martes, 30 de diciembre de 2008

POSTAL DE UNA MAÑANA DE VERANO




Un pajarito herido
ha buscado refugio esta mañana
y se posó en mi reja.
¡Mal abrigo!
Me acerqué para verlo.
Inmóvil, como ajeno
me esquivó la mirada y mis palabras
no rozaron sus plumas ni su vuelo.
Lo dejé. Al poco rato ya no estaba.
El aura de dolor que aprisiona la casa
lo envolvió en su misterio incomprensible
y se fue, no sé cómo,
quizá aferrado
a un soplo de la brisa que corría
limpiando los rincones soñolientos.
Quizá arrastrándose
huyó de la tragedia y el olvido
que se adueñó de este lugar amado,
ayer cálido hogar,
hoy sólo ruina.

LA HOJA EN BLANCO

El terror de la hoja en blanco… Tanto se ha dicho sobre esto…

¿Sentirá igual pavor el pintor frente al lienzo virgen? ¿Y el que está frente a la pantalla de su computadora, y no sabe qué hacer?

Cierto es que se puede borronear, mezclar y arrojar palabras sobre la hoja en blanco. Sin embargo…las palabras son escurridizas, eso cualquiera lo sabe, se deslizan, traviesas, se caen y cuando nos estiramos para alcanzarlas desaparecieron, o cambiaron de lugar. Pero tarde o temprano se las puede encontrar.

Las ideas, en cambio…¡ay, las ideas! Qué caminos laberínticos recorren ocultándose, perdiéndose en la niebla del pasado, en la confusión del presente, en la incertidumbre del mañana!

Y yo aquí, creyendo que a fuerza de voluntad voy a ganarle a ese temor ancestral.

Felices aquellos hombres que al pintar las imágenes de caza en la Cueva de Altamira escribieron por primera vez sin temor alguno, conjuraron a los poderes malignos y se aseguraron la protección de los dioses bondadosos, los que les proporcionaban alimento.

Porque, mirando éste y otros acontecimientos semejantes de aquellos tiempos remotos, ¿qué más necesita el hombre que alimento?

Y aquí surge, ineludible, la pregunta: ¿Es la poesía un alimento? ¿Y la ficción? ¿Y el ensueño? ¿Y la música? ¿Y el perfume?

Cuántas cosas necesitamos para sentirnos completos!

Envidio al hombre de las cavernas, al cazador orgulloso que entregaba su presa para la subsistencia del grupo, a la mujer que trozaba y ahumaba la carne, que la guardaba y la distribuía, envidio la alegría de satisfacer esa necesidad primigenia.

Envidio la unión salvaje de esos seres primitivos, un amor que sólo obedecía al instinto de conservación de la especie.

Envidio la aceptación de la vida y de la muerte de aquellos hombres, y quisiera ser como ellos en este aspecto.

Pero soy una mujer del siglo XXI que pretende ganarle a la muerte que acecha, al silencio que envuelve, a la soledad que atormenta, al amor que agoniza, al hambre y a la sed de justicia, a los sueños frustrados, a la angustia de las noches desiertas , y sobre todo, ahora, en este preciso momento, al terror de la hoja en blanco…

viernes, 14 de noviembre de 2008

Flor que extraña la rama

Ya ha dicho el sabio que los hijos extrañan a los padres cuando se han ido, como la flor cortada extraña la rama.

(Alberto Gerchunoff)

Cuando el hijo se va, los padres quedan.

La casa paterna es el hogar; los padres, el sostén, el apoyo, las raíces que nos afirman al terreno original desde donde podemos, aún frágiles, extender nuestras ramas, florecer y volar, como las hojas en otoño, imitando a los pájaros. Los padres siempre están, en el ardor de sus años jóvenes, en la quietud de su vejez, en el silencio de su ancianidad. Los creemos eternos. Pero un día ellos también parten, reclamados por la ley inexorable del devenir humano.

Y es entonces, ante su ausencia, cuando el hijo se siente huérfano – no importa la edad que tenga - , desamparado, solo. Ha perdido su pasado y su historia. Dolorosamente, deja de ser hijo y comienza a ser hombre.

ESTÁ ESPERANDO EL SOL

Está esperando que asome el sol por la ventana de su cuarto; no ha dormido en toda la noche. Es la primera vez en la vida que se mantuvo insomne, alerta por horas y horas, sin sucumbir al sueño. Es, también, la primera vez que se sintió tan agraviada, tan herida.

La oscuridad es ahora menos densa, el gris va ocupando todos los espacios. En cuanto amanezca se irá, ya lo ha decidido. No importa adónde. Luego lo pensará. No importa cómo. Luego lo resolverá. Ya ha puesto algunas ropas en el bolso que, casualmente, tenía a mano. Y dinero: apenas lo necesario para arreglárselas al principio; le alcanzará para un par de semanas. Saldrá, silenciosamente, por esa puerta que se abrió para recibirlos hace mucho tiempo, por esa puerta que después se cerró para esconder de miradas extrañas su felicidad, por la misma puerta que más tarde ocultaría el tedio, el engaño, y desde anoche, la injuria, la calumnia. Caminará tres largas cuadras hasta llegar a la estación y allí tomará el tren y se marchará para siempre. Comenzará una nueva vida. Trabajará, y el tiempo hará el resto. Algún día, espera, podrá borrar de su memoria las palabras de la monstruosa acusación, algún día podrá olvidar.

Aguarda el amanecer. Pero el sol no aparece. Todo lo que ve es un cielo plomizo y ceniciento. De repente, una hebra de luz se abre paso allá arriba y enseguida largas pinceladas amarillas van pintando el firmamento. Un dorado de trigo y miel se derrama sobre los árboles, sobre los campos. Abre la ventana . Siente que el suave manto de oro cubre también su cuerpo, envolviéndola, aislándola de todo lo que la rodea, de lo que hasta hace un instante quería dejar. Se siente invulnerable.

Todo es luz, por fuera. Y por dentro algo tibio, una naciente esperanza comienza a ocupar esos oscuros rincones en donde anoche anidó el dolor.

Ya es de día. Se aparta de la ventana, abre el bolso y vuelve a guardar la ropa en los cajones. La vida sigue. Su hijo no nacerá sin padre.

LA HIEDRA

Otoño. Fin de mayo. Son las seis de la tarde. La casa, tibia, invita a estar adentro. Pero afuera está el cielo – y sólo yo para mirarlo – deslavado y liso, dorado hacia el oeste, que me tienta, y gana el afuera, por supuesto. Con una taza de té y un libro que leo de a ratos, me instalo en el patio, a contemplar la rosa china con sus ramas erguidas, cuajada de pimpollos en lo alto y unas pocas flores abiertas – siempre fue mezquina con sus magníficas rosas de vida tan efímera, tal como esas adolescentes de prematura belleza y pronto ocaso.

Un viento leve, apenas algo más que brisa, mueve y transforma la destejida trama de la parra. Mi pequeño jardín resplandece. Ninguna de las plantas se ha enterado del cambio de estación, no saben que a escasa distancia está el invierno; sus hojas, en abigarrada confusión, se enredan y se anudan .

Todo sigue creciendo, todo es vida pujante, empecinada vida vegetal que llena los espacios con su verde. Menos la hiedra.

¡La hiedra! Brotó espontáneamente, para nuestra sorpresa, para nuestra alegría. Fue, al principio, una débil ramita con una hoja o dos que un día apareció en el ángulo justo, en el lugar apropiado para cumplir su destino de hiedra: cubrir el muro, aferrarse con suaves dedos a la pared desnuda. Le dimos tiempo: un año, dos, tres, ya va por el cuarto. Y se fue desarrollando lentamente, como si el nacer de cada nueva hoja fuera una misión difícil, casi un dar a luz humano.

Son muy bellas sus hojas, tienen una forma combinada de estrella y corazón que desconcierta el ojo de visitas entendidas en la materia. Yo no sé nada de plantas, sólo la admiro. Ella es así, porfiada y lenta; rebelde, además, porque no quiere adherirse a la pared, pretende despegarse y arracima sus ramas en lugar de extenderlas.

Es una hiedra, lo veo y me lo han dicho, sin embargo no se comporta como tal. Hemos intentado someterla, con hilos y con clavos, sujetarla de mil maneras, pero no se doblega. Creo que debemos respetarla en su deseo de libertad. A lo largo de cuatro años ha demostrado su voluntad de ser distinta, su negativa a cubrir el muro desteñido, su obstinación en no proteger esa pared desnuda que anhela resguardo y compañía.

Ella es así . ( Yo también era así, ingenuamente rebelde, por eso la comprendo ) Algún día, quizás, dentro de muchos años, se cansará de esta lucha silenciosa entre mi deseo y su capricho, y veré, por fin – o lo verán mis nietos – la pared, verde, suave, totalmente cubierta por la hiedra.

DESEOS


No desees algo fervientemente,

mira que el Cielo puede concedértelo.

Proverbio chino

Primero mis deseos surgieron ante la actitud de Quiqui cuando comenzó a comprar caballos, supuse que la medicación antidepresiva estaba excedida. Pedí interiormente que se tranquilizara, que se aquietara. Continuó con el aporte que hizo para que el camino al campito del Ale fuera más accesible a fin de ir sin inconvenientes cada vez que quisiera ver “sus” yeguas. Estaba exaltado, contento, y yo no comprendía cómo el contacto con esos animales podían depararle tanto placer. Ahora no hay nada que le dé un poquito de alegría. Protesté, y pedí al Cielo que dejara de hacer gastos que yo consideraba superfluos. Ahora todos nuestros ingresos se destinan a pagar médicos y remedios. Me molestó y pedí, una vez más, que se retirara del Club Hípico adonde iba a andar a caballo contrariando la opinión del médico. Ya no puede andar a caballo, ni siquiera caminar.

Siempre me molestó el olor a cigarrillo, insistí vanamente para que no fumara en casa. Rara vez me hacía caso. Ahora ruego porque pueda seguir fumando, que pueda seguir sosteniendo el cigarrillo; es lo único que le depara unos minutos de bienestar.

Antes me aburría la repetición rutinaria de nuestras salidas los sábados y domingos. O a la casa del Ale, o a la de Sergio, o a tomar un café a Los Cubanitos o al Dino. Clamaba por algo distinto. Ahora tenemos una rutina distinta: no salimos a ninguna parte.

Antes me molestaba tener que cederle la computadora cuando a él se le ocurría sin fijarse si yo estaba haciendo un trabajo, enviando un mail o abriéndolo. Ahora no se acerca a la computadora, no puede pulsar las teclas ni manejar el mouse. Y lo mismo ocurría con el control remoto del televisor, se apoderaba de él y hacía zapping constantemente. Ahora la televisión no le interesa y manejar el control escapa a sus posibilidades.

Antes me fastidiaba mucho que se pusiera a hacer trabajos manuales ya que por su apresuramiento y el temblor de sus manos deslustraba las mesas, dañaba los pisos, arruinaba muebles. Le hice comprar una madera grande para apoyar sobre la mesa del comedor de diario. Ahora la madera está guardada sin uso, porque él ya no puede hacer nada, sus manos no le responden.

Cuando se produjo su ACV, comenzó a asistir al Instituto de Rehabilitación y lo he estado acompañando en un horario de plena siesta que me alteraba todo el día. Deseé que eso terminara, que hubiera algún cambio. Lo hubo: Quiqui está afectado por un virus zoster que lo inhabilita para casi todo y ya no puede ir al Instituto.

Estaba muy caprichoso en su apetito, era difícil darle con el gusto en la comida. Pedí que eso se encaminara con más normalidad, deseé no tener que trabajar tanto en la cocina. Ahora no come casi nada.

Ante la proximidad del Día de la Madre y de mi cumpleaños me hacía problema por cómo recibir a la familia y qué convidarles. Ahora sé que nadie va a venir, el herpes es sumamente contagioso.

Me molestaba porque Quiqui dormía mucho, dormía aun sentado en el living, y más cuando se acostaba en la cama en plena tarde y tenía que despertarlo a la hora de cena; él me explicaba que lo hacía porque estaba fatigado, que su cuerpo necesitaba reposo. Yo quería que eso cambiara. Ahora no puede dormir por el dolor que le provoca el herpes, pasa la noche entera desvelado y sufriendo, en un constante ¡Ay, ay, ay! quejándose sin pausa.

Todos mis pedidos han sido silenciosos, sólo expresión de deseos. Ya no deseo nada, no pido nada. El Cielo me ha castigado. Que el Cielo me perdone.

jueves, 7 de agosto de 2008

RESPETO

Ahora la miro con respeto.

Hace unos días la miraba con odio, después de su intento – con resultado efectivo – de dañarme gravemente, quizás de matarme – es imposible conocer sus aviesas intenciones ocultas –. Pero no cultivo el odio, lo he cambiado por un marcado distanciamiento.

Dije que ahora la miro con respeto, pero me cuido bien de poner la mayor distancia posible entre ella y mi persona. Nunca más volveré a ser tan confiada.

Antes la miraba con indiferencia, aunque puse mucha atención a la hora de elegirla. Puesto que iba a compartir nuestro hogar e intervenir en los momentos más privados de nuestra vida cotidiana, debía ser fuerte, resistente, pero delicada y agradable de ver bajo el aspecto estético. Y lo era.

