AMIGAS
( Sociedad de Ayuda Mutua )
Se dice que las grandes amistades, las auténticas, son las que nacen en la infancia y se prolongan a lo largo de toda la vida. Pero hay honrosas excepciones que confirman la regla y la hacen tambalear, según cómo se mire. Tal era el caso que unía, con lazos aparentemente indisolubles a Isabel y Marta.
Se conocieron en la edad madura.
Isabel había casado a sus hijas – matrimonios ventajosos, más aún, brillantes: altos funcionarios del Cuerpo Diplomático, fuertes empresarios, banqueros – y estaba libre. Libre para aburrirse en una seguidilla de cenas de compromiso, de viajes protocolares, de cócteles de beneficencia. Su marido no disponía de tiempo para ella, sus negocios lo absorbían, e Isabel no sabía qué hacer con su tiempo, con su dinero, con su existencia.
Sus orígenes de baja clase media levantaban una barrera invisible en la relación con sus hijas, yernos y nietos. Ahora era una señora distinguida, vestida a la moda y con exquisito gusto, pero en ese núcleo profundo de la personalidad en donde se nutre el verdadero ser se sentía una usurpadora, una extranjera en un medio que le era ajeno. No obstante se esforzaba – terapeuta mediante – por superar esta falla en su autoestima, palabreja esta última que había tomado alas recientemente y cuya falta constituía grave pecado en sociedad . Así es como se decidió a incursionar en un Instituto de Idiomas, el más prestigioso de la ciudad, tanto para pulir su expresión y sus modales, como para entablar relaciones con otras señoras “bien”, tan aburridas como ella.
Allí la conocí. Su aire perplejo me llamó la atención. Después me enteré que había estudiado francés en varios institutos, academias, y hasta con profesores particulares, sin éxito. Era “negada” para los idiomas, quizás porque no conocía sistemáticamente el propio. Su tesón era admirable, digno de mejor causa, pensaba yo. Pero ¿qué mejor causa podía encontrar ella?. Por lo menos así – nos explicaba – en sus viajes periódicos a Europa, acompañando a su marido o visitando a sus hijas no haría tan mal papel.
Un año y otro año se la veía llegar, elegantísima siempre, amable, cordial, resignada, a la misma aula, porque al momento del examen, por consejo de los mismos profesores, desistía, no se presentaba, limitándose a sonreír cortésmente y anunciar que repetiría el curso para afianzar sus conocimientos.
Pobre Isabel, siempre sola, porque al repetir una y otra vez los cursos cada año tenía nuevos compañeros, desconocidos que, atraídos por su imagen exterior – era una bella mujer en el otoño de la vida – la frecuentaban con agrado pero luego, al apreciar su escaso nivel intelectual la segregaban de sus charlas y sus reuniones.
Pobre Isabel, tratando infructuosamente de comunicarse en esa lengua escurridiza, de tonos nasales, de acentos guturales, de insoportables e inalcanzables matices. Su propia voz y su manera de hablar, influidas por ese ímprobo y vano esfuerzo, fueron adquiriendo una cualidad metálica , como de robot, y resultaba penoso escucharla cuando hablaba en francés.
Hasta que apareció Marta y la escuchó, la acogió y la protegió de la soledad y la indiferencia con que los otros compañeros la castigaban.
Marta era una mujer sólida, joven aún, bien plantada en su propia realidad y en la realidad del entorno del Instituto, quasi perverso en su refinamiento. Algo entrada en carnes, vestida a la buena de Dios, contaba en su haber con viejos estudios de Magisterio que nunca había ejercido, aunque el trabajar como Preceptora en un Secundario de barrio le facilitaba en cierto modo esa incursión en una civilización foránea.
Contaba con muchas cosas más en su haber: un marido mecánico, hijos jóvenes que ya no la necesitaban y un gran deseo de conocer otra gente, de asomarse a otro mundo, a otro medio distinto al de su trabajo como preceptora, al de los empleados y clientes del taller.
