domingo, 24 de enero de 2010

DE ROPEROS Y OTROS MUEBLES MISTERIOSOS

Hablar de roperos en estos tiempos de placares funcionales y muebles que se ocultan dentro de paredes corredizas según necesidad, por falta de espacio, parece anacrónico.
Y sin embargo… roperos y otros muebles misteriosos, los había, tanto en la propia casa como en la de los abuelos y los tíos. Y vaya si ejercían un poder especial sobre nuestras mentes infantiles, sobre nuestra imaginación exaltada.
El ropero de mamá! Era de papá y mamá, pero siempre se dijo “el ropero de mamá”, quizás porque mi padre jamás lo abrió, ni mucho menos nosotros, los hijos. Si papá precisaba algo, una camisa, un pantalón, su sobretodo, se lo pedía a mamá y ella se lo alcanzaba. Para sus papeles privados, documentos, el dinero y las golosinas, él tenía otro mueble, un escritorio con secretaire, más inaccesible aún que el ropero. Pero no despertaba nuestra curiosidad.
Mientras que el ropero de tres cuerpos con un maravilloso y enorme espejo en la parte del medio …siempre cerrado con llave, llave cuidadosamente guardada en el bolsillo o la cartera de mamá ¿qué misterios ocultaría?.
Pero aun en lo prohibido había un territorio que quedaba expuesto a la vista aunque no a las manos : el techo del ropero. Y allí sí que podíamos intervenir con pedidos, súplicas o protestas, porque era el lugar en donde se guardaban en frascos de fino cristal los licores hechos por mamá – licor de leche, de menta, de huevo – , donde se enfriaban los dulces y confituras para ponerlos a salvo del antojo de los más pequeños, y allí dormía, por poco tiempo, alguna bandeja con restos de masitas o sándwichs, o las delicias que vendían, casa por casa, las monjas de la Santa Cruz, a la espera de ser comidas. También había remedios. ¿Sobre el techo del ropero? Sí, era el lugar más seguro porque ni subiendo a una silla podíamos alcanzarlo.
Adentro, lo misterioso; afuera, lo deseado, pero sin posibilidad de acceso lo uno ni lo otro.

Descubrí tesoros inesperados en una vieja biblioteca del garage : libros que habían pertenecido a papá , a mamá , a diversos amigos, y que por causas desconocidas habían ido a parar a ese mueble, de bella factura pero arruinado por el descuido y el abandono, con puertas de vidrio que permitían ver, en el desorden más absoluto, libros de lectura inconveniente para mí – no por lo inmoral sino por lo frívolo y pasatista, que en la opinión de papá era pecado mortal – y por lo tanto objeto de mis deseos. Como nadie entraba al garaje, yo lo visitaba en las siestas de verano, sacaba a escondidas un libro y me refugiaba en el fondo a leer.
Libros olvidados y cubiertos de polvo. Hasta que yo los saqué a la luz. Fue emprender una aventura fantástica, un viaje sin retorno, en compañía de Sandokán y el Portugués, haciendo frente a los piratas de la Malasia, subsistiendo penosamente en islas desiertas, alimentándonos sólo con los pródigos frutos del árbol del pan y defendiéndonos de los animales salvajes sin contar más que con nuestra astucia y nuestra temeridad. Fue, también, conocer a Tarzán y sus amigos de la selva, saltar con él de liana en liana, esquivar las serpientes venenosas, beber el agua pura de las vertientes, alimentarme de raíces…

En la casa de mis abuelos, en su dormitorio, había dos grandes roperos muy altos y de un solo cuerpo con grandes espejos biselados : uno para él, otro para ella. Jamás supe lo que había en el ropero de mi abuelo, ni tuve la menor curiosidad al respecto. Porque había otros lugares que le pertenecían en exclusividad, en donde se acumulaban las revistas, los diarios y los libros. Allí, en su escritorio, ubicado en medio del hall con gran ventanal de vidrios coloreados, todo estaba a la vista, todo se podía tocar, siempre que después quedara todo tal como estaba, sin alterar en lo más mínimo el orden anterior.
Pero el ropero de mi abuela era algo así como la cueva del tesoro, la del pirata Morgan, y la de Alibabá, todo junto. Y sí ; se podía imaginar que el genio de la lámpara estaba al acecho, pues al entreabrirse la puerta una persistente fragancia a lilas se expandía por la pieza, y adentro, en la tibia oscuridad, una mirada curiosa podía registrar cajas con sombreros y zapatos ordenados en altas hileras, y en las perchas la ropa de mi abuela, los kimonos que usaba de diario y los vestidos para salir, placer para el tacto y la vista: seda y terciopelo en colores suaves, leves y delicados. Flores y plumas. Y sus joyas. Ese ropero también estaba cerrado con llave, pero la llave quedaba en la cerradura. A nadie se le hubiera ocurrido abrirlo sin permiso.
La ropa blanca se guardaba en otra habitación en un armario de madera negra, muy alto, que se abría con la frecuencia necesaria para sacar los manteles y las sábanas, todo envuelto en papel azul, todo almidonado y perfumado con ramitos de lavanda distribuidos en los estantes. El armario no tenía llave ya que por su contenido no podía ser objeto de curiosidad.

En la casa de mi tía Sara otro era el cantar. Su ropero era como todos, grande, imponente, sin llave, el interior con ropa y objetos prolijamente ordenados . Pero el techo era un vivo desorden y al mismo tiempo un paraíso de cosas deseables, tales como cajas con juegos de mesa, libros, revistas …
Allí, en el techo del ropero, en una de las esquinas, estirando mi brazo tanto como podía, y al tacto, encontraba “El Libro de la Selva” y “El Árabe”; en otro rincón había ejemplares de las Selecciones del Reader's Digest, Intervalo, y gran cantidad de revistas de historietas.
Entonces el tiempo se hacía largo y ancho, las personas y las cosas desaparecían, sólo quedábamos la lectura, placer supremo, y yo.

Los roperos de esos tiempos eran mucho más que muebles, sugerían secretos y misterios, y la maravilla de lo cotidiano, embellecido por el torrente de mi imaginación, los convertían en verdaderos cofres de tesoros….

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