Y yo no le prestaba atención, sólo la aceptaba, mientras ella estaba ahí, simplemente.

Hasta que se rebeló. Y en un descuido mío me atacó con fiereza.

Por eso, ahora la miro y la trato con respeto. Lavo prolijamente su superficie de madera estacionada, la seco y la guardo en la alacena buscando el lugar adecuado para que no vuelva a caer sobre mi pie derecho, destrozándome el dedo gordo.

sábado, 28 de junio de 2008

Un Día Malo

Bueno, hoy es un día malo, como tantos otros desde que … no puedo establecer con precisión desde cuándo, diría que desde que mi compañero dejó de serlo y pasó a ser el enfermo a mi cargo, no por su voluntad sino por el deterioro gradual de su salud.

Entonces, como es un día malo – está en cama, con gripe – y antes de contagiarme de su estado de ánimo depresivo y nebuloso, mejor escribo. Una vez más escribo para exorcizar los fantasmas. Escribo en mi diario casi todos los días para dejar constancia de mi vida a destinatarios desconocidos (como si a alguien le fuera a importar!). Escribo mensajes a mis amigas para conversar con ellas, para tratar de ayudarlas en sus penas, responder a sus preguntas, aclarar sus dudas, y para pedir ayuda cuando las penas, las preguntas y las dudas son mías. He aprendido a escribir mensajes en el teléfono celular, y compruebo que resultan de gran utilidad. Escribo listas de elementos que hay que comprar, de tareas por hacer, y en papelitos sueltos que dejo en lugares visibles, escribo números telefónicos, direcciones de Correo Electrónico, nombres que debo recordar, cosas que debo averiguar. Escribo, escribo, escribo. Con o sin inspiración, escribo.

Hoy le entregué una especie de aguinaldo a mi empleada, ella lo esperaba, sin duda, aunque por ley no le corresponde ya que aquí trabaja sólo cuatro horas semanales, pero se lo puse en un sobre en donde le escribí un par de frases amables, de agradecimiento y reconocimiento por su trabajo. Cuando lo leyó se emocionó mucho. Una pequeñez, pero si sirve para algo, vale la pena escribir.

Siempre me gustó escribir, tanto como leer; es como abrir una ventana hacia afuera, salir de sí, ir al encuentro de los otros, porque rara vez se escribe para uno, ir hacia la vida que pasa mientras uno está detenido.

No entiendo a la gente que dice: “Me cuesta escribir, no sé qué escribir, me cansa escribir”, y otros despropósitos por el estilo.

A mí me gusta tanto escribir que muchas veces lo he hecho para otros, respondiendo a pedidos o necesidades, sin el menor interés material. He escrito para revistas, para diarios; que se publiquen o no mis escritos, es otro cantar. Yo escribo.

Y en este día malo, porque el hombre que amo está mal, escribo en lugar de llorar, que es lo que quisiera hacer. Llorar por el tiempo que pasó por nuestras vidas, llorar por el paulatino desencanto, por las decepciones, por las amenazas veladas u ostensibles de ese mismo enemigo, el tiempo, antes dulce y placentero, hoy amargo. Pero me enseñaron a no llorar, y no lloro. Escribo, escribo, escribo.

domingo, 11 de mayo de 2008

LOS MEANDROS DE LA MEMORIA

Esas cosas pudieron no haber sido.
Casi no fueron. Las imaginamos
En un fatal ayer inevitable
.

El pasado

(Jorge Luis Borges)


Río tranquilo, en su cauce la memoria guarda todo, arenillas insignificantes, pepitas de oro, ramas de sauces avistados en riberas lejanas, hojas secas de muchos otoños dorados, restos del pasado…

No es un río que discurre serenamente hacia la mar. En sus meandros se acunan imágenes casi perdidas, recuerdos ignorados, sentimientos sujetos al olvido.

Pero algunos se escapan y sin que podamos impedirlo, un día, en un momento inesperado, toman forma y se presentan, implacables.


Una imagen y un sentimiento unido a esa imagen: una habitación con paredes de color durazno, decoradas con nubecitas blancas y árboles verdes. Hoy se le llamaría diseño naïf, en ese entonces era sólo una bella imagen dentro de la casa, igual a la de afuera. Porque el afuera era un vasto jardín alargado, del frente al fondo, custodiando la casa. Dije jardín, y no sé si lo era, en el preciso significado de la palabra. Era un amplio corredor de tierra con manchones de césped, que se estiraba entre la casa y un muro adosado cubierto de madreselvas. Adelante se ensanchaba para ofrecer albergue a los rosales, y todo estaba cercado por una reja blanca, baja, reja de adorno, que no de seguridad. Hacia el fondo, árboles frutales. En medio, la hamaca, ésa de vaivén con dos sillitas que subían y bajaban. Y en las sillitas dos niñas que ríen. Hasta aquí la imagen, el recuerdo que enfoca la imagen, la imagen que se abre como una fotografía de 360º y permite ver todo, aun el interior de la casa, aun las habitaciones con nubes y árboles.

El sentimiento… No es fácil evocar el sentimiento. Un nudo ajustado en la garganta, tan apretado que llega al corazón, pone un freno al recuerdo. La escena está clara ante los ojos de la memoria, pero el sentimiento se enreda en una maraña que lo confunde con muchos otros, con los tiernos recuerdos de la primera infancia, con los simples recuerdos de la niñez, con los inquietantes recuerdos de la adolescencia. Y entre medio, un hueco oscuro y profundo que cubre y descubre por momentos unos y otros, que desnuda una larga desolación, que revela una honda soledad, que muestra un doloroso desconcierto, ese desfile inacabable de mañanas claras bordadas de alegría y tardes de oro con promesas de felicidad, crepúsculos rojizos de llanto y de tristeza, y noches de oscuridad, y ese miedo, el miedo que se asoma entre las sombras para asustar a los niños que leen en lugar de dormir.

En la mañana límpida suena una campana, a lo lejos, y la madre dice: Es hora de comer. La niñas, en su sillita alta, juegan, saltan, una silla se tumba y una niña se cae. La sangre corre por el piso blanco y negro de la cocina, la madre corre, la niña llora, la otra mira, muda y temblorosa. No sabe bien qué pasa. Algo se ha roto. Quebrada la armonía, vuelan fantasmas por el aire que huele a sangre caliente.

En la siesta de seda los damascos maduran lenta y gozosamente en el árbol nuevo, su peso inclina al árbol joven. Las niñas arrancan con deleite los de las ramas bajas, los guardan en el delantal recogido para contenerlos y los llevan a la cocina. Se escucha el piano de la madre, suenan las notas suaves y tristes, sin pausa, mientras las horas estiran la tarde hasta que se vuelve un camino largo, largo, que parece no tener fin.