Así es como se dio entre las dos, casi a primera vista, tal como se da el amor, una amistad, incierta y tímida primero, poderosa y fuerte luego, un acercamiento que si bien se veía insólito ante ojos extraños, era una auténtica, genuina asociación de ayuda mutua con fines solidarios y prácticos para ambas.
Cada tarde de martes y jueves Marta pasaba a buscar a Isabel por su departamento de Avenida Irigoyen. Una vez que el portero eléctrico le franqueaba el paso subía por el ascensor – aprovechaba para mirarse en el espejo con ribetes dorados y acomodar al cuello el pañuelito o el echarpe, regalo de su amiga, que se había torcido en el fragor del viaje en ómnibus, de su barrio al centro – e irrumpía gozosamente, a grandes voces, en el lujoso departamento. Estrechaba en un abrazo poderoso a Isabel, que la esperaba inquieta – “¡Cómo has demorado, Marta!” “Y qué querés, Isabel, tuve que esperar el ómnibus más de media hora” - y haciendo caso omiso al gesto despectivo de la mucama que la recorría con la vista de arriba a abajo, antes bien, fulminándola ella con la mirada ya que le sobraba autoestima, apuraba a su amiga y salía llevándola a la rastra. Tomaban un taxi y llegaban tomadas del brazo, como hermanas.
¿Hermanas, dije? Sí. Marta era la hermana que Isabel no tuvo. Era la persona con quien podía sentirse cómoda, sentarse cómoda, hablar sin eufemismos, llamar a las cosas por su nombre, criticar, comentar, reír a carcajadas, liberarse por unas horas del peso de su imagen de “Señora bien”, que cada día le resultaba más pesada.
En clase se sentaban juntas, y Marta, no demasiado dotada pero muy despierta, le soplaba al oído las respuestas cuando algún profesor nuevo o despistado osaba preguntarle algo – era vox populi que nadie debía molestar con absurdas pretensiones de enseñanza y disparatadas esperanzas de aprendizaje a esa alumna consuetudinaria.
Luego, en la pausa entre hora y hora, nos sentábamos en una mesa de la cantina a charlar en francés o en castellano o en ambas lenguas a la vez, y a tomar un café para restaurar fuerzas a fin de enfrentar la segunda parte de la clase. Mientras Isabel tomaba un té bebido, Marta – que no había tenido tiempo de almorzar – devoraba un café con leche y dos sándwichs de jamón crudo. Isabel era la que siempre pagaba ambas consumiciones, y si la hubieran dejado habría pagado el total de lo consumido por todas, ya que de esa forma se sentiría compensada por la satisfacción de integrarse al grupo, logrado ya su objetivo de superar la discriminación intelectual.
Un día como tantos otros, Isabel llegó tarde al Instituto, sola, sin la sombra protectora de su amiga. Se la veía confusa, más que de costumbre, y afligida. Le preguntamos qué pasaba. Marta no había ido a buscarla. La había llamado a su casa, nadie le contestó; esperó en vano hasta que se dio cuenta de que algo muy serio debía haber ocurrido para que su amiga le fallara. Se tejieron conjeturas… Ya en clase la profesora anunció que un familiar había hablado para avisar que Marta había sufrido un accidente y estaba internada. Isabel, enloquecida, salió corriendo sin decir palabra, tomó un taxi y se dirigió al taller. El esposo no estaba, pero los empleados la pusieron al tanto de los detalles del accidente y de la Clínica en donde se recuperaba.
En esa semana de descanso obligatorio, Marta recibió más atención que en toda su vida anterior. Habitación VIP, flores frescas renovadas diariamente, revistas de actualidad, todo provisto por Isabel, feliz de poder agradecer, de alguna forma, la inquebrantable fidelidad de su amiga. Al volver a su casa la acompañó, y ante la invitación del marido – el pobre hombre estaba perdido sin su mujer gritona y alegre –: “¿Por qué no se queda hasta la tarde?” , no titubeó y de buenas a primeras sentó sus reales en el hogar de Marta – total, su esposo estaba, una vez más, en Europa.
