sábado, 15 de marzo de 2008

EL MURO DE LOS LAMENTOS

Todo el mundo sabe qué es el Muro de los Lamentos, yo también, incluida en ese genérico “todo el mundo”. Pero ahora que lo veo escrito, negro sobre blanco, me pregunto ¿todo el mundo lo sabe?. Bueno, por las dudas de que alguien no lo sepa, para remediar tamaña ignorancia (no se enoje el lector si a él le cuadra el adjetivo “tamaña”, más hiriente que el sustantivo “ignorancia”, no está en mi ánimo ofender a nadie, es sólo un juego de risueña ironía), les cuento en dos palabras que es, como su nombre lo indica, un muro, un muro de contención – no la que preconizan los psicólogos, sino la contención real, la que protege o sustenta un edificio para evitar que se caiga o bien lo rodea para establecer un límite – lo que quedó en pie, sólo una parte del muro exterior, cuando las legiones del emperador Tito destruyeron el templo de Jerusalén para concretar la dispersión del pueblo judío .

Eso ocurrió en el año 70 DC, o sea hace una friolera de años. Para los judíos de todo el mundo – ahora sí viene a cuento esa expresión – es un lugar sagrado. Y ¿ por qué “de los Lamentos”? Porque allí, en los pequeños orificios, rendijas, huequitos, que hay entre piedra y piedra del muro, la tradición ha impuesto la costumbre de introducir un pequeño papel con un lamento, una plegaria, un pedido, que Dios, seguramente conmovido por la distancia recorrida por el demandante – recuerden lo de “todo el mundo” – le concederá.

¿Y a qué viene esto?

¡Ah, estimado lector! Aquí viene la sorpresa. Porque yo, simple ama de casa, sin pertenecer a esa raza ancestral ni tener ninguna vinculación con el pueblo judío, tengo mi propio Muro de los Lamentos.

No está ubicado en Jerusalén sino en la cocina de mi casa, no es un muro propiamente dicho pero recibe mis amargos, doloridos y a veces desesperados lamentos dos veces por día. Les extrañará que sea la cocina, lugar entrañable si los hay, corazón del hogar. ¡La cocina! Nuestro laboratorio, en donde trabajamos con sabiduría y creatividad, pensando con amor en el esposo, los hijos, los nietos, en nutrir su cuerpo y dejar impresa a fuego para las próximas generaciones la memoria de los platos especiales, de las recetas únicas, de las delicias que van a acariciar las papilas gustativas y los receptores olfativos de los susodichos, que van a hacer abrir los ojos de admiración ante la armonía y el colorido con que presentamos esos platos, un día y otro día, dos veces por día….

Sí, esa parte del proceso es gratificante, aunque haya que trabajar concienzudamente una o dos horas, cuando no más, para que desaparezca en pocos minutos. Como es gratificante ver los rostros arrebatados por el éxtasis, los labios húmedos y la servilleta ansiosa, las manos ocupadas en el trajín de los cubiertos, en el camino del plato a la boca, y las frases de elogio que de vez en cuando, entre bocado y bocado, se hacen oír.

No, de ese aspecto no me quejo, sería injusto de mi parte; el rol de la mujer como conservadora y organizadora del alimento es tan antiguo como la existencia del hombre sobre la tierra. Cuando el hombre recolectaba granos, la mujer los acondicionaba, guardaba y conservaba; cuando el hombre cazaba la mujer trozaba, deshuesaba, ahumaba o cocinaba los animales en el fuego recién descubierto, ésa era su misión en la tribu. Ya agrupados en sociedades primitivas, antecedentes de la familia de hoy, era la madre quien hacía estos trabajos logrando cada vez más perfección.

Hasta acá todo está bien, dirán ustedes. ¿A qué viene lo de los lamentos? ¿Por qué el muro? ¡Ay! ¿No lo ven? Si está más claro que el agua! Después de comer HAY QUE LAVAR todo lo que se ensució al cocinar. No vale aquí ese eufemismo – seguramente inventado por un hombre para no sentir remordimientos – de “lavar los platos”. Porque hay que lavar, enjuagar, secar y guardar los platos, los cubiertos, las ollas, las fuentes, las sartenes, y todos los artefactos, electrodomésticos y utensilios que se han empleado para preparar el plato del que hablamos.

Es entonces cuando yo me apoyo en la mesada de la cocina, ése es mi muro, y junto con el agua que va llenando una pileta para lavar y la que corre por la otra para enjuagar, lanzo al aire mi lamento, mi duelo siempre renovado, mi rabia y mi protesta…

¡Es mi Muro de los Lamentos! Visitado cotidianamente, lamentado dos veces por día, sin agujeros donde esconder papelitos con ruegos o pedidos (tengo las manos mojadas) y sin esperar que nadie los escuche.

Parafraseando a Sor Juana me dirijo a los hombres necios y les advierto seriamente que uno de estos días ¡El Muro puede caer! Y entonces nos levantaremos en rebelión, exigiremos las vacaciones definitivas y serán las palabras de los romanos tras la humillación de las Horcas Caudinas las que irrumpan en todos los ámbitos familiares: ¡Ay de los vencidos!

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2 comentarios:

Gloria Brandán dijo...

Comparto totalmente tu sentimiento, tu dolor, tu protesta y la hago mía. ¡Que caiga el Muro! ¡No a lavar los platos! ¡No a hacer las camas! ¡No a lavar la ropa ni a planchar, ni ordenar placares!
Este fue mi muro de catarsis.

Anónimo dijo...

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