La hora de la leche las reclama. Lavarse y peinarse y vestirse para salir a la puerta. O hamacarse incansablemente en el jardín: arriba, abajo, abajo, arriba, con grititos de alegría y de susto, cuando el cosquilleo de mil mariposas va desde la garganta hasta el estómago.

Oscurece y hay que entrar. La casa y su abrigo, los brazos del padre, las caricias de la madre, todo es uno, todo las envuelve y las dos son una sola. El sueño las lleva por senderos de maravilla. Y el salto de la cama al despertar vuelve a reunirlas en un parloteo interminable.

Luego, repentinamente, vienen días de niebla, de ceniza y dolor.

Los padres lloran. Llaman a un taxi. Suben al auto, todos, las dos niñas también. El padre lleva en brazos a la más pequeña, que parece dormir, con una respiración ruidosa y agitada. La madre la aferra con desesperación. La otra niña mira sin comprender por qué ya no pueden jugar. El padre dice: Se fue. La madre grita. La niña cae en un pozo más profundo y más negro que el de los sueños.

En ese pozo, hundida, perdida, estará mucho tiempo, hasta que los días vuelvan a ser días, hasta que las noches vuelvan a ser noches y no cueva oscura llena de horrores, hasta que la hamaca…

No, la hamaca, no. Nunca más la niña subirá a la hamaca. Los damascos caen al suelo. No las notas del piano sino el silencio llenan las tardes. Lloran los rosales marchitos y el jardín se puebla de malezas salvajes y ortigas malignas.

La niña está siempre adentro de la casa, no mira las nubes y los árboles pintados en la pared. Lee su libro, lee, lee, lee. Las nubes y los árboles de afuera están, pero algún día serán borrados por el viento y la lluvia, porque nadie los mira, porque nadie los ve.

En los meandros de la memoria muchas imágenes duermen en quieto silencio, pero bajo sus arenas arremolinadas, hay una imagen, una sola, que gira incesante, incansable, inasible…

sábado, 15 de marzo de 2008

EL MURO DE LOS LAMENTOS

Todo el mundo sabe qué es el Muro de los Lamentos, yo también, incluida en ese genérico “todo el mundo”. Pero ahora que lo veo escrito, negro sobre blanco, me pregunto ¿todo el mundo lo sabe?. Bueno, por las dudas de que alguien no lo sepa, para remediar tamaña ignorancia (no se enoje el lector si a él le cuadra el adjetivo “tamaña”, más hiriente que el sustantivo “ignorancia”, no está en mi ánimo ofender a nadie, es sólo un juego de risueña ironía), les cuento en dos palabras que es, como su nombre lo indica, un muro, un muro de contención – no la que preconizan los psicólogos, sino la contención real, la que protege o sustenta un edificio para evitar que se caiga o bien lo rodea para establecer un límite – lo que quedó en pie, sólo una parte del muro exterior, cuando las legiones del emperador Tito destruyeron el templo de Jerusalén para concretar la dispersión del pueblo judío .

Eso ocurrió en el año 70 DC, o sea hace una friolera de años. Para los judíos de todo el mundo – ahora sí viene a cuento esa expresión – es un lugar sagrado. Y ¿ por qué “de los Lamentos”? Porque allí, en los pequeños orificios, rendijas, huequitos, que hay entre piedra y piedra del muro, la tradición ha impuesto la costumbre de introducir un pequeño papel con un lamento, una plegaria, un pedido, que Dios, seguramente conmovido por la distancia recorrida por el demandante – recuerden lo de “todo el mundo” – le concederá.

¿Y a qué viene esto?

¡Ah, estimado lector! Aquí viene la sorpresa. Porque yo, simple ama de casa, sin pertenecer a esa raza ancestral ni tener ninguna vinculación con el pueblo judío, tengo mi propio Muro de los Lamentos.

No está ubicado en Jerusalén sino en la cocina de mi casa, no es un muro propiamente dicho pero recibe mis amargos, doloridos y a veces desesperados lamentos dos veces por día. Les extrañará que sea la cocina, lugar entrañable si los hay, corazón del hogar. ¡La cocina! Nuestro laboratorio, en donde trabajamos con sabiduría y creatividad, pensando con amor en el esposo, los hijos, los nietos, en nutrir su cuerpo y dejar impresa a fuego para las próximas generaciones la memoria de los platos especiales, de las recetas únicas, de las delicias que van a acariciar las papilas gustativas y los receptores olfativos de los susodichos, que van a hacer abrir los ojos de admiración ante la armonía y el colorido con que presentamos esos platos, un día y otro día, dos veces por día….

Sí, esa parte del proceso es gratificante, aunque haya que trabajar concienzudamente una o dos horas, cuando no más, para que desaparezca en pocos minutos. Como es gratificante ver los rostros arrebatados por el éxtasis, los labios húmedos y la servilleta ansiosa, las manos ocupadas en el trajín de los cubiertos, en el camino del plato a la boca, y las frases de elogio que de vez en cuando, entre bocado y bocado, se hacen oír.

No, de ese aspecto no me quejo, sería injusto de mi parte; el rol de la mujer como conservadora y organizadora del alimento es tan antiguo como la existencia del hombre sobre la tierra. Cuando el hombre recolectaba granos, la mujer los acondicionaba, guardaba y conservaba; cuando el hombre cazaba la mujer trozaba, deshuesaba, ahumaba o cocinaba los animales en el fuego recién descubierto, ésa era su misión en la tribu. Ya agrupados en sociedades primitivas, antecedentes de la familia de hoy, era la madre quien hacía estos trabajos logrando cada vez más perfección.

Hasta acá todo está bien, dirán ustedes. ¿A qué viene lo de los lamentos? ¿Por qué el muro? ¡Ay! ¿No lo ven? Si está más claro que el agua! Después de comer HAY QUE LAVAR todo lo que se ensució al cocinar. No vale aquí ese eufemismo – seguramente inventado por un hombre para no sentir remordimientos – de “lavar los platos”. Porque hay que lavar, enjuagar, secar y guardar los platos, los cubiertos, las ollas, las fuentes, las sartenes, y todos los artefactos, electrodomésticos y utensilios que se han empleado para preparar el plato del que hablamos.

Es entonces cuando yo me apoyo en la mesada de la cocina, ése es mi muro, y junto con el agua que va llenando una pileta para lavar y la que corre por la otra para enjuagar, lanzo al aire mi lamento, mi duelo siempre renovado, mi rabia y mi protesta…

¡Es mi Muro de los Lamentos! Visitado cotidianamente, lamentado dos veces por día, sin agujeros donde esconder papelitos con ruegos o pedidos (tengo las manos mojadas) y sin esperar que nadie los escuche.

