domingo, 24 de enero de 2010

AURELIA VÉLEZ BAJO EL SAUCE LLORÓN

AURELIA VÉLEZ BAJO EL SAUCE LLORÓN


Cansada ya de estar cansada y triste de toda tristeza, Aurelia Vélez se recostó en la reposera bajo la sombra del añoso sauce llorón, miró el cielo, y en el cielo siguió el rumbo de una nube perezosa que se desplazaba con gracia y sin apuro, y empezó a hacer balance de sus últimos años, los que la vida le había regalado cuando ella creía que su final estaba próximo. Porque ahora, en ese tiempo de descuento, se sentía en condiciones de medir sus aciertos y sus errores y meditar sobre ellos.
El primer error no le pertenecía, pero con él debió cargar desde el principio: su nombre, que la confundía con una dama ilustre del panteón de la historia argentina, y resultó tal por mera casualidad, ya que el apellido Vélez lo venían usando con brío y con garbo los hombres y las mujeres de su familia desde hacía muchas generaciones, y no era cuestión, ahora, de hacer cambios, que por otra parte no hubiera podido justificar. En cuanto al nombre de pila fue una ocurrencia del momento de un tío lector que estaba de antemano designado como su padrino, quien, habiendo acabado de leer “Biografías Argentinas” se prendó del nombre Aurelia, sin ponerse a imaginar como quedaría escrito, pronunciado, susurrado, declamado o gritado junto al apellido en cuestión. Los padres estaban más que desorientados con su nacimiento pues, al ser el primer hijo esperaban un varón tal como la tradición manda, y sabido es que la tradición debe ser tratada y obedecida con mucho respeto; además la sabiduría de las ancianas de la familia así lo auguraban, pero apareció ella, y todos los nombres pensados, calculados, ensayados, se desvanecieron como los fantasmas de la noche al llegar la mañana, de modo que la sugerencia del tío lector fue acogida sin discusión. Y la pobre Aurelia Vélez quedó marcada por ese nombre cuya fama nunca podría igualar y cuyo recuerdo estaba ligado por siempre al de uno de los próceres fundadores de la nacionalidad, lo que la hacía víctima inocente de bromas y preguntas intencionadas, mal intencionadas, se entiende, ya que la auténtica dueña del nombre había tenido una vida más que original, sobre la que cualquier conocedor de la historia argentina puede dar fe. Ustedes dirán que pocos hay que sepan los comprometidos detalles de esas vidas pasadas, pero lo malo es que Aurelia, signada quizás por el destino, cuando llegó el momento de elegir carrera estudió precisamente, Historia, o sea que se movía en un ámbito culto en donde su nombre era invariablemente motivo de curiosidad. Un peso duro de llevar a lo largo de su época de estudiante, de profesora, de periodista, pues también incursionó en ese digno quehacer. ¿Dije digno? Sí, aunque no todos quienes lo ejercen merezcan tal calificativo. Pero ella lo desempeñó con veracidad y rectitud, especializándose justamente en los avatares de la famosa pareja, de modo tal que al escribir su propio nombre una y otra vez, al enunciarlo en conferencias, en programas televisivos de seudo formación ciudadana, en simposios y congresos, y luego afirmar, confirmar y firmar sus dichos siempre se encontró en la seria disyuntiva del otro yo y la clásica pregunta existencial: ¿Quién soy? Eso sin internarnos en la versión esotérica de la reencarnación que su mente racional y lúcida rechazaba pero siempre estaba ahí, acechando, en el fondo de su cerebro sensitivo.
Claro que eso ya pasó, estaba lejos. En los últimos tiempos, después de haber recorrido un largo camino sembrando y cosechando lo bueno y lo malo como a todos nos ocurre, Aurelia Vélez descansaba de las inquietudes comunes y corrientes, propias del ser humano. Vivía sola, en una casa que compró al dejar la casa paterna, prendada por el sauce llorón en un ángulo del parque más bien pequeño, que rodeaba una edificación somera y austera; se enamoró del sauce y compró la casa sin mirar más. Y allí la encontramos hoy, entrada en años y en nostalgias escurridizas, haciendo balance de aciertos y errores. Porque los hubo y muchos en su vida: amores e infortunios competían por el primer puesto, viajes y alegrías, reconocimientos y gratificaciones también, pero sobre todo apresuramientos tanto como indecisiones.
