viernes, 14 de noviembre de 2008

ESTÁ ESPERANDO EL SOL

Está esperando que asome el sol por la ventana de su cuarto; no ha dormido en toda la noche. Es la primera vez en la vida que se mantuvo insomne, alerta por horas y horas, sin sucumbir al sueño. Es, también, la primera vez que se sintió tan agraviada, tan herida.

La oscuridad es ahora menos densa, el gris va ocupando todos los espacios. En cuanto amanezca se irá, ya lo ha decidido. No importa adónde. Luego lo pensará. No importa cómo. Luego lo resolverá. Ya ha puesto algunas ropas en el bolso que, casualmente, tenía a mano. Y dinero: apenas lo necesario para arreglárselas al principio; le alcanzará para un par de semanas. Saldrá, silenciosamente, por esa puerta que se abrió para recibirlos hace mucho tiempo, por esa puerta que después se cerró para esconder de miradas extrañas su felicidad, por la misma puerta que más tarde ocultaría el tedio, el engaño, y desde anoche, la injuria, la calumnia. Caminará tres largas cuadras hasta llegar a la estación y allí tomará el tren y se marchará para siempre. Comenzará una nueva vida. Trabajará, y el tiempo hará el resto. Algún día, espera, podrá borrar de su memoria las palabras de la monstruosa acusación, algún día podrá olvidar.

Aguarda el amanecer. Pero el sol no aparece. Todo lo que ve es un cielo plomizo y ceniciento. De repente, una hebra de luz se abre paso allá arriba y enseguida largas pinceladas amarillas van pintando el firmamento. Un dorado de trigo y miel se derrama sobre los árboles, sobre los campos. Abre la ventana . Siente que el suave manto de oro cubre también su cuerpo, envolviéndola, aislándola de todo lo que la rodea, de lo que hasta hace un instante quería dejar. Se siente invulnerable.

Todo es luz, por fuera. Y por dentro algo tibio, una naciente esperanza comienza a ocupar esos oscuros rincones en donde anoche anidó el dolor.

Ya es de día. Se aparta de la ventana, abre el bolso y vuelve a guardar la ropa en los cajones. La vida sigue. Su hijo no nacerá sin padre.

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