sábado, 29 de septiembre de 2007

INSTANTÁNEAS 2

Espacio privado.

La puerta cerrada ostenta un cartel “Llame antes de entrar”. ¿Oficina pública? No. Es el dormitorio de Luisa. 16 años. Golpeo. Desde adentro, un “¡Pasá!”, me invita a invadir su reino. Entro y quedo tan maravillada como debió quedar Alí Babá al entrar a la cueva de los cuarenta ladrones. Hay ropa y libros tirados por todas partes, Luisa lee recostada en la cama, pero no está sola; la acompaña una multitud de personajes que viven en las paredes: una mujer misteriosa, cubierta de velos, de cuyos ojos caen lágrimas que luego se transforman en flores, líneas que dibujan siluetas de ciudades fabulosas y se entrecruzan con seres extraños e indefinibles, planetas desconocidos giran en el espacio, y sobre el tablero, en los estantes y en todos los rincones duermen botellas esbeltas, coloridas como vitrales. Ella lo hizo, con pinceladas suaves, con pinceladas furiosas, con toques inspirados. No me atrevo a profanar su mundo. Salgo, silenciosamente, y cierro la puerta que separa dos dimensiones.

Mecha Novillo

INSTANTÁNEAS 1

Una rosa al despertar.

Una escena mil veces repetida: 7 de la mañana, en verano. Me levanto y al ir hacia la cocina veo en la mesa del comedor, cruzada en diagonal, una rosa roja, de largo tallo, a medio abrir, sobre una hoja de cuaderno arrancada a los tirones. Me acerco, alzo la rosa perfumada –robada de algún jardín vecino – la huelo de cerca y me inclino para leer el mensaje escrito con la letra despareja y la mala ortografía de Alejandro:

“Mami: por fabor despertame a las 9. Tengo que hir a la Facultad. Te quiero. Un veso. ALE.”

Mi hermoso muchacho, el que todos los días me preocupa porque no tiene en claro qué va a hacer de su vida, el que todas las noches regresa tarde, muy tarde (¿de dónde?) duerme sumido en profundo sueño, y confía en mi llamado, en mi sacudón, en mi insistencia, y en el desayuno servido en la cama cuando ya he agotado todos los otros recursos para que se levante. Apoyo los dos platitos: el del café con leche humeante y el de las tostadas con manteca sobre la mesa de luz. “¡Ale, se enfría el café!”. Y él despereza lentamente su largo cuerpo de adolescente mientras con los ojos aún cerrados estira un brazo para alcanzar la taza de café y me sonríe, con la sonrisa más tierna, más amante, que se pueda imaginar. Esa sonrisa, junto con la rosa que se yergue en una copa y que se irá abriendo hora a hora, iluminará cada momento de ese día, un día como tantos.

Mecha Novillo

ADICCIÓN A LAS ENDORFINAS

(No apto para ser leído por quienes entienden verdaderamente del tema)


Lo escuché en uno de tantos programas televisivos de seudo divulgación científica. Obviamente, se trataba de las adicciones. Entre una larga enumeración de adicciones peligrosas y francamente censuradas por la moral convencional, tales como la adicción a las drogas, al tabaco, al alcohol, figuraban otras que me sorprendieron: adicción al trabajo, a la gimnasia, al chat, a las cirugías plásticas, y ésta, en la cual voy a detenerme: adicción a las endorfinas.

Endorfinas. No era la primera vez que escuchaba la palabrita de marras, y creía saber algo, lo que sabe todo el mundo, al respecto. Las endorfinas son las hormonas del placer, del bienestar, de la felicidad, si vamos más lejos. Las segrega nuestro organismo sin que medie nuestra voluntad, es algo natural, son beneficiosas para la salud, para el pelo, para la piel, para el ánimo, ¿por qué, entonces, ese tufillo a cosa pecaminosa que se desprendía del comentario?.

Quién no recuerda los relatos de los que sufrieron muerte cerebral y al regresar a la vida cuentan la misma historia con ligeras variantes: el túnel, la luz, la sensación de plenitud y amor, de felicidad total. Los creyentes dicen que la luz es Dios, o el amor de Dios. Los científicos dicen que todas esas visiones, alucinaciones y sensaciones son producidas por las endorfinas, ya que el cerebro, ante la inminencia de la muerte y del sufrimiento que conlleva segrega endorfinas para facilitar esa situación, la más temida por el hombre en todos los lugares y en todos los tiempos, tal como ante el peligro segrega adrenalina para posibilitarle fuerzas a fin de enfrentarlo.

Ahora bien, ni la adrenalina ni las endorfinas son segregadas “a pedido”. Nadie cometería la locura – al menos es lo que yo creo – de ponerse en una situación extremada de riesgo para contar con una buena cantidad de adrenalina corriendo por sus venas – o por donde quiera que corran – , pero con las endorfinas, al parecer, la historia es distinta.

Si haces el amor, dicen los que saben, las endorfinas se derraman en todo tu organismo y te llenan de placer. Seamos más espirituales: si te enamoras, son las endorfinas las que te hacen sentir feliz. Démosle su espacio al intelecto: si solucionas un intrincado problema matemático y te sientes superior al resto de los mortales, las responsables de esa increíble sensación de bienestar son las endorfinas que generó tu organismo. Y a las manualidades: si realizas un trabajo de bricolage y te sale bien, es seguro que te invade tal orgullo que te sientes un émulo de Leonardo, pero no te preocupes, amigo, amiga, eso no es vanidad, simplemente… tus endorfinas han actuado. Y cuando en la sesión de yoga logras finalmente la posición del loto….¡qué maravilla, qué derroche de endorfinas!. Y ¿cómo crees que se habrá sentido Edipo al resolver el enigma propuesto por la Esfinge? Como un dios, seguramente, y aunque después todo terminó mal, en ese momento sublime, el de constituirse en salvador de Tebas, ¡cómo habrá sido su producción de endorfinas!.

Pero a nosotros, gente común, que no nos enamoramos porque ya estamos enamorados o porque la razón o la edad nos pone trabas para ello , que no hacemos el amor por… motivos que a cada uno atañen, que no resolvemos ecuaciones ni enigmas, ¿qué nos queda? ¿No podremos gozar del beneficio de las endorfinas? Claro que sí. Podemos provocar su aparición…¡Comiendo chocolate!.

¿Qué el hígado, que los kilos, etc., etc.? Bueno, en la vida no se puede tener todo.

Comamos chocolate y nos sentiremos gratificados, plenos, en armonía con el universo. Eso sí, que no se convierta en una adicción, pues nos llevaría derechito a una cirrosis y entonces las endorfinas tendrían que actuar por su cuenta para conducirnos placenteramente a través del oscuro túnel, hacia la Luz.

Mecha Novillo

FUGACIDAD

Desde que me levanto me apresuro y corro, sin cesar, detrás de la mañana; ella delante y yo detrás, jadeante, sin lograr alcanzarla. Cuando estiro mi brazo, a punto casi de tocarla, se me adelanta el sol y la ejecuta. Su sangre me salpica y se derrama detrás de la montaña.

Mecha Novillo

DIFICULTAD DE ADAPTACIÓN

Ya estaba acostumbrada. Como en todos sus sueños, al caer de golpe, el ascensor chocó bruscamente contra el piso. Pero esta vez no pasó nada, continuó carreteando hasta detenerse. Por la mañana se comprobó que la mueca congelada en su rostro no se debía al rigor mortis, era sólo una expresión de desconcierto.

Mecha Novillo

martes, 18 de septiembre de 2007

HORMIGAS ERAN LAS DE ANTES

Hace una semana mi barrio se vio invadido por hormigas voladoras; en realidad toda la ciudad sufrió el ataque – inofensivo, pensábamos – de estas minúsculas, trabajadoras y simpáticas hormiguitas, según lo que la escuela primaria se empeñó en que creyéramos. Claro que éstas no caminaban despaciosamente con la carga de hojitas tiernas sobre la espalda, éstas ¡volaban! Eso las convertía en una curiosidad digna de los comentarios que los conductores de programas radiales hacen con el material suministrado por la intervención de los oyentes, que con un mensaje de texto o un llamado telefónico ven satisfecha su pequeña vanidad al ser nombrados: “Porota del Centro ha llamado para decir que una multitud de hormigas voladoras atraviesan el espacio y ella está contemplando este extraño espectáculo en este momento, desde su balcón, en el 10º piso. Gracias, Porota, por su aporte”. Porota – cuya edad podemos deducir de su sobrenombre – sonríe con beatífica sonrisa, ruborizada, emocionada, mientras el teléfono empieza a sonar y así continuará por un buen rato, hasta que todas las amigas, los hijos, los nietos, le hayan expresado su sorpresa (Imaginé que eras vos, abuela ¿quién si no iba a tomarse la molestia de hablar a la radio para decir que vio hormigas voladoras?) y su felicitación por la efímera popularidad.

