sábado, 15 de septiembre de 2007

La Fatalidad

LA FATALIDAD

(Una historia cotidiana)

Había perdido la noción del tiempo. Encerrado en la oficina, con el acondicionador de aire zumbando en sus oídos en forma tal que ya no sabía si era un sonido externo o el de sus propios pensamientos – de urgencia, de desesperación – que se hacía audible, seguía trabajando. La Empresa exigía que el programa estuviera listo para el lunes. El nuevo cliente lo esperaba y la puntualidad en la entrega era fundamental.

“ La Empresa te explota, debes ponerles límites”, era la cantinela de siempre; su madre se lo repetía cada vez que se presentaba una situación como ésta; pero el padre meneaba la cabeza, disgustado con su mujer y trataba de hacerla razonar: “Por lo menos tiene trabajo, parece que no te dieras cuenta, vieja , estamos en la Argentina, en el 2001 y las cosas han cambiado, no es como en nuestra época”.

Cuatro días con sus noches – ¿o serían cinco? – llevaba ya, comiendo un sándwich de vez en cuando y tomando un café tras otro para mantenerse despierto. De vez en cuando alguien entraba y le hablaba, pero él sólo veía sombras vagas, escuchaba voces lejanas y no lograba decodificar el mensaje. No sabía si era de día o de noche, confundido por el brillo de la luz artificial.

Una mirada al reloj le informó sobre la fecha, la temperatura exterior, la salida y puesta del sol y de la luna, y la hora de todos los países. ( Otros países que antes respetaban a la Argentina, otrora poderosa, soberana, una tierra bendita en el mundo, en donde propios y extraños encontraban su lugar, hoy castigada por la globalización – impuesta ¿por quiénes? ¿por qué plan maquiavélico? – y de la cual sólo compartía las consecuencias negativas: inseguridad, desempleo, deshumanización, pérdida de los valores fundacionales y fundamentales ). En París eran las… en Londres… en Roma… en Nueva York… Datos inútiles para su alienada desorientación. Él sólo hubiera querido saber a ciencia cierta quién era ese hombre acosado, aislado, volcado sobre la pantalla de la computadora desde toda la eternidad. Él hubiera querido saber de dónde provenía ese cansancio profundo que se instalaba sobre sus párpados, que le golpeaba en la nuca, que latía en sus sienes, cansancio que iba mucho más allá del agotamiento producido por el trabajo, que parecía venir de una vida anterior, ¡tan fuerte era su peso!

¡Si pudiera descansar!

El vidrio esmerilado del ventanal era una barrera que le impedía conocer lo qué ocurría allí, afuera. Hubiera querido ver el sol pintando de ocres y dorados la ciudad, la gente caminando por las calles, estrenando la mañana, sentir la brisa fresca acariciando su rostro demacrado y demorándose para jugar con los ciruelos florecidos. Pero todo eso estaba muy lejos, ajeno a su alcance, ni siquiera podía imaginarlo.

Necesitaba descansar. Si no, moriría. ¡Y qué bueno sería el descanso de la muerte!.

Quizás ése era el único, el verdadero, no mezclado con la incertidumbre de cada día, con la posibilidad siempre presente de una reducción de personal, en la cual caería, irremisiblemente, por ser uno de los últimos en haber entrado a la Empresa, pese a su buen rendimiento – todos reconocían su excelencia y empeño en el trabajo, pero cuando le tocara nadie se jugaría por él, cada cual cuidaba su propio puesto, hasta los jefes… Y los gastos crecientes de la familia: la cuota alimentaria, las escuelas de las chicas, la atención médica privada, ahora que la Obra Social no respondía… Y su situación con Camila, que no podía definir por la inseguridad económica, aunque el divorcio que por mucho tiempo fuera una pesadilla ya estaba definitivamente resuelto… Camila, tan joven, tan confiada, tan soñadora, que le había devuelto la fe en la vida, que lo amaba y creía en él, que esperaba casarse, vivir juntos, ser feliz a su lado…

Se sentía atrapado, perdido en un laberinto sin salida. Era para volverse loco, era para desear la muerte. Sin embargo, el instinto de supervivencia lo sacudió. Debía recobrar la sensatez. Cuando esa idea, la del descanso final, lo rozó fugazmente, la alejó de sí, pero por un instante presintió que ya faltaba poco para el fin del tormento, para el alivio definitivo.

El sábado terminaría con el trabajo, como fuera. Había prometido a sus padres que les llevaría a Valeria a pasar un día con ellos; desde que vivían en el campo veían poco a las nietas.

Cuando acabara con el maldito programa, así nomás, sin cambiarse, buscaría a su hija – la madre, por una vez, no puso obstáculos – y en un santiamén estarían en la casa de los abuelos. Esa noche podría bañarse, comer y dormir en una cama.

* * *

Sábado. 21 horas. Al cerrar tras de sí la puerta de la oficina, vencido por el profundo agotamiento trastabilló y, como en un sueño, advirtió que sus movimientos eran bruscos, no podía coordinarlos, pero tampoco podía detenerse. Tuvo un momento de duda – ¿sería prudente conducir en ese estado? – reemplazado luego por el sentimiento de responsabilidad que no le permitía faltar a la promesa empeñada. Subió al coche y en pocos minutos estuvo frente a la casa. ( Casi nunca entraba, así era mejor, se evitaban los reproches ).

Valeria lo esperaba en la puerta, la mochila a la espalda, los ojos ansiosos, temiendo que el padre hubiera olvidado su cita. Al verlo, se iluminó su carita inocente. “¡Qué tarde llegaste, papá, ya creía que no venías!”. Sin esperar a que el coche se detuviera completamente abrió la puerta y se acomodó. Lo besó, se acurrucó contra su cuerpo y empezó a cantar bajito. Con ella a su lado, una descarga de adrenalina lo recorrió; le rodeó los hombros con el brazo derecho mientras con la mano izquierda sostenía el volante. Aceleró. Lo urgía llegar pronto. Corría en pos del descanso, de la calma. Corría al encuentro de su destino.

22 horas. Faltaba poco para llegar. Apretó el acelerador a fondo preparándose para la próxima pendiente, después de la curva.

Había empezado a llover. Un fogonazo plateado iluminó al caballo que se le atravesó en la ruta. El grito de la niña, la maniobra brusca y el enfrentarse al camión cuyo remolque venía zigzagueando, todo ocurrió al mismo tiempo, en forma instantánea. El camionero no pudo explicar la causa por la cual su remolque se desprendió.

* * *

Los taparon con una lona sostenida por piedras en los cuatro extremos. Extrañamente, la expresión de su rostro era serena, casi feliz. Abrazado a su hija, parecía tranquilo, como quien ha alcanzado finalmente la paz.

* * *

La explotación de los nuevos tiempos en un país sin rumbo, el agotamiento, la velocidad, el camión, la tormenta, el relámpago que asustó al caballo… ¿Con cuál de sus nombres, bajo cuál de sus innumerables rostros, se presentó la Fatalidad esa noche, cruel o piadosa, a concederle el descanso tan ansiado?

* * *

María Mercedes Novillo de Mabres.


2 comentarios:

Gloria Brandán dijo...

¿Quién no sueña alguna vez, con un descanso prolongado y merecido? Pero no tanto... Que la fatalidad no se adueñe de nuestras vidas. Por las dudas, gozemos del hoy.

Mecha Novillo dijo...

Esta es sí, una historia real, del principio al fin, un hecho que me estremeció cuando mis hijos me lo contaron.
La vida es bella, es verdad. Sobre todo cuando se empieza a salir de la gripe.