domingo, 16 de septiembre de 2007

BARRANCA YACO

BARRANCA YACO

( Miradas)

El auto se inclinaba hacia un lado u otro según se hundiera o no en la profunda huella de la ruta polvorienta. Finalmente llegaron a destino. Bajaron, tambaleándose y sosteniéndose entre sí al pisar los surcos endurecidos. César no se preocupó en cerrar el coche. Estaban en el monte, desierto de presencia humana, solos.
La falda de María se arremolinaba contra sus piernas; pequeñita como era, casi desaparecía su figura en el fogonazo del sol destemplado, toda brazos y manos atentos a sujetar ropas sueltas y cabellos enloquecidos. No pudo evitar un comentario que le salió del alma: “¡Estos lugares salvajes!” , arreglado luego con diplomacia: “Increíble, ver esto…Claro, allá, en Suiza…”.
Jorge la acalló con un gesto, sin abandonar la sonrisa bondadosa que le iluminaba el rostro desde que llegó, y que mantendría sin variación alguna a través del largo periplo a desarrollar en esos diez días de presentación a familiares desconocidos, poco convencionales y aun exóticos, para su mentalidad europea.
César y Mercedes se miraron de soslayo y el mensaje llegó de uno a otro, tan nítido como si hubiese sido gritado: “Te lo dije, a tus parientes suizos qué les va a interesar estas cosas del pasado, de nuestro pasado” , “Sí, fue un error, pero ya que estamos…”

Era un mediodía de mayo. Terroso el paisaje desolado: árboles desnudos, pajonales secos, achaparrado monte de espinillos. En un recodo, a la vera del antiguo Camino Real, un murallón de piedra, bajo, en hemiciclo, custodiaba siete altas cruces de palo, idénticas en su aspecto miserable. Al medio y adelante se alzaba un pequeño monolito con los restos de una placa arrancada que debió explicar el porqué de ese Monumento Histórico. El viento azotaba el rostro de los cuatro viajeros, levantaba nubes de polvo y castigaba las cruces, firmes a pesar de la naturaleza adversa.

Se sentaron en la pirca. César, ansioso por no haber podido fumar durante el trayecto, encendió un cigarrillo; se miraron los cuatro, alguno se aclaró la garganta con un carraspeo que sonaba a mudo reproche. Seguramente los visitantes pensaban: “Hemos venido de tan lejos, tenemos sólo diez días y nos traen a este lugar inhóspito…qué se puede ver aquí… si no hay nada…” y girando las cabezas apreciaron el monte, el cielo, las cruces. La incomodidad flotaba en el ambiente.
Jorge, conciliador, quiso romper el hielo y se dispuso a tomar una foto “Para recuerdo – dijo – que salgamos los cuatro”. María agregó, son suave ironía: “Y que salgan las cruces” . “¡Claro!”, fue la respuesta de los otros, en risueño coro. Jorge ubicó la máquina fotográfica sobre el monolito y corrió a sentarse, abrazó a María mientras César hacía lo propio con Mercedes. ¿Para qué, salvo por cortesía hacia sus anfitriones, querría fijar ese momento, ese lugar? . Uno, dos, tres… diez segundos. Sonrieron mirando a la cámara, y cuando el flash se accionó automáticamente, se pusieron de pie, aliviados, y volvieron a sonreír forzadamente, emprendiendo la marcha hacia el automóvil. Al retirarse, María dijo: “¡Qué soledad, qué silencio!”, y recordando la conversación previa preguntó: “Pero ¿dónde está la barranca?”.

* * *

Ya es mediodía. Hace unas dos horas que salimos de la ciudad rumbo al antiguo Camino Real. El interior del auto es un pequeño mundo cálido. Fuera, el ramaje de los árboles desnudos se mece en frenética danza. Espesos nubarrones cubren por momentos el cielo de mayo, lavado de sol, despojado de pájaros. Creo que no fue una buena idea traer a los viajeros hasta aquí. Ellos, catalanes de nacimiento pero residentes de toda una vida en Suiza, no entienden ( no tienen por qué hacerlo) estas cosas que a nosotros aún nos conmueven .

Finalmente hemos llegado. En el trayecto les expliqué la historia pero por la expresión de sus rostros adivino que no comprendieron demasiado o que no les interesó, lo cual es muy lógico. Si en Suiza sólo tienen un héroe nacional, el Guillermo Tell de la famosa manzana y aun él habita ese vago territorio que fluctúa entre la Historia y la Leyenda …¡Es tan ajeno a ellos este furioso pasado de caudillos, estas luchas fratricidas en las que nos venimos desangrando desde hace casi dos siglos!

Bajamos. Terroso el paisaje desolado de pajonales secos y achaparrado monte de espinillos. En un recodo, a la vera del camino, un murallón de piedra, bajo, en hemiciclo, custodia siete altas cruces de palo, idénticas en su aspecto miserable. El viento levanta nubes de polvo que sin querer respiramos y nos araña por dentro al colarse en la garganta; la tierra que flota en el aire huele a vieja traición y sabe a muerte; su color rojizo evoca la sangre derramada aquí y allá, entonces y ahora, una y mil veces en los caminos de la patria. Las siete cruces de palo muestran su atroz evidencia, tan pobres, tan solas… Son siete puñales clavados en el corazón del pasado.

Ellos miran, sonríen, quieren sacar una fotografía; luego, en Suiza, la mostrarán a sus hijas y quizás les expliquen en dónde fue tomada. Antes de subir al auto María se vuelve, mira una vez más, con el empecinamiento de quien quiere comprender y no puede, mientras dice: “¡Qué soledad, qué silencio!”. Ella no ve nada más que el monte seco, pajonales y espinos.

Ella no logra ver el tumulto y el asalto, el piafar desesperado de los caballos que pugnan por huir en espantada. Ella no oye los relinchos, los disparos, los gritos de furia y agonía, el alarido ronco de Facundo cuando la bala penetra en su ojo y escapa robándose su vida…aquí mismo, en Barranca Yaco, aunque la barranca de greda ya no exista, aunque las huellas del camino polvoriento sean sólo las de los automóviles, borradas por el tiempo y el olvido aquellas otras que marcaron el regreso precipitado de la partida de Santos Pérez, al cabo de cumplir su trágica misión.

* * *

María Mercedes Novillo de Mabres.

2 comentarios:

Gloria Brandán dijo...

Mecha: Este relato me parece genial, no solamente por el estilo en el que está escrito, sino por cómo cuentas al detalle y dejas entrever que lo que no se vive, vivencia y experimenta en sangre propia, no es válido para los demás. Me transporté a Barranca Yaco y me llené de tierra los ojos.

Mecha Novillo dijo...

Gloria:Voy a ver si puedo responder a tu comentario con otro, desde aquí.Es decir, voy a ver si se puede abrir un diálogo. Si no, lo haré por mail. Agradezco infinitamente tu generosidad al haber leído cada uno de mis relatos y haberlos comentado. (Tus palabras siempre tienen esa pizca de sabor que las hace especiales,distintas,únicas.)
Y además, has venido a brindarme un poquito de compañía en la soledad del blog. Mil gracias. ¡Cuidado con la tierra en los ojos!, sobre todo ahora, cuando la primavera está próxima y las alergias florecen igual que los durazneros.