sábado, 19 de enero de 2008

HABITANTE DE UN PAÍS EN CAÍDA LIBRE

Víctima, sin poder evitarlo, de los malos efluvios que por doquier nos rodean, respirando día a día el aire espeso de la infelicidad, huérfana de creencias sobre las cuales apoyarme, a merced de los huracanes turbulentos que nos arrojan, pobres e indefensos seres humanos, unos contra otros, y nos hacen temer un enemigo en cada semejante…así estoy, así me siento…

Avanza el año, cambian las estaciones, ellas sí, ordenadas, obedientes a las leyes naturales, el verano en que hizo crisis la catástrofe económica – 2001-2002 – cedió el paso al otoño, éste al invierno, y ya se siente próxima la primavera. Todo reverdece, menos yo. Mis años pesan, es claro, eso está dentro del orden natural de las cosas; no obstante pesan más de lo que debieran, aún no soy vieja pero he perdido el empuje de mis tiempos de juventud, la fuerza de mis tiempos de madurez, el inocente orgullo del tiempo de mis desafíos.

Sólo pretendo paz, y no lo logro.

Entonces me propongo, cada mañana, rearmarme, como un rompecabezas cuyas piezas se han desordenado, y algunas se han perdido. Es un trabajo. Es difícil. Primero debo hacer un ejercicio de memoria para recordar cómo era la vida antes del desastre, cómo era yo, cómo era mi entorno, y mis circunstancias.

La lucha existió siempre. Lucha por el sustento, por la casa, por la crianza y la educación de los hijos. Yo la había visto en mi hogar, de niña: intensa, incansable, por parte de mi padre – padre proveedor – y paciente por parte de mi madre que lo acompañaba en el rol tradicional de la mujer, administrando los bienes. No obstante, todo era manejado con tal discreción que los hijos no padecíamos las dificultades, apenas si caíamos en cuenta de que perteneciendo a la clase media, vivíamos en digna pobreza. Y seguridad.

Seguridad. En mi familia siempre hubo seguridad. Mi padre era docente, empleado del Estado. Y el Estado representaba protección y seguridad. La economía familiar era estable, los gastos controlados. Había un bienestar interior, fruto de pequeños proyectos que se cumplían en tiempo y forma; así fue como mi padre compró primero una casa, y luego un piano. La austeridad regía todos los actos de la vida. Ya estábamos acostumbrados y no nos pesaba.

La seguridad se extendía a todos los aspectos. De esa época sólo recuerdo un caso de secuestro y muerte, que fue famoso: una niña salió de su casa hasta el quiosco a comprar la revista “Billiken”, y no regresó nunca. Después, nada más. La tranquilidad de la puerta de calle siempre abierta; nadie se atrevió jamás, sin ser invitado, a internarse en el zaguán y trasponer la cancel. La puerta se cerraba sólo de noche, y una puerta cerrada en pleno día significaba, con certeza, duelo. Si salíamos de vacaciones la casa se cerraba y simplemente nos íbamos, sin tomar ninguna clase de precauciones, no hacía falta.

Eran contadas las personas que entraban a casa: además de los familiares, el médico en raras ocasiones, la partera cada dos años, una que otra visita, amigas de mamá , y personas vinculadas a papá, una curiosa gama de periodistas, poetas, escritores, recitadoras.

También aparecían periódicamente ciertos personajes cuya presencia nos fascinaba: el carbonero – que semanalmente atravesaba la galería, hasta el fondo, llevando una enorme bolsa de carbón – y una vez al año, el colchonero.

El colchonero llegaba a comienzos de la primavera. Entraba con su parafernalia, muy temprano, por la mañana, al patio emparrado, y trabajaba todo el día desarmando los colchones viejos, pasando por su máquina de cardar – una especie de cuna de metal que en su vaivén los alisaba – los vellones de lana apelmazada, entre nubes de polvo y tierra, hasta dejarlos suaves y livianos, para volver a armar los colchones con cotines nuevos, y su aguja gigante que iba y venía aseguraba con puntadas firmes el borde dentado.

Siempre tuvimos teléfono, mamá hacía largas visitas telefónicas a sus amigas, yo a las mías, sólo se pagaba el abono, el uso era libre. A los proveedores también se los llamaba por teléfono, a media mañana mamá hacía su pedido al almacén, al carnicero, al verdulero. Y a los pocos minutos la mercadería estaba en casa. No se pagaba. Cada comerciante “anotaba” en la “libreta” y a fin de mes se sumaba la cuenta. Entonces, con sumo respeto, le preguntaba a su clienta cuánto iba a pagar – era una costumbre dejar pendiente un saldo – y al recibir el dinero, agradecido, le obsequiaba alguna mercadería valiosa.

