sábado, 19 de enero de 2008

DE FANTASMAS Y QUEBRANTOS.

He cumplido 74 años. Estoy en la mitad de los 70. Década que inexorablemente determina mi ingreso a la vejez. ¿Que soy optimista pues hasta ahora no me había considerado parte de ese discriminado sector de la sociedad?. Sí, lo soy, aunque sólo sea en este aspecto.

Y aquí estoy, en este peligroso margen. En uno de los tantos talleres de Literatura a los que asistí, se discutió el tema de la marginación y el margen. No es un tema menor. Si el margen es lo menos extenso, lo que queda fuera de la generalidad – y en este criterio hubo coincidencia – cabe preguntarse por qué los pobres han de ser los marginados si son mayoría en el planeta. Y desde el mismo punto de vista, no deberían ser marginados los desempleados, los viejos ni los ni los discapacitados, ya que los países desarrollados ofrecen una perspectiva demográfica con escaso crecimiento de nueva población y una esperanza de vida que gracias a los avances científicos se alarga de manera impensada. Ergo, en pocos años más, los marginados del mundo serán los ricos, los que trabajan, los sanos y los jóvenes.

¿Acaso puede esperarse un resurgir del poder de los ancianos, de los sabios, de los que en el pasado condujeron a sus pueblos con su experiencia? Lo dudo. Las civilizaciones no vuelven atrás en sus pautas y conductas, más bien ascienden y caen para volver a levantarse, o bien obedecen a misteriosas leyes de movimiento pendular.

Esta digresión partió de mi implícito reconocimiento al próximo estadío que me tocará en suerte recorrer: vejez, marginación o no, salud o enfermedad, según quiera el destino. Panorama poco alentador el que me espera. Aún faltan algunos años, es cierto. Pero yo suelo adelantarme a los acontecimientos para que cuando sobrevengan, la adaptación no me resulte tan penosa.

Y aquí estoy, con mis fantasmas y mis quebrantos. Los fantasmas me acompañan desde siempre, en sueños. Los quebrantos durante la vigilia. Los fantasmas, por su naturaleza intrínseca, son fugaces, y generalmente benignos. Los llamo así para simplificar y abarcar en un mismo término a aquellos recuerdos que por dolorosos hemos hundido en lo profundo del subconsciente, a aquellos temores que no hemos podido dominar, a aquellos chispazos de intuición inexplicable, de conocimiento anticipado que choca con la razón y la sensatez, los sueños perdidos e irrealizables, las esperanzas y las utopías, y también incluyo en esta clasificación a los muertos queridos, que de continuo nos envían mensajes consoladores y nos transmiten claves importantes, ¡ay!, sin posibilidad de ser descifradas.

Muchos me dirán que sus noches jamás estuvieron pobladas por estas extrañas, inalcanzables e intangibles criaturas. Ellos se lo pierden. Pero algunos habrá que me comprendan. Mis fantasmas, confinados al territorio de lo onírico, no son temibles, aunque su insistencia en invadir la vigilia, que aumenta a medida que pasan los años, suele perturbarme en tanto no les ponga límites precisos. Programar los sueños, se aconseja. Difícil empresa, casi imposible.

Con los quebrantos otro es el cantar. Quebrantos del cuerpo y del alma me sobran en estos tiempos, influyendo los unos sobre los otros. Es como si este recipiente, mi cuerpo, estuviera por demás deteriorado, y el alma, molesta, pugnara por cambiar de envoltura. Me parece injusto. Yo lo cuidé. No priorizando su atención, sino dándole lo que creí que necesitaba. Tal vez no bastó. Le exigí que me sirviera. No lo adulé. No viví en función de mi cuerpo sino de mi alma.

Pero no logré preservarla. Mi alma también sufre quebrantos, propios y ajenos. Infinitos quebrantos del alma; los propios, traiciones y decepciones sorpresivas, ingratitudes dolorosas, esperanza agónica que termina en duro escepticismo y mata las fibras aún sensibles, clara mirada sobre mi abismo interior, sentimientos que una vez muertos no renacerán, fe burlada, descreimiento total…Y los ajenos, que duelen como propios, miseria que contagia, visión de espanto sobre la realidad, sobre el entorno triste y gris, sobre el futuro pavoroso.

Quebrantos y dolores de mi cuerpo en cada uno de mis huesos, de mis nervios, de los músculos y de la carne que los cubre, desgastados por demás, mientras la mente aún alerta pugna por entender lo que pasó y adaptarse a lo que vendrá.

Terror de la razón que se esfuerza por no perderse en los laberintos del olvido…

Sé que hay quien sufre más que yo, sé que hay infinitos quebrantos que aquejan a gran parte de la humanidad, pero éstos, insignificantes en comparación, son los que yo padezco. Y los siento como un peso casi imposible de soportar.

Cada noche, antes de caer en el alivio del sueño, esa tregua piadosa, invoco a mis fantasmas y les pido que me ayuden a sobrellevar mis quebrantos. Y ellos vienen, amables, a recrear la infancia lejana, los tiempos felices, la juventud perdida, las ilusiones que quedaron en el camino. Mis fantasmas me devuelven a mi madre, a mi padre, y en esa ensoñación encuentro el amor y la fuerza que me nutre para sonreír, cuando todo es llanto.

Hay misericordia en esto, después de todo. Me veo castigada con múltiples quebrantos pero tengo la posibilidad de acudir a mis fantasmas para equilibrar la delicada balanza de la vida. Un platillo y otro suben y bajan en eterno balanceo, inclinándose hacia el pesar y la dicha según el ritmo caprichoso del Destino, ese desconocido misterioso y traidor al cual nadie puede ganarle la partida.

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