Así pues es difícil para nosotros, simples espectadores de esta mujer que aparentemente descansa bajo la sombra amiga de un sauce llorón, imaginar qué motivos tiene para estar cansada y triste, en especial cuando la tarde invita al goce del ocio sin culpa y sin medida. Hagamos un esfuerzo de imaginación, y dejándola sola un momento, entremos en la casa. Todo está en orden, un orden peculiar, activo, no estático, y huele a limpio, buen dato este que nos habla de un equilibrio interno, el de quien ama la belleza. Al recorrer las habitaciones algo molesta a la vista, no por exceso sino por falta. No hay espejos ni vidrios ni cristales que cumplan su misión.
Si bien es cierto que a cierta edad la imagen que el espejo devuelve cuando lo miramos no siempre es grata para quien recuerda el ayer y sus halagos visuales, es propio de persona criteriosa y juiciosa resignarse a lo que el hoy nos ofrece, y acostumbrarse a esas nuevas imágenes, a veces crueles, que irrumpen sin permiso en una vida programada precisamente para no tener sorpresas desagradables. Porque si algo desveló siempre a nuestra protagonista y le sirvió de meta, objetivo y fin, fue lograr una seguridad previsible, sin interrupciones alocadas que pudieran alterar su paz interior. Por eso la falta de espejos.
Como vemos, Aurelia es terminante en sus determinaciones, o por lo menos lo ha sido en este punto, ya que en otros no supo o no quiso actuar con tanta enjundia. Será porque la pérdida de su juventud y la belleza que otrora la destacaba le duele más de lo que está dispuesta a reconocer. Sólo podemos suponerlo ya que su rostro está cerrado, como cubierto por una tenue telaraña que la aísla y la separa del resto de la gente común y corriente, tal como lo somos nosotros, usted, amigo lector, que recibe mis pautas y yo, que voy delineando para ustedes la figura de este personaje.
Así es como permanece sentada bajo el sauce llorón, protegida de los peligros del mundo por sus ramas que se arrastran por el suelo al compás del suave viento de la tarde y de vez en cuando pasa las manos por sus mejillas ajadas y tajeadas por los años, cosa que se percibe al simple tacto, por sus cabellos que imagina aún oscuros y brillantes, por sus brazos que acarician y enlazan su cuerpo enjuto. Y allí comienza, invariable, cada día, el balance de su larga vida: las relaciones que destrozaron su corazón, los hijos que su seno no quiso albergar, las palabras de amor pronunciadas en voz tan baja que no llegaron a los oídos a los que estaban destinadas, la falta de compromiso que marcó una constante en el devenir de los años, y la soledad que hoy resuena en su mente como un zumbido suave primero, atronador después, y la acucia …
… A ponerse de pie, a dejar la verde sombra del sauce, a entrar en la casa, cambiarse de ropa y alisarse la falda, a peinarse una vez más con los dedos anhelantes, a abrir la puerta y salir en precipitada carrera rumbo a calles desconocidas, hasta llegar a una plaza en donde un sauce llorón le ofrezca su blanda sombra para sentarse en un banco, mirar el cielo y en el cielo una nube perezosa que se desplaza con gracia y sin apuro cuando cae la noche y la plaza se llena de niños que juegan y ríen y de enamorados que se besan, se besan, se besan, mientras ella, bajo la sombra del sauce, sigue mirando la nube.
Una gota, una sola gota moja su rostro. Puede que sea el sauce que llora, por algo tiene ese nombre, piensa Aurelia, o la nube que se abrió en una llovizna fugaz … ¿Qué más podría ser?









Mecha Novillo. Enero de 2010.

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