Sigamos con lo nuestro: cuando el vuelo de las hormigas dejó de ser noticia porque otra, más importante, la reemplazó, nos olvidamos del tema. En efecto, yo lo olvidé, hasta que ayer la mesa blanca del patio apareció llena de minúsculos puntitos negros. Corrí, el trapo en una mano, el limpiador adecuado en la otra – no cualquiera, el adecuado – dispuesta a fregar lo que fuera necesario hasta dejarla como nueva. Me puse los anteojos para trabajar con prolijidad y me dispuse a comenzar. Me incliné sobre la superficie otrora pulida y blanca y … ¡Horror! Los puntitos se movían en una especie de loca danza, trazando círculos en espiral, concéntricos, tangentes y secantes, ¡se movían! ¡Eran hormigas!!!!! Cambié el limpiador por el insecticida y acabé con ellas. Supuse – inocente de mí – que el problema estaba resuelto. Ya no pensaba en las hormigas como en los ahorrativos y laboriosos bichitos que Esopo presentaba como ejemplo a los niños perezosos y a los adultos pródigos. Ahora las detestaba.

Al día siguiente la mesa seguía limpia, pero todo el patio estaba ocupado por hormigas, hormiguitas, hormiguititas guerreras, guerrilleras, combativas, invasoras, vengadoras, sitiadoras. Si antes las detestaba, ahora, en este nuevo ahora, les temía.

Tenía que defenderme y defender mi casa. Lo primero: hice inteligencia. Salí a ver qué pasaba en las veredas, la mía y las vecinas. En todas partes era lo mismo. Una tranquilidad: el ataque no era personal, era una invasión a gran escala, una escalada de terror golpeando sin piedad sobre mi casa, las otras casas (a nadie parecía importarle), el barrio, la ciudad, ¿el país? ¿el continente? ¿el planeta?

Insecticida y muerte (no sin inquietud por un vago sentimiento de responsabilidad ecológica). Pero siempre aparecían más. Por cada baja, nuevas guerreras se incorporaban. Más insecticida, más muerte (y más remordimiento). Tracé barreras de insecticida en puertas y ventanas para impedirles el acceso a la casa – tenía que defender el castillo sitiado, como fuera. Aún así, por la noche no pude descansar temiendo el avance incontenible, el ataque artero. Finalmente me dormí con un sueño liviano, agitado, nervioso.

Hoy me desperté agotada. Y con mis esquemas… rotos, destrozado el recuerdo que yo guardaba y que guarda el imaginario colectivo acerca de la fila ordenada de hormiguitas, de la sociedad perfecta de las abejas y las hormigas, ensalzada por Maeterlink, presentada como ejemplo para los humanos díscolos, desordenados y poco previsores.

Esta madrugada los cadáveres cubrían el patio.

Luego la lluvia y el viento los dispersaron.

Estoy tranquila pero alerta. Hormigas eran las de antes. Con esta nueva generación de hormigas piqueteras nunca se sabe….

María Mercedes Novillo de Mabres

domingo, 16 de septiembre de 2007

BARRANCA YACO

BARRANCA YACO

( Miradas)

El auto se inclinaba hacia un lado u otro según se hundiera o no en la profunda huella de la ruta polvorienta. Finalmente llegaron a destino. Bajaron, tambaleándose y sosteniéndose entre sí al pisar los surcos endurecidos. César no se preocupó en cerrar el coche. Estaban en el monte, desierto de presencia humana, solos.
La falda de María se arremolinaba contra sus piernas; pequeñita como era, casi desaparecía su figura en el fogonazo del sol destemplado, toda brazos y manos atentos a sujetar ropas sueltas y cabellos enloquecidos. No pudo evitar un comentario que le salió del alma: “¡Estos lugares salvajes!” , arreglado luego con diplomacia: “Increíble, ver esto…Claro, allá, en Suiza…”.
Jorge la acalló con un gesto, sin abandonar la sonrisa bondadosa que le iluminaba el rostro desde que llegó, y que mantendría sin variación alguna a través del largo periplo a desarrollar en esos diez días de presentación a familiares desconocidos, poco convencionales y aun exóticos, para su mentalidad europea.
César y Mercedes se miraron de soslayo y el mensaje llegó de uno a otro, tan nítido como si hubiese sido gritado: “Te lo dije, a tus parientes suizos qué les va a interesar estas cosas del pasado, de nuestro pasado” , “Sí, fue un error, pero ya que estamos…”

Era un mediodía de mayo. Terroso el paisaje desolado: árboles desnudos, pajonales secos, achaparrado monte de espinillos. En un recodo, a la vera del antiguo Camino Real, un murallón de piedra, bajo, en hemiciclo, custodiaba siete altas cruces de palo, idénticas en su aspecto miserable. Al medio y adelante se alzaba un pequeño monolito con los restos de una placa arrancada que debió explicar el porqué de ese Monumento Histórico. El viento azotaba el rostro de los cuatro viajeros, levantaba nubes de polvo y castigaba las cruces, firmes a pesar de la naturaleza adversa.

Se sentaron en la pirca. César, ansioso por no haber podido fumar durante el trayecto, encendió un cigarrillo; se miraron los cuatro, alguno se aclaró la garganta con un carraspeo que sonaba a mudo reproche. Seguramente los visitantes pensaban: “Hemos venido de tan lejos, tenemos sólo diez días y nos traen a este lugar inhóspito…qué se puede ver aquí… si no hay nada…” y girando las cabezas apreciaron el monte, el cielo, las cruces. La incomodidad flotaba en el ambiente.
Jorge, conciliador, quiso romper el hielo y se dispuso a tomar una foto “Para recuerdo – dijo – que salgamos los cuatro”. María agregó, son suave ironía: “Y que salgan las cruces” . “¡Claro!”, fue la respuesta de los otros, en risueño coro. Jorge ubicó la máquina fotográfica sobre el monolito y corrió a sentarse, abrazó a María mientras César hacía lo propio con Mercedes. ¿Para qué, salvo por cortesía hacia sus anfitriones, querría fijar ese momento, ese lugar? . Uno, dos, tres… diez segundos. Sonrieron mirando a la cámara, y cuando el flash se accionó automáticamente, se pusieron de pie, aliviados, y volvieron a sonreír forzadamente, emprendiendo la marcha hacia el automóvil. Al retirarse, María dijo: “¡Qué soledad, qué silencio!”, y recordando la conversación previa preguntó: “Pero ¿dónde está la barranca?”.

* * *

Ya es mediodía. Hace unas dos horas que salimos de la ciudad rumbo al antiguo Camino Real. El interior del auto es un pequeño mundo cálido. Fuera, el ramaje de los árboles desnudos se mece en frenética danza. Espesos nubarrones cubren por momentos el cielo de mayo, lavado de sol, despojado de pájaros. Creo que no fue una buena idea traer a los viajeros hasta aquí. Ellos, catalanes de nacimiento pero residentes de toda una vida en Suiza, no entienden ( no tienen por qué hacerlo) estas cosas que a nosotros aún nos conmueven .

Finalmente hemos llegado. En el trayecto les expliqué la historia pero por la expresión de sus rostros adivino que no comprendieron demasiado o que no les interesó, lo cual es muy lógico. Si en Suiza sólo tienen un héroe nacional, el Guillermo Tell de la famosa manzana y aun él habita ese vago territorio que fluctúa entre la Historia y la Leyenda …¡Es tan ajeno a ellos este furioso pasado de caudillos, estas luchas fratricidas en las que nos venimos desangrando desde hace casi dos siglos!

Bajamos. Terroso el paisaje desolado de pajonales secos y achaparrado monte de espinillos. En un recodo, a la vera del camino, un murallón de piedra, bajo, en hemiciclo, custodia siete altas cruces de palo, idénticas en su aspecto miserable. El viento levanta nubes de polvo que sin querer respiramos y nos araña por dentro al colarse en la garganta; la tierra que flota en el aire huele a vieja traición y sabe a muerte; su color rojizo evoca la sangre derramada aquí y allá, entonces y ahora, una y mil veces en los caminos de la patria. Las siete cruces de palo muestran su atroz evidencia, tan pobres, tan solas… Son siete puñales clavados en el corazón del pasado.

Ellos miran, sonríen, quieren sacar una fotografía; luego, en Suiza, la mostrarán a sus hijas y quizás les expliquen en dónde fue tomada. Antes de subir al auto María se vuelve, mira una vez más, con el empecinamiento de quien quiere comprender y no puede, mientras dice: “¡Qué soledad, qué silencio!”. Ella no ve nada más que el monte seco, pajonales y espinos.

Ella no logra ver el tumulto y el asalto, el piafar desesperado de los caballos que pugnan por huir en espantada. Ella no oye los relinchos, los disparos, los gritos de furia y agonía, el alarido ronco de Facundo cuando la bala penetra en su ojo y escapa robándose su vida…aquí mismo, en Barranca Yaco, aunque la barranca de greda ya no exista, aunque las huellas del camino polvoriento sean sólo las de los automóviles, borradas por el tiempo y el olvido aquellas otras que marcaron el regreso precipitado de la partida de Santos Pérez, al cabo de cumplir su trágica misión.

