo, más caro, para que lo probara, envasado aparte. Lo guardé en la caja. Y no hace mucho, Silvia, que estaba de visita en casa, me pidió un poco de café, era domingo a última hora y no tenía dónde comprarlo, lo necesitaba para preparar el desayuno del lunes temprano, para sus hijos. Era la oportunidad que yo esperaba. Mezclé el café viejo con el nuevo y sin entrar en explicaciones se lo di. Mis nietos tomaron el café que mamá me regaló …hacía 15 años.
Por su parte, ella recibía con deleite los regalos grandes o pequeños que le hicieran en cualquier oportunidad, para su cumpleaños y el Día de su Santo, para Navidad y Pascua. Y cuando empezamos a viajar, infinidad de chucherías de los países visitados llenaron sus cajones y la vitrina del aparador. Le conocíamos los gustos – aunque en verdad todo le gustaba, todo lo agradecía – y así es como recibía feliz cajitas con jabones de Mirurgia (de Eduardo), frascos gigantes de perfume comprados en Brasil (de Deli), matruchkas de Rusia, prendedores de plata de Perú y relojes colgantes de Colombia (míos), pianitos de cristal (de Carlos) ceniceros con el mapa de Uruguay, su patria, y hasta arena de Montevideo (de sus hermanos). Algunos cambiaban de destino, según la necesidad y el desapego que ella iba teniendo en sus últimos años. Así es como yo tengo una de las cajas con los jabones negros de exquisito aroma, los voy usando avaramente y con nostalgia, pues al frotarlos en mis manos siento que mamá me acaricia.
Cosas nuevas y cosas antiguas, cosas útiles y cosas inservibles, joyas, golosinas y casetes de música, camisones y café…nadie como ella para regalar.
En estas Fiestas no sé qué regalar, poco a poco se va perdiendo la costumbre, y como todos tienen de todo, la elección se hace difícil. Por otra parte el sentido de regalar tal como lo entendía mamá, como un darse al otro para permanecer junto a él a través de un objeto, como una auténtica expresión de amor, también se ha perdido. En los últimos tiempos, cuando se trata de los nietos, les regalamos cierta cantidad de dinero para que se compren lo que quieran, sé que cuentan con eso y les viene bien, pero el placer de regalar desaparece.
En estas Fiestas nada espero y nada he recibido. Hace ya diez años que mamá se fue, mamá y sus regalos absurdos, increíbles, extravagantes, insólitos, curiosos, originales, únicos…los regalos de mamá.