Una rosa al despertar.
Una escena mil veces repetida: 7 de la mañana, en verano. Me levanto y al ir hacia la cocina veo en la mesa del comedor, cruzada en diagonal, una rosa roja, de largo tallo, a medio abrir, sobre una hoja de cuaderno arrancada a los tirones. Me acerco, alzo la rosa perfumada –robada de algún jardín vecino – la huelo de cerca y me inclino para leer el mensaje escrito con la letra despareja y la mala ortografía de Alejandro:
“Mami: por fabor despertame a las 9. Tengo que hir a la Facultad. Te quiero. Un veso. ALE.”
Mi hermoso muchacho, el que todos los días me preocupa porque no tiene en claro qué va a hacer de su vida, el que todas las noches regresa tarde, muy tarde (¿de dónde?) duerme sumido en profundo sueño, y confía en mi llamado, en mi sacudón, en mi insistencia, y en el desayuno servido en la cama cuando ya he agotado todos los otros recursos para que se levante. Apoyo los dos platitos: el del café con leche humeante y el de las tostadas con manteca sobre la mesa de luz. “¡Ale, se enfría el café!”. Y él despereza lentamente su largo cuerpo de adolescente mientras con los ojos aún cerrados estira un brazo para alcanzar la taza de café y me sonríe, con la sonrisa más tierna, más amante, que se pueda imaginar. Esa sonrisa, junto con la rosa que se yergue en una copa y que se irá abriendo hora a hora, iluminará cada momento de ese día, un día como tantos.

2 comentarios:
Tu Ale es mi Luis. Yo sé lo que se siente.
Sí, ese amor que no se acaba nunca...
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