Parafraseando a Sor Juana me dirijo a los hombres necios y les advierto seriamente que uno de estos días ¡El Muro puede caer! Y entonces nos levantaremos en rebelión, exigiremos las vacaciones definitivas y serán las palabras de los romanos tras la humillación de las Horcas Caudinas las que irrumpan en todos los ámbitos familiares: ¡Ay de los vencidos!

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domingo, 17 de febrero de 2008

EL FRANCÉS

Siempre fue un personaje extraño en el barrio. Pero, con el tiempo, ya nos habíamos acostumbrado a verlo. Verlo, que no escucharlo. Casi nunca hablaba, sólo un saludo con la cabeza o un “Bonjour” desganado a los vecinos con los que se cruzaba. Muy delgado, de complexión menuda, sucias sus ropas y a veces desgreñado, se lo miraba con recelo; sin embargo no era feo el francés, con su tez curtida y sus ojos claros.

Caminaba con el ceño fruncido, como enojado, preocupado, apurado, apurado, con una prisa inusual en un hombre de su edad. Nunca iba solo; prendidos de cada mano llevaba siempre uno, dos o tres chiquillos, rubios o morochos, bellos angelotes con sus mismos ojos, con su misma mirada, lo que confirmaba una prolífica, indudable y extraña paternidad. Porque no era un hombre joven. Más que maduro, ya había doblado el codo de los sesenta. Y los racimos de niños que lo acompañaban o lo seguían, según el caso, eran de todas las edades. A veces llevaba uno en brazos. En el rostro de las criaturas uno podía adivinar quién y cómo había sido la madre, si una “gringuita” o una criolla. A veces, una u otra mujer joven, muy joven, casi adolescente, siempre embarazada, trotaba tras él sin lograr alcanzarlo. Él seguía su camino, imperturbable, apurado, apurado.

Cambiaba de pareja con una frecuencia increíble. Más de uno se preguntaba cómo este hombre hosco, seco, viejo, atraía a las mujeres jóvenes que le daban hijos y más hijos. ¿Sería, en su vida privada, tierno, bondadoso, protector? ¿O buscaba mujeres desamparadas que necesitaban a alguien que cuidara de ellas?

Se ganaba la vida confeccionando carpas, mochilas, bolsas de dormir, camperas, elementos de camping en general. Su trabajo era de primera calidad, él lo sabía y cobraba precios exorbitantes. No obstante, el número de sus clientes crecía continuamente. Venía gente de todas partes a buscarlo, su fama se extendía por la ciudad gracias al “boca a boca”. Y él cortaba, cosía, cortaba, cosía, cortaba ….

Tenía mal genio, era de pocas palabras, apenas un “Bonjour” mascullado como con rabia al recibir a un cliente y un gesto vago con la mano al despedirlo. Su impuntualidad en las entregas ya se había convertido en una leyenda. Pero la gente lo soportaba.

Al aumentar su trabajo tuvo que cambiarse de casa. En la que habitaba hasta ese momento – las malas lenguas decían que había usurpado la vieja casona abandonada, invadida por un espeso yuyal y sucia al extremo de inspirar temor a quien entraba – no tenía un taller con suficiente espacio para los cueros, las lonas, los caños y todo el material que amontonaba desordenadamente.

Se mudó, junto con sus criaturas y su pareja de turno, a un departamento cercano. Sé que tuvo mil problemas con los vecinos que querían echarlo, por la suciedad, los ruidos, el llanto de las criaturas, la música a todo volumen que salía día y noche de la radio que lo acompañaba mientras trabajaba, y la “estanciera” vieja y destartalada estacionada eternamente en el jardín del edificio. No sé si los solucionó, no sé si volvió a mudarse, no lo vi más.

Hasta ayer. Habían pasado muchos años y yo lo había olvidado.

Estaba en la puerta, oteando los nubarrones oscuros que amenazaban descargarse en furioso chaparrón cuando me llamó la atención ver a un anciano que avanzaba penosa y lentamente arrastrando los pies: un pequeño paso, luego otro, y se detenía a tomar aliento, a reubicarse, porque la verdad es que parecía perdido…

Dolorosa imagen la del anciano, con una leve sonrisa dibujada en el rostro surcado por mil arrugas, desorientado bajo la lluvia que había comenzado a caer. Con el corazón estrujado por la compasión y dudando entre salir o no y ofrecerme para ayudarlo, lo miré detenidamente, y ante mi asombro escuché, en el momento en que pasó frente a mí, su clásico “Bonjour”, ahora sin fuerzas, apenas susurrado.

Extrañamente limpio, era el francés. Solo. Anciano. Quizás enfermo. Desvalido.

¿Y sus hijos? ¿Sus mujeres? Nadie lo acompañaba, no tenía un brazo joven en donde apoyarse.

Pero él parecía sereno. Por primera vez, caminaba sin prisa, sin niños, sin amor.

La vida lo había despojado.

C’est la vie, mon ami!

sábado, 19 de enero de 2008

HABITANTE DE UN PAÍS EN CAÍDA LIBRE

Víctima, sin poder evitarlo, de los malos efluvios que por doquier nos rodean, respirando día a día el aire espeso de la infelicidad, huérfana de creencias sobre las cuales apoyarme, a merced de los huracanes turbulentos que nos arrojan, pobres e indefensos seres humanos, unos contra otros, y nos hacen temer un enemigo en cada semejante…así estoy, así me siento…

Avanza el año, cambian las estaciones, ellas sí, ordenadas, obedientes a las leyes naturales, el verano en que hizo crisis la catástrofe económica – 2001-2002 – cedió el paso al otoño, éste al invierno, y ya se siente próxima la primavera. Todo reverdece, menos yo. Mis años pesan, es claro, eso está dentro del orden natural de las cosas; no obstante pesan más de lo que debieran, aún no soy vieja pero he perdido el empuje de mis tiempos de juventud, la fuerza de mis tiempos de madurez, el inocente orgullo del tiempo de mis desafíos.

Sólo pretendo paz, y no lo logro.

Entonces me propongo, cada mañana, rearmarme, como un rompecabezas cuyas piezas se han desordenado, y algunas se han perdido. Es un trabajo. Es difícil. Primero debo hacer un ejercicio de memoria para recordar cómo era la vida antes del desastre, cómo era yo, cómo era mi entorno, y mis circunstancias.

La lucha existió siempre. Lucha por el sustento, por la casa, por la crianza y la educación de los hijos. Yo la había visto en mi hogar, de niña: intensa, incansable, por parte de mi padre – padre proveedor – y paciente por parte de mi madre que lo acompañaba en el rol tradicional de la mujer, administrando los bienes. No obstante, todo era manejado con tal discreción que los hijos no padecíamos las dificultades, apenas si caíamos en cuenta de que perteneciendo a la clase media, vivíamos en digna pobreza. Y seguridad.

