Siglo XVIII . El Virreinato.
Entre los 70 y los 80, más exactamente en 1776, nace el Virreinato de Río de la Plata, separándose del Virreinato del Perú y adquiriendo con ello importancia, riqueza, prestigio. El comercio se incrementa y favorece las relaciones entre el puerto de Buenos Aires y otros puertos permitiendo la entrada de los “ultramarinos” tan codiciados por la gente que podía concederse esos lujos.
Siglo XIX . Argentina.
Entre los 70 y los 80, con las presidencias de Sarmiento y Avellaneda, la Ley de Capitalización y el comienzo del gobierno de Roca, Argentina se convierte en un país pujante que abre sus puertas “para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. Y se promueve la gran inmigración que logra fusionar distintas corrientes poblacionales y trae aparejada profundas transformaciones culturales relacionadas, fundamentalmente, con la arquitectura, el arte, el idioma y las costumbres sociales en general. En síntesis: trabajo, progreso, riqueza, apertura, asimilación.
Siglo XX . Argentina.
Entre los 70 y los 80, Argentina sufre sistemáticas violaciones a los Derechos Humanos, y la dictadura militar más feroz del continente se encarniza con el pueblo, inerme ante esa actuación. Se suspende la actividad política, los derechos de los trabajadores, se interviene los sindicatos, se prohíbe las huelgas, se disuelve el Congreso y los partidos políticos, se destituye la Corte Suprema de Justicia y se censura los medios de comunicación. Es una época nefasta, de triste memoria.
Entre los 70 y los 80, nuestros hijos se hacen adultos antes de tiempo, apremiados por las circunstancias que el país atraviesa. Sergio, con sólo 16 años, obtiene una beca y durante un año permanece en USA. Silvia , con 20 años recién cumplidos, se casa y se va a vivir a San Juan. Alejandro prueba varias carreras universitarias para decidirse finalmente por una nueva e interesante especialidad que recién comienza a conocerse: la Informática.
Entre los 70 años y los 80, Quiqui y yo hemos dejado de ser jóvenes. La vejez se nos presenta como un ineludible camino a recorrer, un duro camino, lo sabríamos después, pleno de los sinsabores derivados de la salud perdida, del organismo deteriorado, de la vida retaceada, por parte de Quiqui. A mí me toca ser la observadora, la cronista de este despeñarse, este resbalar hacia abajo, hacia el abismo, hacia la nada. El fin está próximo, se lo intuye.
Entre los 70 años y los 80, nuestras vidas podrían haber sido más placenteras, más justas, pero no se dio así. La suerte está echada.
domingo, 24 de enero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario