LA MIRADA
Moira iba caminando con paso ágil. Desde mi sillón, a través de la cortina, yo la miraba por la ventana. La vi detenerse y retroceder, repentinamente, como si un brazo invisible y poderoso la empujara hacia atrás. Y allí se quedó, contemplando, a través de las rejas, el jardín de mi vecina durante un tiempo que me pareció excesivo, aún para una persona como ella, que amaba la belleza en cualquiera de sus manifestaciones. No hacía falta mucha imaginación para suponer que estaba admirando el gran cántaro rojo en maravillosa exhibición de azaleas de todos los colores. Daba unos pasos como para seguir su camino, pero regresaba. Lo repitió varias veces. Diríase que, arrobada, no podía apartarse de ese lugar.
Finalmente continuó su marcha. Y yo dejé mi puesto de observación. Hubiera olvidado esa imagen estática, poco habitual, si no fuera por el llamado telefónico de mi vecina, por la tarde. Estaba desesperada y desconcertada; su planta, en unas horas, había perdido todos los pétalos, me invitaba a mirar el desastre incomprensible. Me asomé y, en efecto, pude ver los restos de una lluvia multicolor de blancos, rosados y rojos en delicada armonía, esparcidos sobre el césped, mientras los tallos desnudos se erguían, como muñones clamando al cielo.
No relacioné un hecho con el otro. Cuando Moira vino a casa, al día siguiente, conversamos de todo un poco, y le comenté la increíble ruina de las azaleas. Se sorprendió y se apenó – me consta que es una persona de buenos sentimientos– recordando el deslumbramiento que había experimentado ante el jardín . Mientras hablábamos escuchábamos música, era un disco con una exquisita selección de melodías clásicas, mis favoritas. Le gustó tanto que tomó nota del tema y del intérprete para comprarlo.
Cuando al día siguiente volví a poner el disco, inexplicablemente, estaba dañado, la melodía distorsionada, ya no servía. Empecé a atar cabos. Recordé la mirada de los ojos celestes de mi amiga fijos en el equipo mientras escuchábamos la música, y una sucesión de imágenes y recuerdos se precipitó como un torrente, en inequívoco “ efecto dominó”.
¿Acaso no me había contado cómo, en diversas ocasiones, la vida parecía complacerse en quitarle todo lo que apreciaba, todo aquello que le proporcionaba alegría, bienestar, felicidad? ¿Y no había llegado incluso a decir, con amargura: “Todo lo que amo desaparece”? Y luego, su tristeza permanente, su soledad, la pérdida prematura de padres y hermanos en terribles accidentes, su imposibilidad de encontrar al amor, mejor dicho, de conservarlo, porque era una mujer bella, inteligente, aún joven, que había conocido a muchos hombres interesados en ella, pero por oscuros designios del destino nunca había logrado establecer una relación permanente.
Moira, mi querida amiga, signada con un nombre que la predestinaba a la tragedia, Moira, tierna, bondadosa, huérfana de afectos, Moira, la de mirada magnética, Moira…que ahora toca el timbre – la veo por la ventana tras las cortinas espesas – y a quien hoy no voy a abrir la puerta, porque en casa está mi nieto, el más pequeño – me lo dejaron para cuidarlo mientras sus padres iban de compras – y, aunque racionalmente no pueda dar fe a esa burda superstición que habla del mal de ojo, tengo miedo, tengo mucho miedo…
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María Mercedes Novillo de Mabres.

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