Seguridad. En mi familia siempre hubo seguridad. Mi padre era docente, empleado del Estado. Y el Estado representaba protección y seguridad. La economía familiar era estable, los gastos controlados. Había un bienestar interior, fruto de pequeños proyectos que se cumplían en tiempo y forma; así fue como mi padre compró primero una casa, y luego un piano. La austeridad regía todos los actos de la vida. Ya estábamos acostumbrados y no nos pesaba.

La seguridad se extendía a todos los aspectos. De esa época sólo recuerdo un caso de secuestro y muerte, que fue famoso: una niña salió de su casa hasta el quiosco a comprar la revista “Billiken”, y no regresó nunca. Después, nada más. La tranquilidad de la puerta de calle siempre abierta; nadie se atrevió jamás, sin ser invitado, a internarse en el zaguán y trasponer la cancel. La puerta se cerraba sólo de noche, y una puerta cerrada en pleno día significaba, con certeza, duelo. Si salíamos de vacaciones la casa se cerraba y simplemente nos íbamos, sin tomar ninguna clase de precauciones, no hacía falta.

Eran contadas las personas que entraban a casa: además de los familiares, el médico en raras ocasiones, la partera cada dos años, una que otra visita, amigas de mamá , y personas vinculadas a papá, una curiosa gama de periodistas, poetas, escritores, recitadoras.

También aparecían periódicamente ciertos personajes cuya presencia nos fascinaba: el carbonero – que semanalmente atravesaba la galería, hasta el fondo, llevando una enorme bolsa de carbón – y una vez al año, el colchonero.

El colchonero llegaba a comienzos de la primavera. Entraba con su parafernalia, muy temprano, por la mañana, al patio emparrado, y trabajaba todo el día desarmando los colchones viejos, pasando por su máquina de cardar – una especie de cuna de metal que en su vaivén los alisaba – los vellones de lana apelmazada, entre nubes de polvo y tierra, hasta dejarlos suaves y livianos, para volver a armar los colchones con cotines nuevos, y su aguja gigante que iba y venía aseguraba con puntadas firmes el borde dentado.

Siempre tuvimos teléfono, mamá hacía largas visitas telefónicas a sus amigas, yo a las mías, sólo se pagaba el abono, el uso era libre. A los proveedores también se los llamaba por teléfono, a media mañana mamá hacía su pedido al almacén, al carnicero, al verdulero. Y a los pocos minutos la mercadería estaba en casa. No se pagaba. Cada comerciante “anotaba” en la “libreta” y a fin de mes se sumaba la cuenta. Entonces, con sumo respeto, le preguntaba a su clienta cuánto iba a pagar – era una costumbre dejar pendiente un saldo – y al recibir el dinero, agradecido, le obsequiaba alguna mercadería valiosa.

Mamá no tenía buena leche ni en cantidad suficiente para alimentar a sus hijos. Sé que a mí me alimentaron, cuando pequeña, con leche de burra, pues no toleraba la de vaca. El tambero recorría las calles con sus vacas, ofreciendo la leche “al pie de la vaca” y había quienes la preferían así, recién ordeñada, tibia y espumosa, más sana y nutritiva. Pero para los lactantes se aconsejaban las “amas de cría”. Recuerdo a la Ramona, que iba y venía de su casa a la nuestra, cada tres horas, durante todo el día. Mamá la recibía con agradecimiento, le servía una gran taza de mate cocido caliente con pan, o bien agua fresca, del cántaro, y algún dulce; la hacía sentar en una silla hamaca y le ponía en los brazos a mi hermano Carlos, hambriento y desnutrido, para que lo amamantara. La Ramona, con facciones de india, tez muy oscura, flaca, triste y bondadosa, tenía muchos hijos, siempre alguno de pecho. Abrazaba a Carlos y tarareaba entre dientes alguna canción mientras le brindaba generosamente su leche. Terminado su trabajo le pedía a mamá la libreta del almacén, para cobrar en alimentos su sueldo, así evitaba llevar a su casa el dinero que el marido, alcohólico, le arrebataría.

Siempre tuvimos “muchacha”, a veces dos, y a veces, además, lavandera. Generalmente se trataba de muchachas jóvenes, que estaban a cargo del Juez de Menores, pero en alguna ocasión , urgida por la necesidad, mamá empleaba a una mujer con un niño. En ese caso la madre lo ubicaba en la cocina, dentro de un cajón de manzanas, que hacía las veces de cuna o de corralito, según la edad del pequeño. Esos niños nunca lloraban, sabiamente resignados a su destino, y nadie les dirigía una mirada, no por insensibilidad ni dureza de corazón; ese cuadro formaba parte de lo habitual, en nuestra casa y en muchas otras; de todos modos, la cocina, última dependencia de la casa, era un territorio lejano y extraño, al que no llegábamos casi nunca.

¡La cocina! Mientras el piano de mamá, en la sala, sonaba claro y sonoro horas y horas, allá lejos, en la cocina de paredes oscurecidas por el fogón humeante, sobre la hornalla, las brasas encendidas despidiendo chispas doradas, hervía incansable la olla con la mazamorra o el puchero, o se cocinaba a fuego lento el dulce de higos. Pero de vez en cuando llegaba el grito de mamá, que mientras interpretaba a Chopin calculaba los tiempos, y había que ir a avivar el fuego, abanicando con una pantalla de palma.

Los hitos del día estaban marcados por las breves estadías de papá en casa, entre escuela y escuela. En esos momentos mamá abandonaba el piano y la cocina, se sentaba a su lado, en la sala, junto al escritorio y conversaban, mientras ella le cebaba mate hasta que el agua de la pava se acababa.

Las diversiones de esos tiempos eran tan simples como la vida toda: salir a la vereda, sentarse allí a tomar fresco en verano, dar unas vueltas a la plaza del barrio, ir al cine o a una confitería en el centro.

Hubo una guerra en Europa y un dictador en Alemania – nos enteramos por los noticieros que pasaban en el cine, antes de las películas – y una revolución aquí, en 1943, sin que ninguno de esos acontecimientos nos perturbara ni cambiara nuestras vidas. Después de la guerra se comió pan negro, y el azúcar, color marrón, no endulzaba como antes; pero al poco tiempo todo volvió a la normalidad.

No existía la penicilina, las enfermedades se curaban con remedios sencillos – las madres tenían valiosos conocimientos empíricos – y en casos extremos, con reposo y sulfamidas. A veces, la prescripción médica se limitaba a aconsejar aire de campo, o para enfermedades tales como la tos convulsa, unas vueltas en la Rueda Gigante del Parque Sarmiento.

