sábado, 15 de septiembre de 2007

LA VISITA

LA VISITA

Jueves. Siesta. Cuatro de la tarde. Mamá nos llamó – estábamos jugando en el patio – y comenzaron los preparativos: baño, cambio de ropa, peinado, trajecito marinero para mí, vestido con cuello marinero y gran moño en la cabeza para mi hermana; los dos resplandecíamos, nada escapaba al ojo avizor de mamá: uñas limpias, zapatos relucientes, zoquetes blancos, un toque de colonia... y listo. Nos mandó quedarnos quietos, sentados, mientras ella se arreglaba. Y al rato salió de su cuarto, resplandeciente, con los cabellos rubios danzando alrededor de su rostro de facciones finas, apenas un toque de color en sus labios y en sus mejillas; se había puesto un vestido de lino celeste, que hacía juego con sus ojos, la cartera, los guantes y los zapatos blancos; se la veía muy hermosa, hermosa y contenta, como siempre que salíamos de visita.

—¿Adónde vamos, mamá?

—A ver a la tía Agustina, vamos, rápido, que quiero llegar a las cinco en punto, nos espera a tomar el té y ya saben que la tía es muy estricta con los horarios –en realidad era tía de papá o sea nuestra tía abuela pero mamá le tenía mucho afecto y la visitaba de vez en cuando.

¡Saltamos de alegría!. Las visitas a la casa de la tía eran siempre divertidas, salvo un pequeño tormento al principio y al final.

Un breve recorrido en el tranvía 5 que salía muy económico ya que ni mi hermana ni yo pagábamos boleto en razón a nuestra edad, caminábamos una cuadra y ya estábamos frente a la casa, una antigua edificación, testigo de un pasado opulento; tres golpes al llamador de bronce y al rato la puerta que se abría y una anciana alta, delgada, vestida de negro, nos recibía sonriendo.

—¡Elenita! ¡Por fin te has acordado de mí!. Pasá, pasá, te esperaba. ¡Qué hermosos están tus chicos!

Ya se acercaba el momento temido. Después de abrazar y besar a mamá torciendo la cara hacia un lado y hacia el otro y dando besos al aire, como hacían las mujeres, la tía se inclinaba hacia nosotros – nos parecía que su cuerpo flaco y larguísimo, al doblarse se iba a quebrar en dos. Pero no pasaba nada, sólo se inclinaba y nos besaba, esta vez no eran besos al aire, no; su cara empolvada y cenicienta se acercaba, apoyaba sus labios arrugados en nuestras mejillas y nos pinchaba con los tres pelos blancos de un lunar negro que tenía al lado derecho de la boca; el alfilerazo llegaba junto con un fuerte olor a viejo, a naftalina, un olor horrible que nos envolvía por un instante; hubiéramos querido gritar, salir corriendo, pero mamá nos había advertido severamente sobre cómo debíamos comportarnos cuando estábamos en casa ajena. Había que mostrar buena educación. El mal momento pasaba.

Mamá y la tía iban a tomar el té a la sala vetusta, oscura, con el mismo olor a encierro y naftalina de la tía, con el mismo olor rancio de las galletitas que nos convidaba antes de mandarnos a jugar al patio; la orden era confirmada por una elocuente mirada de mamá, de modo que no nos quedaba más alternativa que obedecer.

Nos hubiera gustado quedarnos y curiosear un poco, abrir el piano, apretar sus teclas, alzar las estatuillas de pastoras y ovejas que estaban sobre una mesa cubierta con una carpeta de felpa verde que llegaba al suelo, preguntar quiénes eran los señores y las señoras de los cuadros con marco dorado que nos miraban desde la pared, mover los caireles de la lámpara de la mesita vestida y oír la musiquita que hacían al chocar entre sí, sentarnos en los sillones inmensos y hundirnos en ellos, o en las sillas de asiento de terciopelo, de respaldos altos y rectos de madera labrada. ¡Era todo tan lindo, tan fino! Pero no nos dejaban tocar nada, así que salíamos a explorar la casa vacía.