* * *

María Mercedes Novillo de Mabres.

LA MIRADA

LA MIRADA

Moira iba caminando con paso ágil. Desde mi sillón, a través de la cortina, yo la miraba por la ventana. La vi detenerse y retroceder, repentinamente, como si un brazo invisible y poderoso la empujara hacia atrás. Y allí se quedó, contemplando, a través de las rejas, el jardín de mi vecina durante un tiempo que me pareció excesivo, aún para una persona como ella, que amaba la belleza en cualquiera de sus manifestaciones. No hacía falta mucha imaginación para suponer que estaba admirando el gran cántaro rojo en maravillosa exhibición de azaleas de todos los colores. Daba unos pasos como para seguir su camino, pero regresaba. Lo repitió varias veces. Diríase que, arrobada, no podía apartarse de ese lugar.

Finalmente continuó su marcha. Y yo dejé mi puesto de observación. Hubiera olvidado esa imagen estática, poco habitual, si no fuera por el llamado telefónico de mi vecina, por la tarde. Estaba desesperada y desconcertada; su planta, en unas horas, había perdido todos los pétalos, me invitaba a mirar el desastre incomprensible. Me asomé y, en efecto, pude ver los restos de una lluvia multicolor de blancos, rosados y rojos en delicada armonía, esparcidos sobre el césped, mientras los tallos desnudos se erguían, como muñones clamando al cielo.

No relacioné un hecho con el otro. Cuando Moira vino a casa, al día siguiente, conversamos de todo un poco, y le comenté la increíble ruina de las azaleas. Se sorprendió y se apenó – me consta que es una persona de buenos sentimientos– recordando el deslumbramiento que había experimentado ante el jardín . Mientras hablábamos escuchábamos música, era un disco con una exquisita selección de melodías clásicas, mis favoritas. Le gustó tanto que tomó nota del tema y del intérprete para comprarlo.

Cuando al día siguiente volví a poner el disco, inexplicablemente, estaba dañado, la melodía distorsionada, ya no servía. Empecé a atar cabos. Recordé la mirada de los ojos celestes de mi amiga fijos en el equipo mientras escuchábamos la música, y una sucesión de imágenes y recuerdos se precipitó como un torrente, en inequívoco “ efecto dominó”.

¿Acaso no me había contado cómo, en diversas ocasiones, la vida parecía complacerse en quitarle todo lo que apreciaba, todo aquello que le proporcionaba alegría, bienestar, felicidad? ¿Y no había llegado incluso a decir, con amargura: “Todo lo que amo desaparece”? Y luego, su tristeza permanente, su soledad, la pérdida prematura de padres y hermanos en terribles accidentes, su imposibilidad de encontrar al amor, mejor dicho, de conservarlo, porque era una mujer bella, inteligente, aún joven, que había conocido a muchos hombres interesados en ella, pero por oscuros designios del destino nunca había logrado establecer una relación permanente.

Moira, mi querida amiga, signada con un nombre que la predestinaba a la tragedia, Moira, tierna, bondadosa, huérfana de afectos, Moira, la de mirada magnética, Moira…que ahora toca el timbre – la veo por la ventana tras las cortinas espesas – y a quien hoy no voy a abrir la puerta, porque en casa está mi nieto, el más pequeño – me lo dejaron para cuidarlo mientras sus padres iban de compras – y, aunque racionalmente no pueda dar fe a esa burda superstición que habla del mal de ojo, tengo miedo, tengo mucho miedo…

* * *

María Mercedes Novillo de Mabres.

EL PERRO

EL PERRO

MARÍA.

Es como si el maldito perro adivinara el momento exacto en que ella abre la cama y se dispone a acostarse, para empezar a ladrar.

La culpa es suya, se reprocha., por haberse mudado a Villa Cabrera. El barrio es lindo, pero por su calle pasa el ómnibus y hace un ruido infernal. Y las casas pegadas, y la cercanía con los vecinos a los que apenas conoce….

Después de un día de trabajo y sinsabores, pegada a los auriculares y atenta a la computadora, escuchando los reclamos de los usuarios que están convencidos de no haber gastado lo que figura en su factura telefónica, lo menos que puede pretender es un poco de silencio para poder conciliar el sueño.

Pero sabe, por anticipado, que el perro del vecino ladrará horas y horas – y los otros, los de las casas cercanas, le harán un coro infernal – mientras ella dará mil vueltas hasta enredarse con las sábanas, mirará las estrellas por la ventana, la sangre retumbando en los oídos, amargada y rabiosa por la imposibilidad de dormir. Cada tanto encenderá la lámpara de la mesa de luz, mirará la hora e irá calculando, casi con desesperación, el poco tiempo que le queda antes de que suene el despertador y tenga que levantarse, ojerosa y demacrada, con los nervios a flor de piel, para iniciar otro día.

Justo en ese momento el perro del vecino entrará en la casa y se hará el silencio.


TERESA

Desde que se casó la Luci le cuesta dormir. Lo consultó con el médico y le dio unas pastillitas. Pero es igual, no duerme.

El día se le pasa de un modo u otro, limpiando la casa, arreglando el jardín, haciendo algún mandado. Pero a eso de las 12 de la noche, cuando se terminaron las películas en la televisión y los programas en la radio, saca la reposera al patio y se sienta a mirar las estrellas. Las va contando, una a una, a ver si así le da sueño y puede dormir sin pensar en nada, sin extrañar a la Luci, sin llorar .

Y siempre, a esa hora, el perro del vecino empieza a ladrar. Es como si conversara con ella. Ella le contesta. Le dice en voz baja: “Pobrecito, vos también estás solo, por eso ladrás toda la noche, enojado y triste, yo te comprendo” Él no entiende nada, claro, y cuando los perros de las otras casas se ponen a ladrar, todos juntos, Teresa cree que conversan. Le gustaría saber qué dicen. Trata de adivinar, y así, de a poco le viene el sueño.

Entonces entra, se acuesta y duerme.


JOSÉ

¡Otra vez se trabó la llave! La cerradura debe estar oxidada. La Negra está arañando la puerta, si no me apuro la va a rayar toda. ¡Por fin!

¡Eh, Negra, no te me echés encima! ¡Salí, te digo, que vengo muy cansado! Voy a comer algo y al sobre, que mañana empiezo más temprano que de costumbre. Estoy haciendo dos turnos seguidos ¿sabés?, es para pagar las deudas, todos los pagarés que firmé cuando la Mirta…Pero para qué te lo digo si vos no me podés entender. Seguime a la cocina que te doy un poco de pizza. ¡La pucha! ¡Cómo está esto! Desde que se murió la Mirta esta casa es una mugre y seguirá así…no sé hasta cuando. Tomá, comé, yo ya no quiero más. ¡Dejame, Negra, estoy tan cansado que si me empujás me caigo! Dejame en paz que me voy a dormir, mañana será otro día. ¡NO, no te subás a la cama! ¡NO, en el lugar de la Mirta NO! Y no me mirés así, como acusándome. Yo hice todo lo que pude, la llevé a los mejores médicos, por eso ahora estoy fundido y tengo que trabajar como un esclavo hasta que me devuelvan los papeles que me hicieron firmar. Si vos sabés cómo la quería, cómo la cuidé, pero ella tosía y tosía…hasta que se murió. Paciencia, Negra, tené un poco de paciencia. Cuando termine de pagar todo voy a trabajar menos, voy a volver a ir a los bailes para encontrar a una mujer que me acompañe, que limpie la casa y te atienda a vos también. Pero ahora, salí. Mañana, cuando me vaya, te abro la puerta y te dejo entrar. ¡Afuera, te digo! ¡ Al patio, Negra!

* * *

María Mercedes Novillo de Mabres

AMIGAS

AMIGAS

( Sociedad de Ayuda Mutua )

Se dice que las grandes amistades, las auténticas, son las que nacen en la infancia y se prolongan a lo largo de toda la vida. Pero hay honrosas excepciones que confirman la regla y la hacen tambalear, según cómo se mire. Tal era el caso que unía, con lazos aparentemente indisolubles a Isabel y Marta.

Se conocieron en la edad madura.

Isabel había casado a sus hijas – matrimonios ventajosos, más aún, brillantes: altos funcionarios del Cuerpo Diplomático, fuertes empresarios, banqueros – y estaba libre. Libre para aburrirse en una seguidilla de cenas de compromiso, de viajes protocolares, de cócteles de beneficencia. Su marido no disponía de tiempo para ella, sus negocios lo absorbían, e Isabel no sabía qué hacer con su tiempo, con su dinero, con su existencia.