La Sociedad Española de Socorros Mutuos era el lugar en donde mi familia solucionaba los problemas relacionados con la salud que superaban la farmacopea casera. Médicos prestigiosos y enfermeras feroces nos atendían ; mamá los conocía a todos, allí se sentía como pez en el agua. Pero fuera de las enfermedades propias de la infancia, éramos sanos; mamá sólo acudía al dentista, papá lo mismo, con la diferencia que para ella sacarse una muela era una tragedia, se quedaba en cama, moribunda, uno o dos días, y para él, en cambio, representaba una ocasión de mostrar su resistencia al dolor: rechazaba, voluntariamente, la anestesia. Sólo una vez estuvo enfermo. Recién aparecida la penicilina, vino mi tía Sara, que sabía poner inyecciones, a instalarse en casa para aplicárselas, pues debían colocarse cada tres horas.

No existían los electrodomésticos. En algunas casas había heladera a hielo, y la radio eléctrica era lo más sofisticado.

Había ciertos temores mínimos y contingencias especiales, pero se resolvían fácilmente. Las ramas de olivo bendecidas el Domingo de Ramos, bajo el crucifijo que presidía el lecho matrimonial, protegía de las tormentas y los rayos. El cuadro del Sagrado Corazón ponía a salvo la casa y la familia, en especial si había sido “entronizado”. Y para mayor seguridad, como protección infalible, la gente más religiosa llevaba sobre el pecho un escapulario con el santo de su devoción, los incrédulos una bolsita de alcanfor. San Cayetano, desde una estampa – era un santo humilde – aseguraba el trabajo y la prosperidad; donde estaba su imagen, con las espigas de trigo, no faltaría nunca el pan. Tanto es así, que cuando una pareja se casaba, uno de los regalos clásicos era el cuadro de San Cayetano. ¡Bendita ingenuidad!

Los pobres eran pobres, algunos más que otros, pero la miseria no existía. Había quienes pedían limosna, y nadie les negaba una moneda. Los ricos eran ricos. Y la gran mayoría de la gente integraba la clase media. Para juzgar a alguien se valoraba la familia de la que provenía tanto como sus dotes personales.

Los políticos eran gente “rara”, pero necesaria, hacían su trabajo. Los policías eran buenos y honestos, no podía ser de otra forma, ya que custodiaban la tranquilidad y los bienes de la población; estaban en la calle, parados en la esquina, y en el centro dirigían el tránsito, haciendo detener a los automóviles para dar paso a los peatones. Los delincuentes eran pocos y malos, pero tenían reglas de juego que respetaban a rajatabla. Los sacerdotes eran bondadosos, hablaban de Dios y regalaban medallitas. Los militares eran dignos y hablaban de la Patria. Los próceres no se discutían.

Así pasaba la vida tranquila y segura. No existía la angustia por el día de mañana, todo estaba ordenadamente pautado y nada escapaba del molde prefijado.

Cuando me tocó a mí, en un principio la lucha fue más fácil, la juventud y el amor contribuían a que uno sintiera que podía conseguir todo lo que se proponía; los tiempos habían cambiado y además las ambiciones eran moderadas y los recursos mayores, ya que éramos dos los que trabajábamos para proveer a las necesidades del hogar.

Pero a partir de 1955 comenzó el desorden institucional que se extendería a través de casi 50 años y que aún estamos transitando. No obstante, progresábamos.

Entre la casa de mis padres y la mía, entre su modo de vida y el mío había notables diferencias: casa nueva, buenos muebles, que se cambiaban al compás de las necesidades de la familia, buena ropa, vacaciones, paseos, motos, autos, posibilidad de dar a los hijos cuanto deseaban y, sobre todo, estudios sin condicionamientos, sin exigirles que trabajaran para mantenerse a sí mismos ni para “ayudar a la casa”.

Hubo mucho trabajo y momentos difíciles. Hubo crisis económicas y políticas, más de una vez estuvo en juego la vida misma. Pero pasado un tiempo todo se reubicaba, y volvíamos a lo nuestro: viejos planes y nuevos proyectos que se cumplían, viajes, materias pendientes que se hacían realidad, incursiones en nuevos campos de la actividad comercial, deportiva, de estudios, literaria…

Fue una buena vida. Fue. Porque ya pasó y no creo que vuelva.

Estamos ahora a merced de fuerzas desconocidas, el Norte contra el Sur, las grandes potencias ejerciendo su hegemonía impiadosa sobre los países pobres, inmersos todos en una globalización no deseada, perjudicial, que nos niega el derecho más sagrado, el derecho al trabajo, habiendo perdido ya la dignidad como nación, y a punto de perder el territorio, las riquezas naturales, el derecho a decidir nuestro destino.

Enterándonos de cómo día a día vamos cayendo por una pendiente que parece no tener fin, en la lista de países merecedores de confianza, y ascendiendo peligrosamente en las de pobreza, delito, inseguridad, violencia y corrupción.

En lo personal, con vergüenza ajena, me pregunto qué tengo que ver yo, habitante de este país en caída libre, en todo esto. Por qué estoy con la tristeza instalada en el alma, con el escepticismo hecho carne doliente ante las frustraciones reiteradas y los engaños constantes de quienes medran con el sufrimiento de todo un pueblo desesesperanzado.

He recordado. He comparado. He evaluado los cambios de la sociedad y de la familia en los últimos tres cuartos de siglo. Renuevo mi decisión de rearmarme cada día, de hacer que encajen todas las piezas del rompecabezas, para saber en dónde estoy parada, para no darme por vencida, para resistir, pero veo muy lejana la simple meta de vivir mis últimos años serena y feliz.

Quiero creer que esto no es el fin. Espero que aún sea posible encontrar estrategias para salir del laberinto y descubrir el camino que nos salve de esta caída libre.

DE FANTASMAS Y QUEBRANTOS.

He cumplido 74 años. Estoy en la mitad de los 70. Década que inexorablemente determina mi ingreso a la vejez. ¿Que soy optimista pues hasta ahora no me había considerado parte de ese discriminado sector de la sociedad?. Sí, lo soy, aunque sólo sea en este aspecto.

Y aquí estoy, en este peligroso margen. En uno de los tantos talleres de Literatura a los que asistí, se discutió el tema de la marginación y el margen. No es un tema menor. Si el margen es lo menos extenso, lo que queda fuera de la generalidad – y en este criterio hubo coincidencia – cabe preguntarse por qué los pobres han de ser los marginados si son mayoría en el planeta. Y desde el mismo punto de vista, no deberían ser marginados los desempleados, los viejos ni los ni los discapacitados, ya que los países desarrollados ofrecen una perspectiva demográfica con escaso crecimiento de nueva población y una esperanza de vida que gracias a los avances científicos se alarga de manera impensada. Ergo, en pocos años más, los marginados del mundo serán los ricos, los que trabajan, los sanos y los jóvenes.