Mamá no tenía buena leche ni en cantidad suficiente para alimentar a sus hijos. Sé que a mí me alimentaron, cuando pequeña, con leche de burra, pues no toleraba la de vaca. El tambero recorría las calles con sus vacas, ofreciendo la leche “al pie de la vaca” y había quienes la preferían así, recién ordeñada, tibia y espumosa, más sana y nutritiva. Pero para los lactantes se aconsejaban las “amas de cría”. Recuerdo a la Ramona, que iba y venía de su casa a la nuestra, cada tres horas, durante todo el día. Mamá la recibía con agradecimiento, le servía una gran taza de mate cocido caliente con pan, o bien agua fresca, del cántaro, y algún dulce; la hacía sentar en una silla hamaca y le ponía en los brazos a mi hermano Carlos, hambriento y desnutrido, para que lo amamantara. La Ramona, con facciones de india, tez muy oscura, flaca, triste y bondadosa, tenía muchos hijos, siempre alguno de pecho. Abrazaba a Carlos y tarareaba entre dientes alguna canción mientras le brindaba generosamente su leche. Terminado su trabajo le pedía a mamá la libreta del almacén, para cobrar en alimentos su sueldo, así evitaba llevar a su casa el dinero que el marido, alcohólico, le arrebataría.

Siempre tuvimos “muchacha”, a veces dos, y a veces, además, lavandera. Generalmente se trataba de muchachas jóvenes, que estaban a cargo del Juez de Menores, pero en alguna ocasión , urgida por la necesidad, mamá empleaba a una mujer con un niño. En ese caso la madre lo ubicaba en la cocina, dentro de un cajón de manzanas, que hacía las veces de cuna o de corralito, según la edad del pequeño. Esos niños nunca lloraban, sabiamente resignados a su destino, y nadie les dirigía una mirada, no por insensibilidad ni dureza de corazón; ese cuadro formaba parte de lo habitual, en nuestra casa y en muchas otras; de todos modos, la cocina, última dependencia de la casa, era un territorio lejano y extraño, al que no llegábamos casi nunca.

¡La cocina! Mientras el piano de mamá, en la sala, sonaba claro y sonoro horas y horas, allá lejos, en la cocina de paredes oscurecidas por el fogón humeante, sobre la hornalla, las brasas encendidas despidiendo chispas doradas, hervía incansable la olla con la mazamorra o el puchero, o se cocinaba a fuego lento el dulce de higos. Pero de vez en cuando llegaba el grito de mamá, que mientras interpretaba a Chopin calculaba los tiempos, y había que ir a avivar el fuego, abanicando con una pantalla de palma.

Los hitos del día estaban marcados por las breves estadías de papá en casa, entre escuela y escuela. En esos momentos mamá abandonaba el piano y la cocina, se sentaba a su lado, en la sala, junto al escritorio y conversaban, mientras ella le cebaba mate hasta que el agua de la pava se acababa.

Las diversiones de esos tiempos eran tan simples como la vida toda: salir a la vereda, sentarse allí a tomar fresco en verano, dar unas vueltas a la plaza del barrio, ir al cine o a una confitería en el centro.

Hubo una guerra en Europa y un dictador en Alemania – nos enteramos por los noticieros que pasaban en el cine, antes de las películas – y una revolución aquí, en 1943, sin que ninguno de esos acontecimientos nos perturbara ni cambiara nuestras vidas. Después de la guerra se comió pan negro, y el azúcar, color marrón, no endulzaba como antes; pero al poco tiempo todo volvió a la normalidad.

No existía la penicilina, las enfermedades se curaban con remedios sencillos – las madres tenían valiosos conocimientos empíricos – y en casos extremos, con reposo y sulfamidas. A veces, la prescripción médica se limitaba a aconsejar aire de campo, o para enfermedades tales como la tos convulsa, unas vueltas en la Rueda Gigante del Parque Sarmiento.

La Sociedad Española de Socorros Mutuos era el lugar en donde mi familia solucionaba los problemas relacionados con la salud que superaban la farmacopea casera. Médicos prestigiosos y enfermeras feroces nos atendían ; mamá los conocía a todos, allí se sentía como pez en el agua. Pero fuera de las enfermedades propias de la infancia, éramos sanos; mamá sólo acudía al dentista, papá lo mismo, con la diferencia que para ella sacarse una muela era una tragedia, se quedaba en cama, moribunda, uno o dos días, y para él, en cambio, representaba una ocasión de mostrar su resistencia al dolor: rechazaba, voluntariamente, la anestesia. Sólo una vez estuvo enfermo. Recién aparecida la penicilina, vino mi tía Sara, que sabía poner inyecciones, a instalarse en casa para aplicárselas, pues debían colocarse cada tres horas.

No existían los electrodomésticos. En algunas casas había heladera a hielo, y la radio eléctrica era lo más sofisticado.

