(No apto para ser leído por quienes entienden verdaderamente del tema)
Lo escuché en uno de tantos programas televisivos de seudo divulgación científica. Obviamente, se trataba de las adicciones. Entre una larga enumeración de adicciones peligrosas y francamente censuradas por la moral convencional, tales como la adicción a las drogas, al tabaco, al alcohol, figuraban otras que me sorprendieron: adicción al trabajo, a la gimnasia, al chat, a las cirugías plásticas, y ésta, en la cual voy a detenerme: adicción a las endorfinas.
Endorfinas. No era la primera vez que escuchaba la palabrita de marras, y creía saber algo, lo que sabe todo el mundo, al respecto. Las endorfinas son las hormonas del placer, del bienestar, de la felicidad, si vamos más lejos. Las segrega nuestro organismo sin que medie nuestra voluntad, es algo natural, son beneficiosas para la salud, para el pelo, para la piel, para el ánimo, ¿por qué, entonces, ese tufillo a cosa pecaminosa que se desprendía del comentario?.
Quién no recuerda los relatos de los que sufrieron muerte cerebral y al regresar a la vida cuentan la misma historia con ligeras variantes: el túnel, la luz, la sensación de plenitud y amor, de felicidad total. Los creyentes dicen que la luz es Dios, o el amor de Dios. Los científicos dicen que todas esas visiones, alucinaciones y sensaciones son producidas por las endorfinas, ya que el cerebro, ante la inminencia de la muerte y del sufrimiento que conlleva segrega endorfinas para facilitar esa situación, la más temida por el hombre en todos los lugares y en todos los tiempos, tal como ante el peligro segrega adrenalina para posibilitarle fuerzas a fin de enfrentarlo.
Ahora bien, ni la adrenalina ni las endorfinas son segregadas “a pedido”. Nadie cometería la locura – al menos es lo que yo creo – de ponerse en una situación extremada de riesgo para contar con una buena cantidad de adrenalina corriendo por sus venas – o por donde quiera que corran – , pero con las endorfinas, al parecer, la historia es distinta.
Si haces el amor, dicen los que saben, las endorfinas se derraman en todo tu organismo y te llenan de placer. Seamos más espirituales: si te enamoras, son las endorfinas las que te hacen sentir feliz. Démosle su espacio al intelecto: si solucionas un intrincado problema matemático y te sientes superior al resto de los mortales, las responsables de esa increíble sensación de bienestar son las endorfinas que generó tu organismo. Y a las manualidades: si realizas un trabajo de bricolage y te sale bien, es seguro que te invade tal orgullo que te sientes un émulo de Leonardo, pero no te preocupes, amigo, amiga, eso no es vanidad, simplemente… tus endorfinas han actuado. Y cuando en la sesión de yoga logras finalmente la posición del loto….¡qué maravilla, qué derroche de endorfinas!. Y ¿cómo crees que se habrá sentido Edipo al resolver el enigma propuesto por la Esfinge? Como un dios, seguramente, y aunque después todo terminó mal, en ese momento sublime, el de constituirse en salvador de Tebas, ¡cómo habrá sido su producción de endorfinas!.
Pero a nosotros, gente común, que no nos enamoramos porque ya estamos enamorados o porque la razón o la edad nos pone trabas para ello , que no hacemos el amor por… motivos que a cada uno atañen, que no resolvemos ecuaciones ni enigmas, ¿qué nos queda? ¿No podremos gozar del beneficio de las endorfinas? Claro que sí. Podemos provocar su aparición…¡Comiendo chocolate!.
¿Qué el hígado, que los kilos, etc., etc.? Bueno, en la vida no se puede tener todo.
Comamos chocolate y nos sentiremos gratificados, plenos, en armonía con el universo. Eso sí, que no se convierta en una adicción, pues nos llevaría derechito a una cirrosis y entonces las endorfinas tendrían que actuar por su cuenta para conducirnos placenteramente a través del oscuro túnel, hacia la Luz.

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