Hace una semana mi barrio se vio invadido por hormigas voladoras; en realidad toda la ciudad sufrió el ataque – inofensivo, pensábamos – de estas minúsculas, trabajadoras y simpáticas hormiguitas, según lo que la escuela primaria se empeñó en que creyéramos. Claro que éstas no caminaban despaciosamente con la carga de hojitas tiernas sobre la espalda, éstas ¡volaban! Eso las convertía en una curiosidad digna de los comentarios que los conductores de programas radiales hacen con el material suministrado por la intervención de los oyentes, que con un mensaje de texto o un llamado telefónico ven satisfecha su pequeña vanidad al ser nombrados: “Porota del Centro ha llamado para decir que una multitud de hormigas voladoras atraviesan el espacio y ella está contemplando este extraño espectáculo en este momento, desde su balcón, en el 10º piso. Gracias, Porota, por su aporte”. Porota – cuya edad podemos deducir de su sobrenombre – sonríe con beatífica sonrisa, ruborizada, emocionada, mientras el teléfono empieza a sonar y así continuará por un buen rato, hasta que todas las amigas, los hijos, los nietos, le hayan expresado su sorpresa (Imaginé que eras vos, abuela ¿quién si no iba a tomarse la molestia de hablar a la radio para decir que vio hormigas voladoras?) y su felicitación por la efímera popularidad.
Sigamos con lo nuestro: cuando el vuelo de las hormigas dejó de ser noticia porque otra, más importante, la reemplazó, nos olvidamos del tema. En efecto, yo lo olvidé, hasta que ayer la mesa blanca del patio apareció llena de minúsculos puntitos negros. Corrí, el trapo en una mano, el limpiador adecuado en la otra – no cualquiera, el adecuado – dispuesta a fregar lo que fuera necesario hasta dejarla como nueva. Me puse los anteojos para trabajar con prolijidad y me dispuse a comenzar. Me incliné sobre la superficie otrora pulida y blanca y … ¡Horror! Los puntitos se movían en una especie de loca danza, trazando círculos en espiral, concéntricos, tangentes y secantes, ¡se movían! ¡Eran hormigas!!!!! Cambié el limpiador por el insecticida y acabé con ellas. Supuse – inocente de mí – que el problema estaba resuelto. Ya no pensaba en las hormigas como en los ahorrativos y laboriosos bichitos que Esopo presentaba como ejemplo a los niños perezosos y a los adultos pródigos. Ahora las detestaba.
Al día siguiente la mesa seguía limpia, pero todo el patio estaba ocupado por hormigas, hormiguitas, hormiguititas guerreras, guerrilleras, combativas, invasoras, vengadoras, sitiadoras. Si antes las detestaba, ahora, en este nuevo ahora, les temía.
Tenía que defenderme y defender mi casa. Lo primero: hice inteligencia. Salí a ver qué pasaba en las veredas, la mía y las vecinas. En todas partes era lo mismo. Una tranquilidad: el ataque no era personal, era una invasión a gran escala, una escalada de terror golpeando sin piedad sobre mi casa, las otras casas (a nadie parecía importarle), el barrio, la ciudad, ¿el país? ¿el continente? ¿el planeta?
Insecticida y muerte (no sin inquietud por un vago sentimiento de responsabilidad ecológica). Pero siempre aparecían más. Por cada baja, nuevas guerreras se incorporaban. Más insecticida, más muerte (y más remordimiento). Tracé barreras de insecticida en puertas y ventanas para impedirles el acceso a la casa – tenía que defender el castillo sitiado, como fuera. Aún así, por la noche no pude descansar temiendo el avance incontenible, el ataque artero. Finalmente me dormí con un sueño liviano, agitado, nervioso.
Hoy me desperté agotada. Y con mis esquemas… rotos, destrozado el recuerdo que yo guardaba y que guarda el imaginario colectivo acerca de la fila ordenada de hormiguitas, de la sociedad perfecta de las abejas y las hormigas, ensalzada por Maeterlink, presentada como ejemplo para los humanos díscolos, desordenados y poco previsores.
Esta madrugada los cadáveres cubrían el patio.
Luego la lluvia y el viento los dispersaron.
María Mercedes Novillo de Mabres

1 comentario:
Excelente, divertido y tan real, que me parece estar viéndote desplegar sobre tu mesa, un mapa con puntos rojos, azules y verdes, según dónde hay que largar los misiles antihormigas. Excelente trabajo de inteligencia. Que la CIA te consulte para la próxima...
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