“Todavía no estás bien, yo no te dejo”, fue el disparador. Y con ese buen pretexto se instaló en un cuartito de 3 por 4 , con cortinas floreadas y pósters pegados en la pared; allí se dispuso a recobrar, aun sin proponérselo, la identidad perdida, aunque no podía desprenderse del refinamiento tan duramente adquirido.
Cuántas siestas largamente conversadas entre mate y mate! – hacía una eternidad que sus labios, ahora despintados, no acariciaban una bombilla tibia, que sus manos no abrazaban el cuerpo redondo de un mate espumoso y fragante…
Cuántas tardecitas en el patio, bajo las higueras, con una Marta convaleciente, débil, mientras por primera vez desde hacía muchos años era ella la fuerte, la que sostenía, la que apoyaba, viendo caer el sol y dejándose estar, en un silencio cómodo, calmo.
Y a la noche, la irrupción alborotada de los muchachos, que desde el principio la adoptaron como tía – una tía muy suave, muy delicada, distinta a todas las amigas de su madre – y llenaban la cocina con sus chistes y sus risas.
Isabel respiraba con ansias un aire fresco, desconocido. Se sentía mejor consigo misma. Y se la veía rejuvenecida, como contagiada de la ingenua alegría que reinaba en ese hogar modesto.
Fueron pocos días, luego debió regresar a su departamento, donde todo estaba igual, como si su ausencia no se hubiera sentido, como si el estar o no allí, no tuviera importancia.
Pero la vida ya no fue la misma. De vuelta de su viaje, el empresario – muy a su pesar, al principio – se vio arrastrado por una Isabel casi desconocida, más audaz, más decidida, a hacer frecuentes salidas al campo, mateadas a orillas de cualquier arroyito serrano, con Marta y su marido mecánico “que preparaba el asado como los dioses”.
Una corriente de leve simpatía se fue insinuando, poco a poco, entre los dos hombres, forzada por la insistente amistad de las mujeres. Hablaban de autos, de motores, de carrocerías, de modelos - ¡quién se resiste a esos temas fascinantes para los intereses masculinos! – y finalmente el mecánico se atrevió y le preguntó al empresario cuál era su secreto, cómo se había hecho rico, cómo se había transformado en una persona importante. Nunca sabremos cuál fue la respuesta, si las evasivas de rigor o la estentórea carcajada con la cual se ocultan convenientemente los secretos bien guardados. El caso es que las dos parejas se siguieron frecuentando cuando las raras estadías en el país del empresario se lo permitían; durante sus viajes era Isabel sola quien se instalaba nuevamente en lo de Marta, aportando el toque de su belleza y de su refinamiento.
Pero no volvieron al Instituto de Idiomas. Ya no lo necesitaban. Allí se las extrañaba y se tejieron conjeturas sobre su desaparición . Esas amigas, tan distintas, tan unidas… Un caso curioso!
Un día, varios años después, me tropecé en la calle con Marta, en un cruce peatonal. Íbamos en distintas direcciones. Apenas un saludito – la marea humana no nos permitió detenernos para hablar – y alcancé a decirle: “¿Qué es de tu vida?”. Apretó los labios y meneó la cabeza, mensaje gestual que traduje como “Más o menos”, junto con un susurrado: “Me divorcié”. Ya en veredas opuestas, casi gritando le pregunté: “¿Sabés algo de Isabel?”. A pesar de la distancia que nos separaba advertí que su rostro enrojecía de furia. Y también a los gritos contestó: “No me la nombrés”, mientras se alejaba, agitando una mano como despedida antes de perderse entre la multitud.
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María Mercedes Novillo de Mabres.