Había ciertos temores mínimos y contingencias especiales, pero se resolvían fácilmente. Las ramas de olivo bendecidas el Domingo de Ramos, bajo el crucifijo que presidía el lecho matrimonial, protegía de las tormentas y los rayos. El cuadro del Sagrado Corazón ponía a salvo la casa y la familia, en especial si había sido “entronizado”. Y para mayor seguridad, como protección infalible, la gente más religiosa llevaba sobre el pecho un escapulario con el santo de su devoción, los incrédulos una bolsita de alcanfor. San Cayetano, desde una estampa – era un santo humilde – aseguraba el trabajo y la prosperidad; donde estaba su imagen, con las espigas de trigo, no faltaría nunca el pan. Tanto es así, que cuando una pareja se casaba, uno de los regalos clásicos era el cuadro de San Cayetano. ¡Bendita ingenuidad!

Los pobres eran pobres, algunos más que otros, pero la miseria no existía. Había quienes pedían limosna, y nadie les negaba una moneda. Los ricos eran ricos. Y la gran mayoría de la gente integraba la clase media. Para juzgar a alguien se valoraba la familia de la que provenía tanto como sus dotes personales.

Los políticos eran gente “rara”, pero necesaria, hacían su trabajo. Los policías eran buenos y honestos, no podía ser de otra forma, ya que custodiaban la tranquilidad y los bienes de la población; estaban en la calle, parados en la esquina, y en el centro dirigían el tránsito, haciendo detener a los automóviles para dar paso a los peatones. Los delincuentes eran pocos y malos, pero tenían reglas de juego que respetaban a rajatabla. Los sacerdotes eran bondadosos, hablaban de Dios y regalaban medallitas. Los militares eran dignos y hablaban de la Patria. Los próceres no se discutían.

Así pasaba la vida tranquila y segura. No existía la angustia por el día de mañana, todo estaba ordenadamente pautado y nada escapaba del molde prefijado.

Cuando me tocó a mí, en un principio la lucha fue más fácil, la juventud y el amor contribuían a que uno sintiera que podía conseguir todo lo que se proponía; los tiempos habían cambiado y además las ambiciones eran moderadas y los recursos mayores, ya que éramos dos los que trabajábamos para proveer a las necesidades del hogar.

Pero a partir de 1955 comenzó el desorden institucional que se extendería a través de casi 50 años y que aún estamos transitando. No obstante, progresábamos.

Entre la casa de mis padres y la mía, entre su modo de vida y el mío había notables diferencias: casa nueva, buenos muebles, que se cambiaban al compás de las necesidades de la familia, buena ropa, vacaciones, paseos, motos, autos, posibilidad de dar a los hijos cuanto deseaban y, sobre todo, estudios sin condicionamientos, sin exigirles que trabajaran para mantenerse a sí mismos ni para “ayudar a la casa”.

Hubo mucho trabajo y momentos difíciles. Hubo crisis económicas y políticas, más de una vez estuvo en juego la vida misma. Pero pasado un tiempo todo se reubicaba, y volvíamos a lo nuestro: viejos planes y nuevos proyectos que se cumplían, viajes, materias pendientes que se hacían realidad, incursiones en nuevos campos de la actividad comercial, deportiva, de estudios, literaria…

Fue una buena vida. Fue. Porque ya pasó y no creo que vuelva.

Estamos ahora a merced de fuerzas desconocidas, el Norte contra el Sur, las grandes potencias ejerciendo su hegemonía impiadosa sobre los países pobres, inmersos todos en una globalización no deseada, perjudicial, que nos niega el derecho más sagrado, el derecho al trabajo, habiendo perdido ya la dignidad como nación, y a punto de perder el territorio, las riquezas naturales, el derecho a decidir nuestro destino.

Enterándonos de cómo día a día vamos cayendo por una pendiente que parece no tener fin, en la lista de países merecedores de confianza, y ascendiendo peligrosamente en las de pobreza, delito, inseguridad, violencia y corrupción.

En lo personal, con vergüenza ajena, me pregunto qué tengo que ver yo, habitante de este país en caída libre, en todo esto. Por qué estoy con la tristeza instalada en el alma, con el escepticismo hecho carne doliente ante las frustraciones reiteradas y los engaños constantes de quienes medran con el sufrimiento de todo un pueblo desesesperanzado.

He recordado. He comparado. He evaluado los cambios de la sociedad y de la familia en los últimos tres cuartos de siglo. Renuevo mi decisión de rearmarme cada día, de hacer que encajen todas las piezas del rompecabezas, para saber en dónde estoy parada, para no darme por vencida, para resistir, pero veo muy lejana la simple meta de vivir mis últimos años serena y feliz.

Quiero creer que esto no es el fin. Espero que aún sea posible encontrar estrategias para salir del laberinto y descubrir el camino que nos salve de esta caída libre.

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