Me aparté, cerré los ojos, negándome a verlos, y pasé de largo. Me recibió con una sonrisa forzada. No pude evitar la pregunta: “ ¿Y esas flores, quién te las trajo?”. Pareció orgullosa por haber recibido ese extraño obsequio: “ Son claveles colombianos, ¿viste qué lindos?, me los trajo una amiga, vos no la conocés, viene a ayudarme.”. “Ayudarte ¿a qué?” . “Me da fuerza espiritual”. “¿Para qué?”. “Para soportar mejor todo lo que me espera, hace lo mismo con varias personas, con enfermos terminales.” . “¡Pero vos no sos una enferma terminal!”. Hizo una mueca, una de sus muecas burlonas, y se encogió de hombros.
Cuando me despedí, me dijo: “Llevate uno, son colombianos, son preciosos y duran muchísimo, más de un mes”. Con un estremecimiento introduje las manos en el ramo compacto y separé un tallo con un clavel enorme, de un color marrón oscuro, casi negro. Goteaba. Lo sacudí y me asomé al dormitorio para mostrárselo. Ya se había dado vuelta y estaba adormecida. “Mirá, me lo llevo”, le dije. Giró la cabeza, abrió la boca como para hablar pero no dijo nada. Al irme sentí el impulso de arrebatarlos, tirarlos a la calle y vaciar el florero de esa agua turbia y maloliente. Total, ella ya no se levantaba y no se enteraría.
¡Por qué no lo hice! Por respeto, quizás, a su intimidad, por no vulnerar sus derechos, por no inmiscuirme en sus cosas. Al mío lo arrojé por la ventanilla apenas dimos vuelta a la esquina.
Allí quedaron, los claveles colombianos, sobre la mesa, anunciando desgracias o provocándolas; eso era tan evidente que cualquiera podía advertirlo, hasta yo, que rechazo todo lo que tenga que ver con esoterismo o supersticiones.
La internaron, no volvió a su casa. Murió en uno de los tantos albergues para enfermos terminales, antes de que se cumpliera un mes de los primeros síntomas . En eso tuvo razón la amiga. Yo no la conocía. Pero al día siguiente, cuando fuimos a la casa a buscar la documentación que los trámites requerían, ella estaba allí con él, diligente, abriendo cajones, vaciando roperos, separando la ropa buena, examinando alacenas, apartando cristalería….un saqueo en toda la extensión de la palabra.
“¿Y los claveles?” les pregunté. “Los tiré a la basura – me contestó ella, con calma y seguridad – ya cumplieron su ciclo”.
Al marcharme, a pocas cuadras de allí, en un campito, alcancé a distinguir una sombra marrón; me acerqué para cerciorarme. Mi terrible sospecha era realidad. Los claveles colombianos se erguían despidiendo un olor venenoso, maligno, pero aún lozanos, magníficos, entremezclados con los yuyos espinosos del baldío.
* * *
María Mercedes Novillo de Mabres.

2 comentarios:
Y tan lindas que son las flores multicolores!!! Venir a regalar claveles marrones, como si no hubiera marrones en nuestras vidas!
¡A quién se le ocurre oscurecer nuestra visión de la vida! Abramos las ventanas y dejemos entrar el arco iris!
Ocurrió, Gloria; este texto lo escribí furiosa y llorando, a los pocos días de la muerte de mi hermana.
¡Abramos las ventanas a la vida!
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