Sus orígenes de baja clase media levantaban una barrera invisible en la relación con sus hijas, yernos y nietos. Ahora era una señora distinguida, vestida a la moda y con exquisito gusto, pero en ese núcleo profundo de la personalidad en donde se nutre el verdadero ser se sentía una usurpadora, una extranjera en un medio que le era ajeno. No obstante se esforzaba – terapeuta mediante – por superar esta falla en su autoestima, palabreja esta última que había tomado alas recientemente y cuya falta constituía grave pecado en sociedad . Así es como se decidió a incursionar en un Instituto de Idiomas, el más prestigioso de la ciudad, tanto para pulir su expresión y sus modales, como para entablar relaciones con otras señoras “bien”, tan aburridas como ella.

Allí la conocí. Su aire perplejo me llamó la atención. Después me enteré que había estudiado francés en varios institutos, academias, y hasta con profesores particulares, sin éxito. Era “negada” para los idiomas, quizás porque no conocía sistemáticamente el propio. Su tesón era admirable, digno de mejor causa, pensaba yo. Pero ¿qué mejor causa podía encontrar ella?. Por lo menos así – nos explicaba – en sus viajes periódicos a Europa, acompañando a su marido o visitando a sus hijas no haría tan mal papel.

Un año y otro año se la veía llegar, elegantísima siempre, amable, cordial, resignada, a la misma aula, porque al momento del examen, por consejo de los mismos profesores, desistía, no se presentaba, limitándose a sonreír cortésmente y anunciar que repetiría el curso para afianzar sus conocimientos.

Pobre Isabel, siempre sola, porque al repetir una y otra vez los cursos cada año tenía nuevos compañeros, desconocidos que, atraídos por su imagen exterior – era una bella mujer en el otoño de la vida – la frecuentaban con agrado pero luego, al apreciar su escaso nivel intelectual la segregaban de sus charlas y sus reuniones.

Pobre Isabel, tratando infructuosamente de comunicarse en esa lengua escurridiza, de tonos nasales, de acentos guturales, de insoportables e inalcanzables matices. Su propia voz y su manera de hablar, influidas por ese ímprobo y vano esfuerzo, fueron adquiriendo una cualidad metálica , como de robot, y resultaba penoso escucharla cuando hablaba en francés.

Hasta que apareció Marta y la escuchó, la acogió y la protegió de la soledad y la indiferencia con que los otros compañeros la castigaban.

Marta era una mujer sólida, joven aún, bien plantada en su propia realidad y en la realidad del entorno del Instituto, quasi perverso en su refinamiento. Algo entrada en carnes, vestida a la buena de Dios, contaba en su haber con viejos estudios de Magisterio que nunca había ejercido, aunque el trabajar como Preceptora en un Secundario de barrio le facilitaba en cierto modo esa incursión en una civilización foránea.

Contaba con muchas cosas más en su haber: un marido mecánico, hijos jóvenes que ya no la necesitaban y un gran deseo de conocer otra gente, de asomarse a otro mundo, a otro medio distinto al de su trabajo como preceptora, al de los empleados y clientes del taller.

Así es como se dio entre las dos, casi a primera vista, tal como se da el amor, una amistad, incierta y tímida primero, poderosa y fuerte luego, un acercamiento que si bien se veía insólito ante ojos extraños, era una auténtica, genuina asociación de ayuda mutua con fines solidarios y prácticos para ambas.

Cada tarde de martes y jueves Marta pasaba a buscar a Isabel por su departamento de Avenida Irigoyen. Una vez que el portero eléctrico le franqueaba el paso subía por el ascensor – aprovechaba para mirarse en el espejo con ribetes dorados y acomodar al cuello el pañuelito o el echarpe, regalo de su amiga, que se había torcido en el fragor del viaje en ómnibus, de su barrio al centro – e irrumpía gozosamente, a grandes voces, en el lujoso departamento. Estrechaba en un abrazo poderoso a Isabel, que la esperaba inquieta – “¡Cómo has demorado, Marta!” “Y qué querés, Isabel, tuve que esperar el ómnibus más de media hora” - y haciendo caso omiso al gesto despectivo de la mucama que la recorría con la vista de arriba a abajo, antes bien, fulminándola ella con la mirada ya que le sobraba autoestima, apuraba a su amiga y salía llevándola a la rastra. Tomaban un taxi y llegaban tomadas del brazo, como hermanas.

¿Hermanas, dije? Sí. Marta era la hermana que Isabel no tuvo. Era la persona con quien podía sentirse cómoda, sentarse cómoda, hablar sin eufemismos, llamar a las cosas por su nombre, criticar, comentar, reír a carcajadas, liberarse por unas horas del peso de su imagen de “Señora bien”, que cada día le resultaba más pesada.

En clase se sentaban juntas, y Marta, no demasiado dotada pero muy despierta, le soplaba al oído las respuestas cuando algún profesor nuevo o despistado osaba preguntarle algo – era vox populi que nadie debía molestar con absurdas pretensiones de enseñanza y disparatadas esperanzas de aprendizaje a esa alumna consuetudinaria.

Luego, en la pausa entre hora y hora, nos sentábamos en una mesa de la cantina a charlar en francés o en castellano o en ambas lenguas a la vez, y a tomar un café para restaurar fuerzas a fin de enfrentar la segunda parte de la clase. Mientras Isabel tomaba un té bebido, Marta – que no había tenido tiempo de almorzar – devoraba un café con leche y dos sándwichs de jamón crudo. Isabel era la que siempre pagaba ambas consumiciones, y si la hubieran dejado habría pagado el total de lo consumido por todas, ya que de esa forma se sentiría compensada por la satisfacción de integrarse al grupo, logrado ya su objetivo de superar la discriminación intelectual.

Un día como tantos otros, Isabel llegó tarde al Instituto, sola, sin la sombra protectora de su amiga. Se la veía confusa, más que de costumbre, y afligida. Le preguntamos qué pasaba. Marta no había ido a buscarla. La había llamado a su casa, nadie le contestó; esperó en vano hasta que se dio cuenta de que algo muy serio debía haber ocurrido para que su amiga le fallara. Se tejieron conjeturas… Ya en clase la profesora anunció que un familiar había hablado para avisar que Marta había sufrido un accidente y estaba internada. Isabel, enloquecida, salió corriendo sin decir palabra, tomó un taxi y se dirigió al taller. El esposo no estaba, pero los empleados la pusieron al tanto de los detalles del accidente y de la Clínica en donde se recuperaba.

En esa semana de descanso obligatorio, Marta recibió más atención que en toda su vida anterior. Habitación VIP, flores frescas renovadas diariamente, revistas de actualidad, todo provisto por Isabel, feliz de poder agradecer, de alguna forma, la inquebrantable fidelidad de su amiga. Al volver a su casa la acompañó, y ante la invitación del marido – el pobre hombre estaba perdido sin su mujer gritona y alegre –: “¿Por qué no se queda hasta la tarde?” , no titubeó y de buenas a primeras sentó sus reales en el hogar de Marta – total, su esposo estaba, una vez más, en Europa.

“Todavía no estás bien, yo no te dejo”, fue el disparador. Y con ese buen pretexto se instaló en un cuartito de 3 por 4 , con cortinas floreadas y pósters pegados en la pared; allí se dispuso a recobrar, aun sin proponérselo, la identidad perdida, aunque no podía desprenderse del refinamiento tan duramente adquirido.

Cuántas siestas largamente conversadas entre mate y mate! – hacía una eternidad que sus labios, ahora despintados, no acariciaban una bombilla tibia, que sus manos no abrazaban el cuerpo redondo de un mate espumoso y fragante…

Cuántas tardecitas en el patio, bajo las higueras, con una Marta convaleciente, débil, mientras por primera vez desde hacía muchos años era ella la fuerte, la que sostenía, la que apoyaba, viendo caer el sol y dejándose estar, en un silencio cómodo, calmo.

Y a la noche, la irrupción alborotada de los muchachos, que desde el principio la adoptaron como tía – una tía muy suave, muy delicada, distinta a todas las amigas de su madre – y llenaban la cocina con sus chistes y sus risas.

Isabel respiraba con ansias un aire fresco, desconocido. Se sentía mejor consigo misma. Y se la veía rejuvenecida, como contagiada de la ingenua alegría que reinaba en ese hogar modesto.

Fueron pocos días, luego debió regresar a su departamento, donde todo estaba igual, como si su ausencia no se hubiera sentido, como si el estar o no allí, no tuviera importancia.

Pero la vida ya no fue la misma. De vuelta de su viaje, el empresario – muy a su pesar, al principio – se vio arrastrado por una Isabel casi desconocida, más audaz, más decidida, a hacer frecuentes salidas al campo, mateadas a orillas de cualquier arroyito serrano, con Marta y su marido mecánico “que preparaba el asado como los dioses”.