Del primer patio, embaldosado, que no ofrecía nada interesante, pasábamos al segundo, de tierra. Era más divertido. Allí había árboles y plantas, un perro que quería mordernos los talones y al cual espantábamos tirándole piedras, y un gato que huía al vernos, refugiándose en algún oscuro rincón. No nos conformábamos y seguíamos a través de largos corredores hasta concluir nuestra exploración en el tercer patio en donde estaba el gallinero y adonde daban varias habitaciones clausuradas, abandonadas; eran los cuartos de los criados, restos del naufragio de una buena posición que terminó cuando murió el dueño de la casa.

La muerte del patriarca había dejado a su viuda, la tía Agustina, sumida en deudas y compromisos que la obligaron a despedir a todos los sirvientes: cocinera, mucama, cochero, vender el coche y los caballos y hasta desprenderse de algunas alhajas para poder hacer frente a su crítica situación económica que, con el tiempo, se volvía más y más apremiante. Así fue como las dos hijas solteras tuvieron que salir a trabajar. Una de ellas, la más joven, se convirtió en secretaria de un político importante; se enamoraron, pero él era casado, ese amor no tenía esperanzas. No obstante, la diaria compañía avivó la llama de la pasión pasando por encima de los dictados de la moral y de las convenciones sociales. Fueron novios durante años, para oprobio y dolor de la tía, y escándalo de las vecinas que, tras las postigos, esperaban, expectantes, la llegada del político que venía una vez a la semana a “visitar a la familia”.

Pues bien, en este patio del fondo, junto al gallinero había una piecita misteriosa – no era la primera vez que incursionábamos en esa zona –, como misteriosas eran las voces que al oírnos hablar y gritar se dirigían a nosotros a través de una puerta hecha con listones de madera que dejaba estrechas rendijas entre uno y otro. Adentro de esa piecita había dos niños. Parecían ser (sólo por sus voces podíamos suponerlo) de nuestra misma edad; querían jugar con nosotros pero eso era imposible, la puerta estaba cerrada con un gran candado, puesto por fuera, y la que tenía la llave junto con otras en un gran manojo colgado de su cinturón, era la tía Agustina, que los encerraba, nos explicaron, cuando llegaban visitas a la casa. De todos modos, a través de la puerta, acercando la boca a las rendijas, nos comunicábamos. Ellos asomaban hacia fuera, por el espacio que había entre el último listón y el piso, sus manos y sus pies, mientras nosotros introducíamos hacia adentro los nuestros; luego, tirados en el suelo, tratábamos de espiar, de ver las caras de esos amigos invisibles, pero la piecita no tenía luz, no podíamos ver nada. La conversación – preguntas y respuestas sobre nombres y edades – no duraba mucho. Ya se oían, a lo lejos, en el primer patio, los gritos de mamá llamándonos.

Era hora de irse. La visita había terminado. Otra vez el beso pinchoso, el olor a naftalina y ya en el tranvía, rumbo a casa, las preguntas, preguntas incesantes, exigentes, que pedían respuestas para satisfacer nuestra curiosidad. Pero la respuesta frustrante era siempre la misma: “No digan pavadas, en el fondo de la casa de la tía Agustina no hay nadie, nadie. ¡Qué ganas de inventar cosas!”. Todo esto dicho con voz enérgica y mirada furibunda, lo que frenaba cualquier intento de insistir en la aclaración de lo inexplicable, lo mágico, el secreto nunca develado, el misterio de la piecita del tercer patio.

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María Mercedes Novillo de Mabres


3 comentarios:

Gloria Brandán dijo...

¿Quiénes eran esos niños? No habrán sido ellos mismos que se sentían presos dentro de sus moños y trajes de marineritos?
Misterio...

Mecha Novillo dijo...

Esta es también una historia real, "de pe a pa" . Los niños que iban de visita eran César y su hermana. Y los otros niños también eran reales, frutos inocentes de amores ilícitos, cuya existencia era negada por la sociedad de la época.
No hay misterio. Sólo hipocrecía.

Mecha Novillo dijo...

Fe de erratas: "Solo hipocresía"