Argentina, Provincia de Córdoba, 1º de Abril de 1880
Mi amada, inolvidable y para siempre inalcanzable Rosa:
Tal como te lo prometí, aunque hayan pasado muchos años, te escribo para contarte cómo me establecí y cómo vivo en este lejano país, adonde me trajo un destino caprichoso – o mis propios caprichos, aún no lo sé.
Te sorprenderá mi encabezamiento. Estas palabras tiernas debí decírtelas allá, en el pueblo, cuando éramos jóvenes y libres. No me atreví. Tú eras poco más que una chiquilla, mi compañera de juegos y de sueños y ya te amaba, sin comprenderlo muy bien. Luego los hechos se precipitaron. Cuando padre murió y madre tomó el control de la fábrica y de la familia, yo sobraba. Nunca me interesó el tema de la hilandería, las cuentas se me daban mal y los obreros sólo me preocupaban porque su ignorancia me dolía, quería enseñarles a leer y a escribir, pero madre dijo que era una locura y no lo permitió. Para ayudarla estaba Jaime, que era el mayor y quien iba a heredar todo. Así que, en la misma forma en que sacó a Isabel del medio enviándola al convento cuando recién era una zagala – “Siempre es bueno tener una monja en la familia”, dijo – a mí me mandó a Barcelona, al Seminario.
Te cuento todo esto porque desaparecí de un día para otro, sin poder explicarte nada. Aunque estuve a desgano al principio, pronto me acostumbré; allí tenía acceso al conocimiento, lo que no hubiera sido posible en el pueblo. Estudié y obtuve los títulos que hoy me permiten trabajar haciendo lo que siempre me gustó: enseñar. Casi llego a cura. No pudo ser (¡ gracias a Dios!), porque al momento de pronunciar los votos me eché atrás: lo de pobreza, vaya y pase – el dinero va y viene – mas, lo de castidad y obediencia no iba conmigo, tú lo sabes, siempre fui rebelde e impulsivo. Entonces le escribí a madre anunciándole mi decisión de dejar el Seminario. Quería volver al pueblo, verte, y si todavía me considerabas tu mejor amigo, tu confidente, quizás tú y yo hubiéramos podido…
Pero madre tenía otros planes. Creo que, tan sagaz como era, ella se sospechaba algo. Además, estaba muy contrariada por mi deserción. Me escribió diciendo que mi presencia no era necesaria, que me quedara en Barcelona. Apenas te casaste con mi hermano, hizo testamento y con un representante del notario me hizo llegar la parte que me correspondía del patrimonio familiar, “para que puedas realizar tu sueño de pasar a las Colonias”, así dijo.
Ya lo ves, todo estaba predeterminado; no tuve fuerzas para oponerme – si tú ya no podías ser mía, ¿a qué volver?. Me embarqué hacia la Argentina, siguiendo las huellas de ese “loco genial”, un tal Sarmiento que años antes había revolucionado los foros de Barcelona con su verbo inflamado, con sus ideas de civilizador.
Y aquí estoy. Luego de recorrer el país hasta saciar mi curiosidad me establecí en el interior de la provincia de Córdoba. He fundado escuelas (a veces el gobierno reconoce mi trabajo y me paga; otras , no ), inspecciono y controlo todas las de la zona - ¡ si es que pueden llamarse así los míseros ranchos en donde los niños aprenden las primeras letras! – enseño a enseñar a los preceptores que las dirigen a pura intuición. También intenté alfabetizar a los peones, a los campesinos, a las mujeres, lo que provocó la oposición tenaz de los terratenientes (como antes ocurrió con madre y los obreros de la fábrica) y debí resignar, con dolor y rabia, muchos sueños.
Pero estoy hablando demasiado de cosas que quizás tú no entiendas o no te interesen. Lo que sí te va a interesar es saber que me he casado con Dolores, una joven perteneciente a la familia más prestigiosa de la zona (aquí la aristocracia se mide tanto por las generaciones de residencia en el país como por la posesión de tierras). Tuve que hacerlo para insertarme en esta sociedad cerrada y prejuiciosa. Es una buena mujer, me ama y me ha dado siete hijos, aunque tres murieron niños, víctimas de las epidemias que a menudo azotan las poblaciones. Yo la respeto y también la amo, como a la madre de mis hijos, como a la fiel compañera que ha demostrado ser, en las buenas y en las malas. Y más han sido las malas que las buenas, mi querida Rosa. He llorado la pérdida de mis hijos, he soportado envidias e injusticias , odios y calumnias…Mi vida no ha sido fácil. Pero sigo en la lucha, no me rindo.