Una corriente de leve simpatía se fue insinuando, poco a poco, entre los dos hombres, forzada por la insistente amistad de las mujeres. Hablaban de autos, de motores, de carrocerías, de modelos - ¡quién se resiste a esos temas fascinantes para los intereses masculinos! – y finalmente el mecánico se atrevió y le preguntó al empresario cuál era su secreto, cómo se había hecho rico, cómo se había transformado en una persona importante. Nunca sabremos cuál fue la respuesta, si las evasivas de rigor o la estentórea carcajada con la cual se ocultan convenientemente los secretos bien guardados. El caso es que las dos parejas se siguieron frecuentando cuando las raras estadías en el país del empresario se lo permitían; durante sus viajes era Isabel sola quien se instalaba nuevamente en lo de Marta, aportando el toque de su belleza y de su refinamiento.

Pero no volvieron al Instituto de Idiomas. Ya no lo necesitaban. Allí se las extrañaba y se tejieron conjeturas sobre su desaparición . Esas amigas, tan distintas, tan unidas… Un caso curioso!

Un día, varios años después, me tropecé en la calle con Marta, en un cruce peatonal. Íbamos en distintas direcciones. Apenas un saludito – la marea humana no nos permitió detenernos para hablar – y alcancé a decirle: “¿Qué es de tu vida?”. Apretó los labios y meneó la cabeza, mensaje gestual que traduje como “Más o menos”, junto con un susurrado: “Me divorcié”. Ya en veredas opuestas, casi gritando le pregunté: “¿Sabés algo de Isabel?”. A pesar de la distancia que nos separaba advertí que su rostro enrojecía de furia. Y también a los gritos contestó: “No me la nombrés”, mientras se alejaba, agitando una mano como despedida antes de perderse entre la multitud.

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María Mercedes Novillo de Mabres.


sábado, 15 de septiembre de 2007

La Fatalidad

LA FATALIDAD

(Una historia cotidiana)

Había perdido la noción del tiempo. Encerrado en la oficina, con el acondicionador de aire zumbando en sus oídos en forma tal que ya no sabía si era un sonido externo o el de sus propios pensamientos – de urgencia, de desesperación – que se hacía audible, seguía trabajando. La Empresa exigía que el programa estuviera listo para el lunes. El nuevo cliente lo esperaba y la puntualidad en la entrega era fundamental.

“ La Empresa te explota, debes ponerles límites”, era la cantinela de siempre; su madre se lo repetía cada vez que se presentaba una situación como ésta; pero el padre meneaba la cabeza, disgustado con su mujer y trataba de hacerla razonar: “Por lo menos tiene trabajo, parece que no te dieras cuenta, vieja , estamos en la Argentina, en el 2001 y las cosas han cambiado, no es como en nuestra época”.

Cuatro días con sus noches – ¿o serían cinco? – llevaba ya, comiendo un sándwich de vez en cuando y tomando un café tras otro para mantenerse despierto. De vez en cuando alguien entraba y le hablaba, pero él sólo veía sombras vagas, escuchaba voces lejanas y no lograba decodificar el mensaje. No sabía si era de día o de noche, confundido por el brillo de la luz artificial.

Una mirada al reloj le informó sobre la fecha, la temperatura exterior, la salida y puesta del sol y de la luna, y la hora de todos los países. ( Otros países que antes respetaban a la Argentina, otrora poderosa, soberana, una tierra bendita en el mundo, en donde propios y extraños encontraban su lugar, hoy castigada por la globalización – impuesta ¿por quiénes? ¿por qué plan maquiavélico? – y de la cual sólo compartía las consecuencias negativas: inseguridad, desempleo, deshumanización, pérdida de los valores fundacionales y fundamentales ). En París eran las… en Londres… en Roma… en Nueva York… Datos inútiles para su alienada desorientación. Él sólo hubiera querido saber a ciencia cierta quién era ese hombre acosado, aislado, volcado sobre la pantalla de la computadora desde toda la eternidad. Él hubiera querido saber de dónde provenía ese cansancio profundo que se instalaba sobre sus párpados, que le golpeaba en la nuca, que latía en sus sienes, cansancio que iba mucho más allá del agotamiento producido por el trabajo, que parecía venir de una vida anterior, ¡tan fuerte era su peso!

¡Si pudiera descansar!

El vidrio esmerilado del ventanal era una barrera que le impedía conocer lo qué ocurría allí, afuera. Hubiera querido ver el sol pintando de ocres y dorados la ciudad, la gente caminando por las calles, estrenando la mañana, sentir la brisa fresca acariciando su rostro demacrado y demorándose para jugar con los ciruelos florecidos. Pero todo eso estaba muy lejos, ajeno a su alcance, ni siquiera podía imaginarlo.

Necesitaba descansar. Si no, moriría. ¡Y qué bueno sería el descanso de la muerte!.

Quizás ése era el único, el verdadero, no mezclado con la incertidumbre de cada día, con la posibilidad siempre presente de una reducción de personal, en la cual caería, irremisiblemente, por ser uno de los últimos en haber entrado a la Empresa, pese a su buen rendimiento – todos reconocían su excelencia y empeño en el trabajo, pero cuando le tocara nadie se jugaría por él, cada cual cuidaba su propio puesto, hasta los jefes… Y los gastos crecientes de la familia: la cuota alimentaria, las escuelas de las chicas, la atención médica privada, ahora que la Obra Social no respondía… Y su situación con Camila, que no podía definir por la inseguridad económica, aunque el divorcio que por mucho tiempo fuera una pesadilla ya estaba definitivamente resuelto… Camila, tan joven, tan confiada, tan soñadora, que le había devuelto la fe en la vida, que lo amaba y creía en él, que esperaba casarse, vivir juntos, ser feliz a su lado…

Se sentía atrapado, perdido en un laberinto sin salida. Era para volverse loco, era para desear la muerte. Sin embargo, el instinto de supervivencia lo sacudió. Debía recobrar la sensatez. Cuando esa idea, la del descanso final, lo rozó fugazmente, la alejó de sí, pero por un instante presintió que ya faltaba poco para el fin del tormento, para el alivio definitivo.

El sábado terminaría con el trabajo, como fuera. Había prometido a sus padres que les llevaría a Valeria a pasar un día con ellos; desde que vivían en el campo veían poco a las nietas.

Cuando acabara con el maldito programa, así nomás, sin cambiarse, buscaría a su hija – la madre, por una vez, no puso obstáculos – y en un santiamén estarían en la casa de los abuelos. Esa noche podría bañarse, comer y dormir en una cama.

* * *

Sábado. 21 horas. Al cerrar tras de sí la puerta de la oficina, vencido por el profundo agotamiento trastabilló y, como en un sueño, advirtió que sus movimientos eran bruscos, no podía coordinarlos, pero tampoco podía detenerse. Tuvo un momento de duda – ¿sería prudente conducir en ese estado? – reemplazado luego por el sentimiento de responsabilidad que no le permitía faltar a la promesa empeñada. Subió al coche y en pocos minutos estuvo frente a la casa. ( Casi nunca entraba, así era mejor, se evitaban los reproches ).

Valeria lo esperaba en la puerta, la mochila a la espalda, los ojos ansiosos, temiendo que el padre hubiera olvidado su cita. Al verlo, se iluminó su carita inocente. “¡Qué tarde llegaste, papá, ya creía que no venías!”. Sin esperar a que el coche se detuviera completamente abrió la puerta y se acomodó. Lo besó, se acurrucó contra su cuerpo y empezó a cantar bajito. Con ella a su lado, una descarga de adrenalina lo recorrió; le rodeó los hombros con el brazo derecho mientras con la mano izquierda sostenía el volante. Aceleró. Lo urgía llegar pronto. Corría en pos del descanso, de la calma. Corría al encuentro de su destino.

22 horas. Faltaba poco para llegar. Apretó el acelerador a fondo preparándose para la próxima pendiente, después de la curva.

Había empezado a llover. Un fogonazo plateado iluminó al caballo que se le atravesó en la ruta. El grito de la niña, la maniobra brusca y el enfrentarse al camión cuyo remolque venía zigzagueando, todo ocurrió al mismo tiempo, en forma instantánea. El camionero no pudo explicar la causa por la cual su remolque se desprendió.

* * *

Los taparon con una lona sostenida por piedras en los cuatro extremos. Extrañamente, la expresión de su rostro era serena, casi feliz. Abrazado a su hija, parecía tranquilo, como quien ha alcanzado finalmente la paz.

* * *

La explotación de los nuevos tiempos en un país sin rumbo, el agotamiento, la velocidad, el camión, la tormenta, el relámpago que asustó al caballo… ¿Con cuál de sus nombres, bajo cuál de sus innumerables rostros, se presentó la Fatalidad esa noche, cruel o piadosa, a concederle el descanso tan ansiado?

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María Mercedes Novillo de Mabres.