¿Acaso puede esperarse un resurgir del poder de los ancianos, de los sabios, de los que en el pasado condujeron a sus pueblos con su experiencia? Lo dudo. Las civilizaciones no vuelven atrás en sus pautas y conductas, más bien ascienden y caen para volver a levantarse, o bien obedecen a misteriosas leyes de movimiento pendular.

Esta digresión partió de mi implícito reconocimiento al próximo estadío que me tocará en suerte recorrer: vejez, marginación o no, salud o enfermedad, según quiera el destino. Panorama poco alentador el que me espera. Aún faltan algunos años, es cierto. Pero yo suelo adelantarme a los acontecimientos para que cuando sobrevengan, la adaptación no me resulte tan penosa.

Y aquí estoy, con mis fantasmas y mis quebrantos. Los fantasmas me acompañan desde siempre, en sueños. Los quebrantos durante la vigilia. Los fantasmas, por su naturaleza intrínseca, son fugaces, y generalmente benignos. Los llamo así para simplificar y abarcar en un mismo término a aquellos recuerdos que por dolorosos hemos hundido en lo profundo del subconsciente, a aquellos temores que no hemos podido dominar, a aquellos chispazos de intuición inexplicable, de conocimiento anticipado que choca con la razón y la sensatez, los sueños perdidos e irrealizables, las esperanzas y las utopías, y también incluyo en esta clasificación a los muertos queridos, que de continuo nos envían mensajes consoladores y nos transmiten claves importantes, ¡ay!, sin posibilidad de ser descifradas.

Muchos me dirán que sus noches jamás estuvieron pobladas por estas extrañas, inalcanzables e intangibles criaturas. Ellos se lo pierden. Pero algunos habrá que me comprendan. Mis fantasmas, confinados al territorio de lo onírico, no son temibles, aunque su insistencia en invadir la vigilia, que aumenta a medida que pasan los años, suele perturbarme en tanto no les ponga límites precisos. Programar los sueños, se aconseja. Difícil empresa, casi imposible.

Con los quebrantos otro es el cantar. Quebrantos del cuerpo y del alma me sobran en estos tiempos, influyendo los unos sobre los otros. Es como si este recipiente, mi cuerpo, estuviera por demás deteriorado, y el alma, molesta, pugnara por cambiar de envoltura. Me parece injusto. Yo lo cuidé. No priorizando su atención, sino dándole lo que creí que necesitaba. Tal vez no bastó. Le exigí que me sirviera. No lo adulé. No viví en función de mi cuerpo sino de mi alma.

Pero no logré preservarla. Mi alma también sufre quebrantos, propios y ajenos. Infinitos quebrantos del alma; los propios, traiciones y decepciones sorpresivas, ingratitudes dolorosas, esperanza agónica que termina en duro escepticismo y mata las fibras aún sensibles, clara mirada sobre mi abismo interior, sentimientos que una vez muertos no renacerán, fe burlada, descreimiento total…Y los ajenos, que duelen como propios, miseria que contagia, visión de espanto sobre la realidad, sobre el entorno triste y gris, sobre el futuro pavoroso.

Quebrantos y dolores de mi cuerpo en cada uno de mis huesos, de mis nervios, de los músculos y de la carne que los cubre, desgastados por demás, mientras la mente aún alerta pugna por entender lo que pasó y adaptarse a lo que vendrá.

Terror de la razón que se esfuerza por no perderse en los laberintos del olvido…

Sé que hay quien sufre más que yo, sé que hay infinitos quebrantos que aquejan a gran parte de la humanidad, pero éstos, insignificantes en comparación, son los que yo padezco. Y los siento como un peso casi imposible de soportar.

Cada noche, antes de caer en el alivio del sueño, esa tregua piadosa, invoco a mis fantasmas y les pido que me ayuden a sobrellevar mis quebrantos. Y ellos vienen, amables, a recrear la infancia lejana, los tiempos felices, la juventud perdida, las ilusiones que quedaron en el camino. Mis fantasmas me devuelven a mi madre, a mi padre, y en esa ensoñación encuentro el amor y la fuerza que me nutre para sonreír, cuando todo es llanto.

Hay misericordia en esto, después de todo. Me veo castigada con múltiples quebrantos pero tengo la posibilidad de acudir a mis fantasmas para equilibrar la delicada balanza de la vida. Un platillo y otro suben y bajan en eterno balanceo, inclinándose hacia el pesar y la dicha según el ritmo caprichoso del Destino, ese desconocido misterioso y traidor al cual nadie puede ganarle la partida.

miércoles, 2 de enero de 2008

SER POETA

Difícil tarea, ser poeta en estos tiempos crudos. Cualquiera que tenga oficio o que ponga el suficiente empeño puede versificar y aun escribir poesía, pero eso no lo hace poeta.

Creo que el ser poeta implica vivir, sentir, relacionarse con el mundo, con la gente, con la naturaleza, con uno mismo, bajo una mirada poética. Eso es difícil. No se logra por mero voluntarismo. Se puede o no se puede. ¿Y qué tiene de especial esa “mirada poética”?, se preguntará alguno. Trataré de responder: tiene amor en el más amplio sentido de la palabra, y fundamentalmente, compasión. No estoy hablando de la compasión como piedad o lástima por el otro, esa piedad que despierta el impulso caritativo, ni de la compasión ante el horror y el espanto que nos golpea los ojos cada vez que trasponemos la puerta de nuestra casa, o cuando la televisión nos muestra y la radio nos informa sobre la miseria humana. Hablo de la verdadera compasión, del compartir apasionadamente lo que le sucede al otro, a nuestro semejante, aquí o allá, dondequiera que alguien sufra. Sentir que nos desgarra la llaga de la carne y del espíritu de ese hombre que va por la calle, y abrirnos, dejarnos llevar, dejarnos penetrar por las trágicas pasiones reales que bullen a nuestro alrededor, las que se imponen sobre las del libro que leemos, en donde también hay pasiones de otros tiempos y de este tiempo, de otros espacios y de éste que transitamos.

Hasta hace poco la naturaleza era para mí un motor de la poesía, el sentimiento puro lo era, lo bello en cualquier forma que se presentase, y también el impacto del dolor y la injusticia. Mi poesía era un grito de alegría o un sollozo de dolor, era una confesión incontenible o una explosión de furia. Pero … de tanto gritar he perdido la voz, de tanto llorar he dañado mis ojos y de mi alma ya no brotan, como antes, poesías.

En estos tiempos crudos ser poeta es una misión heroica. ¡Ojalá pudiera yo alcanzar ese tipo de heroísmo!