PAÑUELITOS
Siempre fueron importantes los pañuelos en mi vida, los pañuelitos, les llamo yo. Claro, antes de la aparición de los pañuelos descartables, prácticos, higiénicos, fríos, insípidos, impersonales.
Uno de mis recuerdos más lejanos es el de unos pañuelitos de tela, pequeños cuadraditos con el dobladillo cosido a máquina en retazos de tela floreada. Fue el regalo de la esposa de Carlos Muller, gran amigo de papá, para una Navidad. Estábamos invitados a su casa y de acuerdo al uso de la familia alemana y anglo francesa a la cual se había sumado, todos debían tener un pequeño regalo. Para nosotros era algo nuevo, los regalos se reservaban para Reyes y sólo para los niños. Era una insignificancia, pero me hizo sentir muy rica y muy importante el tener tres pañuelitos sólo para mí. En mi familia, todo era de todos.
Indudablemente debe haber habido muchos otros pañuelitos a lo largo de mi niñez y mi adolescencia, pero sólo recuerdo especialmente uno que me regaló mamá cuando cumplí los 15 años. Mamá no era hábil para las labores; no obstante, con un trozo de seda hizo un pañuelito con un borde trabajosamente cosido a mano y me lo entregó doblado en cuatro. En su interior albergaba un anillo con un brillante, una de las tantas joyas que tenía y que entonces, a mis 15 años, consideraba que estaba en condiciones de usar. El anillo era hermoso, pero el pañuelito significó mucho más para mí.
Cuando me casé una tía de Quiqui me regaló dinero “para que me comprara un pañuelito” , de los que las novias llevaban en una mano mientras en la otra sostenían el ramo de flores o, en mi caso, el rosario de nácar. Lo compré y lo llevé en ese momento tan importante y tan feliz de mi vida.
Luego, enamorada de los pañuelitos, compré muchos, a cual más bello, con encajes, valencianas, para llevar en la cartera; había una casa en el centro que se especializaba en ese tipo de mercadería.
Y también regalé y me regalaron muchos, primores para mirar, que dormían en los cajones, los bolsillos y las carteras. Hubo uno, finamente bordado, que aún conservo, regalo de Jorge, mi cuñado, como recuerdo de su viaje de estudios a Europa.
Hubo algunos, hechos por manos laboriosas de personas amables que así agradecían un favor o simplemente querían “quedar bien”.
Y guardo celosamente uno que perteneció a mi padre, regalado por una prima que no se explica cómo llegó a su poder.
Siempre regalar o que me regalaran pañuelitos era motivo de alegría.
Hasta que … Un día, en lo que iba a ser su lecho de muerte, mi hermana Deli me pidió que le alcanzara un pañuelo. Busqué entre sus cosas y no encontré ninguno, en mi cartera sólo tenía uno de papel. Le pregunté si estaba resfriada y se lo ofrecí. Lo rechazó. Dijo que no necesitaba cualquier pañuelo sino un “pañuelito”, lindo, bordado, de ésos que se tienen en la mano porque sí. ¡Y yo no tenía ninguno a mano! Pensé en llevarle uno de los míos la próxima vez que la visitara. No hubo próxima vez. No pudo ser. Murió sin que ese simple deseo se cumpliera.
Cuando abro mi cajón y veo un pañuelito oigo la voz de mi hermana pidiéndome algo que no pude darle y que la hubiera hecho sentir feliz.
Desde entonces no uso más pañuelitos bordados.

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