LA VISITA

LA VISITA

Jueves. Siesta. Cuatro de la tarde. Mamá nos llamó – estábamos jugando en el patio – y comenzaron los preparativos: baño, cambio de ropa, peinado, trajecito marinero para mí, vestido con cuello marinero y gran moño en la cabeza para mi hermana; los dos resplandecíamos, nada escapaba al ojo avizor de mamá: uñas limpias, zapatos relucientes, zoquetes blancos, un toque de colonia... y listo. Nos mandó quedarnos quietos, sentados, mientras ella se arreglaba. Y al rato salió de su cuarto, resplandeciente, con los cabellos rubios danzando alrededor de su rostro de facciones finas, apenas un toque de color en sus labios y en sus mejillas; se había puesto un vestido de lino celeste, que hacía juego con sus ojos, la cartera, los guantes y los zapatos blancos; se la veía muy hermosa, hermosa y contenta, como siempre que salíamos de visita.

—¿Adónde vamos, mamá?

—A ver a la tía Agustina, vamos, rápido, que quiero llegar a las cinco en punto, nos espera a tomar el té y ya saben que la tía es muy estricta con los horarios –en realidad era tía de papá o sea nuestra tía abuela pero mamá le tenía mucho afecto y la visitaba de vez en cuando.

¡Saltamos de alegría!. Las visitas a la casa de la tía eran siempre divertidas, salvo un pequeño tormento al principio y al final.

Un breve recorrido en el tranvía 5 que salía muy económico ya que ni mi hermana ni yo pagábamos boleto en razón a nuestra edad, caminábamos una cuadra y ya estábamos frente a la casa, una antigua edificación, testigo de un pasado opulento; tres golpes al llamador de bronce y al rato la puerta que se abría y una anciana alta, delgada, vestida de negro, nos recibía sonriendo.

—¡Elenita! ¡Por fin te has acordado de mí!. Pasá, pasá, te esperaba. ¡Qué hermosos están tus chicos!

Ya se acercaba el momento temido. Después de abrazar y besar a mamá torciendo la cara hacia un lado y hacia el otro y dando besos al aire, como hacían las mujeres, la tía se inclinaba hacia nosotros – nos parecía que su cuerpo flaco y larguísimo, al doblarse se iba a quebrar en dos. Pero no pasaba nada, sólo se inclinaba y nos besaba, esta vez no eran besos al aire, no; su cara empolvada y cenicienta se acercaba, apoyaba sus labios arrugados en nuestras mejillas y nos pinchaba con los tres pelos blancos de un lunar negro que tenía al lado derecho de la boca; el alfilerazo llegaba junto con un fuerte olor a viejo, a naftalina, un olor horrible que nos envolvía por un instante; hubiéramos querido gritar, salir corriendo, pero mamá nos había advertido severamente sobre cómo debíamos comportarnos cuando estábamos en casa ajena. Había que mostrar buena educación. El mal momento pasaba.

Mamá y la tía iban a tomar el té a la sala vetusta, oscura, con el mismo olor a encierro y naftalina de la tía, con el mismo olor rancio de las galletitas que nos convidaba antes de mandarnos a jugar al patio; la orden era confirmada por una elocuente mirada de mamá, de modo que no nos quedaba más alternativa que obedecer.

Nos hubiera gustado quedarnos y curiosear un poco, abrir el piano, apretar sus teclas, alzar las estatuillas de pastoras y ovejas que estaban sobre una mesa cubierta con una carpeta de felpa verde que llegaba al suelo, preguntar quiénes eran los señores y las señoras de los cuadros con marco dorado que nos miraban desde la pared, mover los caireles de la lámpara de la mesita vestida y oír la musiquita que hacían al chocar entre sí, sentarnos en los sillones inmensos y hundirnos en ellos, o en las sillas de asiento de terciopelo, de respaldos altos y rectos de madera labrada. ¡Era todo tan lindo, tan fino! Pero no nos dejaban tocar nada, así que salíamos a explorar la casa vacía.

Del primer patio, embaldosado, que no ofrecía nada interesante, pasábamos al segundo, de tierra. Era más divertido. Allí había árboles y plantas, un perro que quería mordernos los talones y al cual espantábamos tirándole piedras, y un gato que huía al vernos, refugiándose en algún oscuro rincón. No nos conformábamos y seguíamos a través de largos corredores hasta concluir nuestra exploración en el tercer patio en donde estaba el gallinero y adonde daban varias habitaciones clausuradas, abandonadas; eran los cuartos de los criados, restos del naufragio de una buena posición que terminó cuando murió el dueño de la casa.

La muerte del patriarca había dejado a su viuda, la tía Agustina, sumida en deudas y compromisos que la obligaron a despedir a todos los sirvientes: cocinera, mucama, cochero, vender el coche y los caballos y hasta desprenderse de algunas alhajas para poder hacer frente a su crítica situación económica que, con el tiempo, se volvía más y más apremiante. Así fue como las dos hijas solteras tuvieron que salir a trabajar. Una de ellas, la más joven, se convirtió en secretaria de un político importante; se enamoraron, pero él era casado, ese amor no tenía esperanzas. No obstante, la diaria compañía avivó la llama de la pasión pasando por encima de los dictados de la moral y de las convenciones sociales. Fueron novios durante años, para oprobio y dolor de la tía, y escándalo de las vecinas que, tras las postigos, esperaban, expectantes, la llegada del político que venía una vez a la semana a “visitar a la familia”.

Pues bien, en este patio del fondo, junto al gallinero había una piecita misteriosa – no era la primera vez que incursionábamos en esa zona –, como misteriosas eran las voces que al oírnos hablar y gritar se dirigían a nosotros a través de una puerta hecha con listones de madera que dejaba estrechas rendijas entre uno y otro. Adentro de esa piecita había dos niños. Parecían ser (sólo por sus voces podíamos suponerlo) de nuestra misma edad; querían jugar con nosotros pero eso era imposible, la puerta estaba cerrada con un gran candado, puesto por fuera, y la que tenía la llave junto con otras en un gran manojo colgado de su cinturón, era la tía Agustina, que los encerraba, nos explicaron, cuando llegaban visitas a la casa. De todos modos, a través de la puerta, acercando la boca a las rendijas, nos comunicábamos. Ellos asomaban hacia fuera, por el espacio que había entre el último listón y el piso, sus manos y sus pies, mientras nosotros introducíamos hacia adentro los nuestros; luego, tirados en el suelo, tratábamos de espiar, de ver las caras de esos amigos invisibles, pero la piecita no tenía luz, no podíamos ver nada. La conversación – preguntas y respuestas sobre nombres y edades – no duraba mucho. Ya se oían, a lo lejos, en el primer patio, los gritos de mamá llamándonos.

Era hora de irse. La visita había terminado. Otra vez el beso pinchoso, el olor a naftalina y ya en el tranvía, rumbo a casa, las preguntas, preguntas incesantes, exigentes, que pedían respuestas para satisfacer nuestra curiosidad. Pero la respuesta frustrante era siempre la misma: “No digan pavadas, en el fondo de la casa de la tía Agustina no hay nadie, nadie. ¡Qué ganas de inventar cosas!”. Todo esto dicho con voz enérgica y mirada furibunda, lo que frenaba cualquier intento de insistir en la aclaración de lo inexplicable, lo mágico, el secreto nunca develado, el misterio de la piecita del tercer patio.

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María Mercedes Novillo de Mabres


viernes, 14 de septiembre de 2007

CLAVELES COLOMBIANOS

Entré a verla. Estaba enferma, en cama. Al pasar por el comedor, camino del dormitorio, me sorprendió ver sobre la mesa un florero con claveles. No eran las flores familiares que venden en la calle, o en una florería, las que se compran cuando no se puede gastar en rosas. No eran los claveles rojos, rosados o blancos que estamos acostumbrados a ver. Era un compacto ramo de claveles gigantes, de color marrón, bellos por su forma, pero extraños. Algo así como una equivocación de la naturaleza (los claveles no son marrones). Me acerqué, curiosa, para sentir su perfume. Nada. O sí, un leve vaho a hojarasca húmeda, a moho, a cosa muerta, se elevaba. Más aún, algo pérfido se percibía en el aire de la habitación.

Me aparté, cerré los ojos, negándome a verlos, y pasé de largo. Me recibió con una sonrisa forzada. No pude evitar la pregunta: “ ¿Y esas flores, quién te las trajo?”. Pareció orgullosa por haber recibido ese extraño obsequio: “ Son claveles colombianos, ¿viste qué lindos?, me los trajo una amiga, vos no la conocés, viene a ayudarme.”. “Ayudarte ¿a qué?” . “Me da fuerza espiritual”. “¿Para qué?”. “Para soportar mejor todo lo que me espera, hace lo mismo con varias personas, con enfermos terminales.” . “¡Pero vos no sos una enferma terminal!”. Hizo una mueca, una de sus muecas burlonas, y se encogió de hombros.

