Otoño. Fin de mayo. Son las seis de la tarde. La casa, tibia, invita a estar adentro. Pero afuera está el cielo – y sólo yo para mirarlo – deslavado y liso, dorado hacia el oeste, que me tienta, y gana el afuera, por supuesto. Con una taza de té y un libro que leo de a ratos, me instalo en el patio, a contemplar la rosa china con sus ramas erguidas, cuajada de pimpollos en lo alto y unas pocas flores abiertas – siempre fue mezquina con sus magníficas rosas de vida tan efímera, tal como esas adolescentes de prematura belleza y pronto ocaso.
Un viento leve, apenas algo más que brisa, mueve y transforma la destejida trama de la parra. Mi pequeño jardín resplandece. Ninguna de las plantas se ha enterado del cambio de estación, no saben que a escasa distancia está el invierno; sus hojas, en abigarrada confusión, se enredan y se anudan .
Todo sigue creciendo, todo es vida pujante, empecinada vida vegetal que llena los espacios con su verde. Menos la hiedra.
¡La hiedra! Brotó espontáneamente, para nuestra sorpresa, para nuestra alegría. Fue, al principio, una débil ramita con una hoja o dos que un día apareció en el ángulo justo, en el lugar apropiado para cumplir su destino de hiedra: cubrir el muro, aferrarse con suaves dedos a la pared desnuda. Le dimos tiempo: un año, dos, tres, ya va por el cuarto. Y se fue desarrollando lentamente, como si el nacer de cada nueva hoja fuera una misión difícil, casi un dar a luz humano.
Son muy bellas sus hojas, tienen una forma combinada de estrella y corazón que desconcierta el ojo de visitas entendidas en la materia. Yo no sé nada de plantas, sólo la admiro. Ella es así, porfiada y lenta; rebelde, además, porque no quiere adherirse a la pared, pretende despegarse y arracima sus ramas en lugar de extenderlas.
Es una hiedra, lo veo y me lo han dicho, sin embargo no se comporta como tal. Hemos intentado someterla, con hilos y con clavos, sujetarla de mil maneras, pero no se doblega. Creo que debemos respetarla en su deseo de libertad. A lo largo de cuatro años ha demostrado su voluntad de ser distinta, su negativa a cubrir el muro desteñido, su obstinación en no proteger esa pared desnuda que anhela resguardo y compañía.
Ella es así . ( Yo también era así, ingenuamente rebelde, por eso la comprendo ) Algún día, quizás, dentro de muchos años, se cansará de esta lucha silenciosa entre mi deseo y su capricho, y veré, por fin – o lo verán mis nietos – la pared, verde, suave, totalmente cubierta por la hiedra.

No hay comentarios:
Publicar un comentario