¿Y tú, Rosa? ¿Qué has hecho de esos sueños que soñábamos juntos? ¿Qué, de tu cuerpo grácil y esbelto como espiga de trigo mecida por la brisa? ¿Qué, de tu risa clara? ¿Qué, de tus ojos negros?. Cuéntame, dime. Si no puedes hacerlo porque te cuesta escribir – cuando yo te enseñé a leer lo aprendiste muy bien, pero si no has escrito desde entonces quizás lo hayas olvidado – díctale tu carta a la tía Ana. Es a su casa adonde te envío ésta para evitarte inconvenientes. La tía Ana me ha venido escribiendo de tanto en tanto; por ella sé que no habéis tenido hijos, que por eso madre te mira con malos ojos , que Jaime se dedica en cuerpo y alma a atender los negocios de la familia y te ignora, que ni siquiera te habla, que tú languideces en una soledad inmerecida…
Que Dios te guarde, Rosa. Recibe el recuerdo emocionado de quien nunca te olvidó.
Valentín.
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Ciudad de Córdoba, 1º de Abril de 1896
Amada y nunca olvidada Rosa:
Transido de dolor escribo estas líneas para decirte que Dolores ha muerto, hace de esto un mes. Su fiel corazón , agotado por tanto sufrimiento, simplemente cesó de latir. Ahora que no está comprendo cuánto la amé, a mi modo, aún amándote a ti al mismo tiempo, en silencio y a la distancia.
Mis hijos son grandes y no me necesitan. Yo estoy solo. Ya nada tiene sentido. No puedo pensar con claridad. Ni la muerte de madre, de la cual me enteré por tía Ana, me golpeó tanto. No sé que será de mi vida. Reza por mí.
Valentín
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Ciudad de Córdoba, 1º de Abril de 1897
Querida Rosa:
Con el corazón lleno de gozo escribo esta carta para hacerte partícipe de mi alegría: la próxima semana oficiaré mi Primera Misa. Sé que la noticia te asombrará. Pero si lo piensas, verás que no he hecho más que terminar el camino empezado allá en el pueblo, cuando madre me envió al Seminario. En ese entonces retrocedí ante los votos del sacerdocio. Ahora es distinto. Luego de una larga vida , de conocer lo bueno y lo malo, el amor y el odio, el reconocimiento y la ingratitud, mi espíritu necesita calma, mi cansancio necesita reposo. La Iglesia, cual madre amorosa, me abrió sus brazos y me cobijó en mi momento de mayor desamparo e incertidumbre. Completé mis estudios eclesiásticos y en pocos meses fui ordenado sacerdote. Soy feliz y estoy en paz. Deseo para ti la misma paz.
Hasta que nos veamos en el seno del Señor.
Valentín
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Manresa, 1º de Abril de 1897Querido sobrino:
Tomo la pluma para escribirte e informarte que Rosa, luego de dejar en orden todas sus cosas, lo que le llevó varios meses desde que recibimos la triste noticia de tu viudez, ha partido rumbo a Córdoba. A mí me parece una locura, pero ella dice que quiere cuidarte ahora que estás solo, que quiere pasar los últimos años de su vida a tu lado, que es su última oportunidad de ser feliz, ya que nunca, desde que te fuiste, conoció la felicidad. Cuando llegue al puerto de Buenos Aires partirá en tren hacia Córdoba y se comunicará contigo. Esto ha desatado un escándalo en el pueblo y en la familia, te lo puedes imaginar (Jaime está que trina, no porque le importe que Rosa se vaya, sino por las habladurías de la gente); pero yo, que soy una vieja que ha visto todo y no se asusta de nada, os doy mi bendición. Recibe el cariño de tu tía
Ana
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María Mercedes Novillo de Mabres.

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