Cuando me despedí, me dijo: “Llevate uno, son colombianos, son preciosos y duran muchísimo, más de un mes”. Con un estremecimiento introduje las manos en el ramo compacto y separé un tallo con un clavel enorme, de un color marrón oscuro, casi negro. Goteaba. Lo sacudí y me asomé al dormitorio para mostrárselo. Ya se había dado vuelta y estaba adormecida. “Mirá, me lo llevo”, le dije. Giró la cabeza, abrió la boca como para hablar pero no dijo nada. Al irme sentí el impulso de arrebatarlos, tirarlos a la calle y vaciar el florero de esa agua turbia y maloliente. Total, ella ya no se levantaba y no se enteraría.

¡Por qué no lo hice! Por respeto, quizás, a su intimidad, por no vulnerar sus derechos, por no inmiscuirme en sus cosas. Al mío lo arrojé por la ventanilla apenas dimos vuelta a la esquina.

Allí quedaron, los claveles colombianos, sobre la mesa, anunciando desgracias o provocándolas; eso era tan evidente que cualquiera podía advertirlo, hasta yo, que rechazo todo lo que tenga que ver con esoterismo o supersticiones.

La internaron, no volvió a su casa. Murió en uno de los tantos albergues para enfermos terminales, antes de que se cumpliera un mes de los primeros síntomas . En eso tuvo razón la amiga. Yo no la conocía. Pero al día siguiente, cuando fuimos a la casa a buscar la documentación que los trámites requerían, ella estaba allí con él, diligente, abriendo cajones, vaciando roperos, separando la ropa buena, examinando alacenas, apartando cristalería….un saqueo en toda la extensión de la palabra.

“¿Y los claveles?” les pregunté. “Los tiré a la basura – me contestó ella, con calma y seguridad – ya cumplieron su ciclo”.

Al marcharme, a pocas cuadras de allí, en un campito, alcancé a distinguir una sombra marrón; me acerqué para cerciorarme. Mi terrible sospecha era realidad. Los claveles colombianos se erguían despidiendo un olor venenoso, maligno, pero aún lozanos, magníficos, entremezclados con los yuyos espinosos del baldío.

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María Mercedes Novillo de Mabres.

El desencuentro

EL DESENCUENTRO

Argentina, Provincia de Córdoba, 1º de Abril de 1880
Mi amada, inolvidable y para siempre inalcanzable Rosa:
Tal como te lo prometí, aunque hayan pasado muchos años, te escribo para contarte cómo me establecí y cómo vivo en este lejano país, adonde me trajo un destino caprichoso – o mis propios caprichos, aún no lo sé.
Te sorprenderá mi encabezamiento. Estas palabras tiernas debí decírtelas allá, en el pueblo, cuando éramos jóvenes y libres. No me atreví. Tú eras poco más que una chiquilla, mi compañera de juegos y de sueños y ya te amaba, sin comprenderlo muy bien. Luego los hechos se precipitaron. Cuando padre murió y madre tomó el control de la fábrica y de la familia, yo sobraba. Nunca me interesó el tema de la hilandería, las cuentas se me daban mal y los obreros sólo me preocupaban porque su ignorancia me dolía, quería enseñarles a leer y a escribir, pero madre dijo que era una locura y no lo permitió. Para ayudarla estaba Jaime, que era el mayor y quien iba a heredar todo. Así que, en la misma forma en que sacó a Isabel del medio enviándola al convento cuando recién era una zagala – “Siempre es bueno tener una monja en la familia”, dijo – a mí me mandó a Barcelona, al Seminario.
Te cuento todo esto porque desaparecí de un día para otro, sin poder explicarte nada. Aunque estuve a desgano al principio, pronto me acostumbré; allí tenía acceso al conocimiento, lo que no hubiera sido posible en el pueblo. Estudié y obtuve los títulos que hoy me permiten trabajar haciendo lo que siempre me gustó: enseñar. Casi llego a cura. No pudo ser (¡ gracias a Dios!), porque al momento de pronunciar los votos me eché atrás: lo de pobreza, vaya y pase – el dinero va y viene – mas, lo de castidad y obediencia no iba conmigo, tú lo sabes, siempre fui rebelde e impulsivo. Entonces le escribí a madre anunciándole mi decisión de dejar el Seminario. Quería volver al pueblo, verte, y si todavía me considerabas tu mejor amigo, tu confidente, quizás tú y yo hubiéramos podido…
Pero madre tenía otros planes. Creo que, tan sagaz como era, ella se sospechaba algo. Además, estaba muy contrariada por mi deserción. Me escribió diciendo que mi presencia no era necesaria, que me quedara en Barcelona. Apenas te casaste con mi hermano, hizo testamento y con un representante del notario me hizo llegar la parte que me correspondía del patrimonio familiar, “para que puedas realizar tu sueño de pasar a las Colonias”, así dijo.
Ya lo ves, todo estaba predeterminado; no tuve fuerzas para oponerme – si tú ya no podías ser mía, ¿a qué volver?. Me embarqué hacia la Argentina, siguiendo las huellas de ese “loco genial”, un tal Sarmiento que años antes había revolucionado los foros de Barcelona con su verbo inflamado, con sus ideas de civilizador.
Y aquí estoy. Luego de recorrer el país hasta saciar mi curiosidad me establecí en el interior de la provincia de Córdoba. He fundado escuelas (a veces el gobierno reconoce mi trabajo y me paga; otras , no ), inspecciono y controlo todas las de la zona - ¡ si es que pueden llamarse así los míseros ranchos en donde los niños aprenden las primeras letras! – enseño a enseñar a los preceptores que las dirigen a pura intuición. También intenté alfabetizar a los peones, a los campesinos, a las mujeres, lo que provocó la oposición tenaz de los terratenientes (como antes ocurrió con madre y los obreros de la fábrica) y debí resignar, con dolor y rabia, muchos sueños.
Pero estoy hablando demasiado de cosas que quizás tú no entiendas o no te interesen. Lo que sí te va a interesar es saber que me he casado con Dolores, una joven perteneciente a la familia más prestigiosa de la zona (aquí la aristocracia se mide tanto por las generaciones de residencia en el país como por la posesión de tierras). Tuve que hacerlo para insertarme en esta sociedad cerrada y prejuiciosa. Es una buena mujer, me ama y me ha dado siete hijos, aunque tres murieron niños, víctimas de las epidemias que a menudo azotan las poblaciones. Yo la respeto y también la amo, como a la madre de mis hijos, como a la fiel compañera que ha demostrado ser, en las buenas y en las malas. Y más han sido las malas que las buenas, mi querida Rosa. He llorado la pérdida de mis hijos, he soportado envidias e injusticias , odios y calumnias…Mi vida no ha sido fácil. Pero sigo en la lucha, no me rindo.
¿Y tú, Rosa? ¿Qué has hecho de esos sueños que soñábamos juntos? ¿Qué, de tu cuerpo grácil y esbelto como espiga de trigo mecida por la brisa? ¿Qué, de tu risa clara? ¿Qué, de tus ojos negros?. Cuéntame, dime. Si no puedes hacerlo porque te cuesta escribir – cuando yo te enseñé a leer lo aprendiste muy bien, pero si no has escrito desde entonces quizás lo hayas olvidado – díctale tu carta a la tía Ana. Es a su casa adonde te envío ésta para evitarte inconvenientes. La tía Ana me ha venido escribiendo de tanto en tanto; por ella sé que no habéis tenido hijos, que por eso madre te mira con malos ojos , que Jaime se dedica en cuerpo y alma a atender los negocios de la familia y te ignora, que ni siquiera te habla, que tú languideces en una soledad inmerecida…
Que Dios te guarde, Rosa. Recibe el recuerdo emocionado de quien nunca te olvidó.
Valentín.
* * *

Ciudad de Córdoba, 1º de Abril de 1896
Amada y nunca olvidada Rosa:
Transido de dolor escribo estas líneas para decirte que Dolores ha muerto, hace de esto un mes. Su fiel corazón , agotado por tanto sufrimiento, simplemente cesó de latir. Ahora que no está comprendo cuánto la amé, a mi modo, aún amándote a ti al mismo tiempo, en silencio y a la distancia.
Mis hijos son grandes y no me necesitan. Yo estoy solo. Ya nada tiene sentido. No puedo pensar con claridad. Ni la muerte de madre, de la cual me enteré por tía Ana, me golpeó tanto. No sé que será de mi vida. Reza por mí.
Valentín
* * *

