viernes, 14 de septiembre de 2007

El desencanto

EL DESENCANTO


La estrella brillaba en lo alto del pino. No era una estrella de verdad, era de cartón y estaba forrada con papel plateado, el niño lo sabía, pero aun así, la veía titilar , refulgente, magnífica. La estrella simbolizaba la felicidad, le habían dicho. Él no sabía qué era la felicidad, pero presentía que podía estar relacionada con la alegría y la sorpresa que sentiría al abrir el paquete que, al azar, escogiera entre todos los que colgaban del árbol , destinados a cada uno de los nietos.
Desde temprano las tías se habían afanado en la preparación y el envoltorio de los regalos ; por más que él se empeñó no pudo ver nada , preguntó y no obtuvo respuesta . Reinaba el más absoluto silencio al respecto, para que la sorpresa fuera eso : lo inesperado, lo insólito, lo maravilloso . Así se lo había explicado su madre .


Desde temprano , también , los nietos correteaban por el patio y por la galería , espiando desde allí el gran hall cuyos ventanales de vidrios de colores sólo permitían distinguir sombras vagas que se movían de aquí para allá, poniendo la mesa, ubicando las sillas , corriendo muebles a fin de que todos pudieran estar cómodos . Era una gran familia : la abuela, cinco hijas casadas, con sus esposos e hijos , y dos solteras, las tías, hacedoras y dueñas de los secretos que colgaban del Árbol de Navidad .
De a ratos se entreabría la puerta que separaba la realidad del misterio ; alguien entraba o salía llevando una fuente, un florero, una bandeja . Y fue en una de esas raras ocasiones cuando el niño vio la estrella y, ansioso, recorrió con la vista los paquetes colgados. Una mirada rápida le bastó para hacer su elección : el dorado (¡era tan hermoso ! , brillaba más que la estrella ) , ése que estaba semi-escondido entre las ramas verdes , ése sería el suyo : era grande, más grande que los demás , podía ser…una tableta de chocolate – ese exquisito chocolate que los amigos de Alemania obsequiaban a la abuela. O quizás fuera un juguete, un autito de verdad, no como los que él armaba recortando las ilustraciones de los catálogos de automóviles y pegándolas luego sobre un cartón duro con engrudo hecho con harina y agua ; era divertido jugar con los autitos de cartón , él tenía todos los modelos pero… un autito de verdad…Casi no se animaba a suponer la emoción que sentiría al desatar el moño de fina cinta roja y abrir cuidadosamente el paquete dorado . No, no, un autito de verdad como tenían otros chicos que conocía, era esperar demasiado ; se conformaba con un chocolate , un chocolate grande que se deshiciera suavemente en la boca llenándolo de placer, y que durara mucho – porque él pensaba comerlo de a pedacitos, día a día. De eso sí estaba seguro , sería un chocolate.


El atardecer se estiraba, largo, inmutable, indiferente a su ansiedad. ¡Cuándo llegaría la noche! Los grandes se habían instalado en el patio. Hacía calor, todos tomaban el espumoso chop que salía , helado, del barrilito comprado especialmente para la fiesta. Los chicos ya estaban cansados de jugar y saltar dentro de la casa ; pese a que el patio era grande, querían más espacio, salir y correr libres en la vereda, de esquina a esquina. Pero eso estaba prohibido.
La abuela vivía frente a la casa del Cónsul de Alemania - un cuarto de manzana en donde se levantaba la mansión, en medio de un gran parque con césped , árboles y flores ; por las tardes, señoras con sombrero y sombrilla se sentaban a tomar el té en la glorieta, todo estaba rodeado por un tupido cerco de ligustro que aislaba a la casa , a sus habitantes y a sus ocasionales visitas de los ruidos provenientes de la calle . No obstante, ante el menor intento, por parte de los nietos, de escaparse a la puerta, deslizándose por el zaguán con disimulo, la abuela gritaba con su voz más enérgica, con verdadero enojo : “¡No hagan bulla ! ¡Vengan adentro! ¡No molesten al Señor Cónsul! ” (Y del respeto con que subrayaba las palabras “Señor Cónsul ” se desprendía un soplo frío que hacía retroceder al más audaz). Allí se frustraba todo intento de diversión, todo conato de rebeldía. Había que obedecer. La abuela tenía la mano larga y tanto acariciaba como daba un coscorrón al atrevido que la desafiara.
Las horas no pasaban nunca. Parecía que el tiempo se hubiera detenido. Hasta que ¡por fin ! , la puerta que comunicaba el patio con el hall se abrió de par en par y un vals de Strauss envolvió a grandes y a chicos en su magia. Todo era luz, música, fiesta. El Árbol de Navidad resplandecía, las tías invitaban ahora, con gesto amplio, a entrar, a admirar, a comer, a beber, a gozar.
Pero aún había que esperar hasta la medianoche. De un modo u otro pasaron los minutos que faltaban. La abuela formó una ronda con sus hijas y sus nietos , y bailaron alrededor del Árbol cantando “Stille Nacht”


Con doce rotundas campanadas el gran reloj de pared anunció las 12. Brindis, besos, el “Feliz Navidad” repetido ante cada uno de los presentes. Ahora…había llegado el momento esperado, el momento de elegir los regalos. Los primos grandes se adelantaron y estiraron sus largos brazos para descolgar sus paquetes . ¡Que nadie viera el suyo, por favor, antes de que él pudiera alcanzarlo! Cuando el remolino de brazos y manos le dejó un espacio , se acercó y , en puntas de pie, pegó un tirón y desprendió de la rama el hermoso envoltorio dorado que, milagrosamente, nadie había visto todavía, salvo él. Ya lo tenía. Temblaba al abrirlo; cayó la cinta al suelo junto con el papel, y entre sus manos , ante su asombro, en su incredulidad frente a la burla cruel, había un enorme carretel para hilo de coser, de madera, vacío. La carcajada general rubricó el descubrimiento. Su madre, desde lejos, lo miraba con pena, él alcanzó a oír un suspiro y esperó que dijera algo, que se enojara con sus hermanas, que lo defendiera, pero ella no dijo nada, era Navidad, había que pasar la fiesta en paz.
Las tías lo señalaban con el dedo y se reían, las bocas enormes como monstruosas cavernas rojas, abiertas al terror , se reían, se reían…Habían preparado regalos verdaderos : caramelos, galletas, turrones, uno que otro juguete muy pequeño, y otros regalos como ése : trampas para inocentes. Los primos comían vorazmente la golosina que a cada cual le tocara o admiraban el relojito de lata de agujas inmóviles, mientras él hacía esfuerzos desesperados por no llorar.


Salió al patio. En la noche oscura sintió el gusto amargo de la primera desilusión. Los demás seguían bebiendo y comiendo, cantando, bailando. Nadie advirtió su ausencia. Lentamente se deslizó por el zaguán y se sentó en el umbral de la puerta. Miró el carretel vacío. Sacó del bolsillo un piolín y lo ató ; tirando del piolín , rodaba…casi como si fuera un autito. Desafiante, se cruzó a la vereda del Cónsul y la recorrió varias veces, ida y vuelta, arrastrando el carretel de madera que hacía un ruido fuerte sobre las baldosas acanaladas. Cuando se cansó entró nuevamente a la casa. Se paró frente al Árbol y miró la estrella que prometía felicidad. ¿Qué sería la felicidad? Sus cinco años no lo comprendían, pero ya conocían el sabor del desencanto.

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María Mercedes Novillo de Mabres.

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