domingo, 24 de enero de 2010

PATIOS DE MI VIDA

Muchos fueron los patios de mi vida.
Antes, cuando niña, eran siempre los grandes patios en las distintas casas en donde vivían mis abuelos. Esos patios eran cofres de tesoros ignorados y secretos: la palmera que crecía en la esquina, con sus frutos de nombre exótico: dátiles, y mi empeño en probarlos, empeño siempre frustrado por el grito de mi abuela advirtiéndome del peligro de comerlos. Eran patios de baldosas en damero, flanqueados por las habitaciones, cada una con sus secretos, cada una con su encanto. Allí jugaba, corría, o simplemente estaba. Era feliz.
En nuestra primera casa propia, la que compró mi padre, junto a la casa había un largo corredor con jardín y hamacas que se ensanchaba al fondo convirtiéndose en patio con árboles frutales, espacio propicio para la alegría, en donde mi hermanita y yo jugábamos y reíamos.
En otras casas en donde vivimos después, en la larga recorrida de mi madre en busca del olvido después de la muerte de Angélica, también hubo grandes patios, ajenos, extraños, fríos, silenciosos, sin juegos ni risas.
En la casa que nos regaló mi abuela y donde anclaríamos definitivamente, había un gran patio de tierra, era “el fondo”; las higueras y su frondoso ramaje me permitían un refugio seguro para soñar, para leer, para jugar a ser otra, para intentar lo que la vida real me negaba, en siestas de fuego y delirios de grandeza.
Este patio que ahora habito, el del resto de mi vida, es pequeño, un rectángulo de grandes baldosas rojas, rodeado de verde y techado de verde por la generosidad de bellas plantas de nombre desconocido y una parra de hojas que se abren como gigantescos abanicos. Aquí jugaron mis hijos ensayando sus travesuras, y mis nietos probando sus fuerzas y sus caprichos. Y aquí he descansado yo en tardes propicias a la lectura, en crepúsculos de vibrantes colores, en noches de claro fulgor, en días de felicidad, en momentos de angustia, buscando el cielo como alivio y sanación. Este patio es mi lugar de escape cuando las garras del dolor me aprietan la garganta, aquí puedo llorar, aquí puedo mostrarme, a solas, tan débil como soy, dejo a un lado la armadura y el yelmo con que me defiendo de la mirada de los otros.
Un patio es poca cosa, y sin embargo es tanto como lo dijo Borges cuando, en pocos versos, le cantó a un patio guardado en su memoria, diciendo: “Grato es vivir en la amistad oscura de un zaguán, de una parra y de un aljibe”.

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