Ciudad de Córdoba, 1º de Abril de 1897
Querida Rosa:
Con el corazón lleno de gozo escribo esta carta para hacerte partícipe de mi alegría: la próxima semana oficiaré mi Primera Misa. Sé que la noticia te asombrará. Pero si lo piensas, verás que no he hecho más que terminar el camino empezado allá en el pueblo, cuando madre me envió al Seminario. En ese entonces retrocedí ante los votos del sacerdocio. Ahora es distinto. Luego de una larga vida , de conocer lo bueno y lo malo, el amor y el odio, el reconocimiento y la ingratitud, mi espíritu necesita calma, mi cansancio necesita reposo. La Iglesia, cual madre amorosa, me abrió sus brazos y me cobijó en mi momento de mayor desamparo e incertidumbre. Completé mis estudios eclesiásticos y en pocos meses fui ordenado sacerdote. Soy feliz y estoy en paz. Deseo para ti la misma paz.
Hasta que nos veamos en el seno del Señor.
Valentín
* * *
Manresa, 1º de Abril de 1897
Querido sobrino:
Tomo la pluma para escribirte e informarte que Rosa, luego de dejar en orden todas sus cosas, lo que le llevó varios meses desde que recibimos la triste noticia de tu viudez, ha partido rumbo a Córdoba. A mí me parece una locura, pero ella dice que quiere cuidarte ahora que estás solo, que quiere pasar los últimos años de su vida a tu lado, que es su última oportunidad de ser feliz, ya que nunca, desde que te fuiste, conoció la felicidad. Cuando llegue al puerto de Buenos Aires partirá en tren hacia Córdoba y se comunicará contigo. Esto ha desatado un escándalo en el pueblo y en la familia, te lo puedes imaginar (Jaime está que trina, no porque le importe que Rosa se vaya, sino por las habladurías de la gente); pero yo, que soy una vieja que ha visto todo y no se asusta de nada, os doy mi bendición. Recibe el cariño de tu tía
Ana
* * *
María Mercedes Novillo de Mabres.

El desencanto

EL DESENCANTO


La estrella brillaba en lo alto del pino. No era una estrella de verdad, era de cartón y estaba forrada con papel plateado, el niño lo sabía, pero aun así, la veía titilar , refulgente, magnífica. La estrella simbolizaba la felicidad, le habían dicho. Él no sabía qué era la felicidad, pero presentía que podía estar relacionada con la alegría y la sorpresa que sentiría al abrir el paquete que, al azar, escogiera entre todos los que colgaban del árbol , destinados a cada uno de los nietos.
Desde temprano las tías se habían afanado en la preparación y el envoltorio de los regalos ; por más que él se empeñó no pudo ver nada , preguntó y no obtuvo respuesta . Reinaba el más absoluto silencio al respecto, para que la sorpresa fuera eso : lo inesperado, lo insólito, lo maravilloso . Así se lo había explicado su madre .


Desde temprano , también , los nietos correteaban por el patio y por la galería , espiando desde allí el gran hall cuyos ventanales de vidrios de colores sólo permitían distinguir sombras vagas que se movían de aquí para allá, poniendo la mesa, ubicando las sillas , corriendo muebles a fin de que todos pudieran estar cómodos . Era una gran familia : la abuela, cinco hijas casadas, con sus esposos e hijos , y dos solteras, las tías, hacedoras y dueñas de los secretos que colgaban del Árbol de Navidad .
De a ratos se entreabría la puerta que separaba la realidad del misterio ; alguien entraba o salía llevando una fuente, un florero, una bandeja . Y fue en una de esas raras ocasiones cuando el niño vio la estrella y, ansioso, recorrió con la vista los paquetes colgados. Una mirada rápida le bastó para hacer su elección : el dorado (¡era tan hermoso ! , brillaba más que la estrella ) , ése que estaba semi-escondido entre las ramas verdes , ése sería el suyo : era grande, más grande que los demás , podía ser…una tableta de chocolate – ese exquisito chocolate que los amigos de Alemania obsequiaban a la abuela. O quizás fuera un juguete, un autito de verdad, no como los que él armaba recortando las ilustraciones de los catálogos de automóviles y pegándolas luego sobre un cartón duro con engrudo hecho con harina y agua ; era divertido jugar con los autitos de cartón , él tenía todos los modelos pero… un autito de verdad…Casi no se animaba a suponer la emoción que sentiría al desatar el moño de fina cinta roja y abrir cuidadosamente el paquete dorado . No, no, un autito de verdad como tenían otros chicos que conocía, era esperar demasiado ; se conformaba con un chocolate , un chocolate grande que se deshiciera suavemente en la boca llenándolo de placer, y que durara mucho – porque él pensaba comerlo de a pedacitos, día a día. De eso sí estaba seguro , sería un chocolate.


El atardecer se estiraba, largo, inmutable, indiferente a su ansiedad. ¡Cuándo llegaría la noche! Los grandes se habían instalado en el patio. Hacía calor, todos tomaban el espumoso chop que salía , helado, del barrilito comprado especialmente para la fiesta. Los chicos ya estaban cansados de jugar y saltar dentro de la casa ; pese a que el patio era grande, querían más espacio, salir y correr libres en la vereda, de esquina a esquina. Pero eso estaba prohibido.
La abuela vivía frente a la casa del Cónsul de Alemania - un cuarto de manzana en donde se levantaba la mansión, en medio de un gran parque con césped , árboles y flores ; por las tardes, señoras con sombrero y sombrilla se sentaban a tomar el té en la glorieta, todo estaba rodeado por un tupido cerco de ligustro que aislaba a la casa , a sus habitantes y a sus ocasionales visitas de los ruidos provenientes de la calle . No obstante, ante el menor intento, por parte de los nietos, de escaparse a la puerta, deslizándose por el zaguán con disimulo, la abuela gritaba con su voz más enérgica, con verdadero enojo : “¡No hagan bulla ! ¡Vengan adentro! ¡No molesten al Señor Cónsul! ” (Y del respeto con que subrayaba las palabras “Señor Cónsul ” se desprendía un soplo frío que hacía retroceder al más audaz). Allí se frustraba todo intento de diversión, todo conato de rebeldía. Había que obedecer. La abuela tenía la mano larga y tanto acariciaba como daba un coscorrón al atrevido que la desafiara.
Las horas no pasaban nunca. Parecía que el tiempo se hubiera detenido. Hasta que ¡por fin ! , la puerta que comunicaba el patio con el hall se abrió de par en par y un vals de Strauss envolvió a grandes y a chicos en su magia. Todo era luz, música, fiesta. El Árbol de Navidad resplandecía, las tías invitaban ahora, con gesto amplio, a entrar, a admirar, a comer, a beber, a gozar.
Pero aún había que esperar hasta la medianoche. De un modo u otro pasaron los minutos que faltaban. La abuela formó una ronda con sus hijas y sus nietos , y bailaron alrededor del Árbol cantando “Stille Nacht”


Con doce rotundas campanadas el gran reloj de pared anunció las 12. Brindis, besos, el “Feliz Navidad” repetido ante cada uno de los presentes. Ahora…había llegado el momento esperado, el momento de elegir los regalos. Los primos grandes se adelantaron y estiraron sus largos brazos para descolgar sus paquetes . ¡Que nadie viera el suyo, por favor, antes de que él pudiera alcanzarlo! Cuando el remolino de brazos y manos le dejó un espacio , se acercó y , en puntas de pie, pegó un tirón y desprendió de la rama el hermoso envoltorio dorado que, milagrosamente, nadie había visto todavía, salvo él. Ya lo tenía. Temblaba al abrirlo; cayó la cinta al suelo junto con el papel, y entre sus manos , ante su asombro, en su incredulidad frente a la burla cruel, había un enorme carretel para hilo de coser, de madera, vacío. La carcajada general rubricó el descubrimiento. Su madre, desde lejos, lo miraba con pena, él alcanzó a oír un suspiro y esperó que dijera algo, que se enojara con sus hermanas, que lo defendiera, pero ella no dijo nada, era Navidad, había que pasar la fiesta en paz.
Las tías lo señalaban con el dedo y se reían, las bocas enormes como monstruosas cavernas rojas, abiertas al terror , se reían, se reían…Habían preparado regalos verdaderos : caramelos, galletas, turrones, uno que otro juguete muy pequeño, y otros regalos como ése : trampas para inocentes. Los primos comían vorazmente la golosina que a cada cual le tocara o admiraban el relojito de lata de agujas inmóviles, mientras él hacía esfuerzos desesperados por no llorar.


Salió al patio. En la noche oscura sintió el gusto amargo de la primera desilusión. Los demás seguían bebiendo y comiendo, cantando, bailando. Nadie advirtió su ausencia. Lentamente se deslizó por el zaguán y se sentó en el umbral de la puerta. Miró el carretel vacío. Sacó del bolsillo un piolín y lo ató ; tirando del piolín , rodaba…casi como si fuera un autito. Desafiante, se cruzó a la vereda del Cónsul y la recorrió varias veces, ida y vuelta, arrastrando el carretel de madera que hacía un ruido fuerte sobre las baldosas acanaladas. Cuando se cansó entró nuevamente a la casa. Se paró frente al Árbol y miró la estrella que prometía felicidad. ¿Qué sería la felicidad? Sus cinco años no lo comprendían, pero ya conocían el sabor del desencanto.

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María Mercedes Novillo de Mabres.