domingo, 24 de enero de 2010

ÁRBOL DORADO Y NIÑO

Dorado el arbolito en la vereda.
Adentro de la casa duerme un niño.
Ha nacido hace poco. No lo he visto.

Pero la casa tiene un aire nuevo,
una fragancia propia,
una luz y un silencio que la acunan,
como si todo junto fuera un nido
para albergar al niño.
Con el sol por detrás el árbol se dibuja
mágico y leve,
como señal de buena nueva.

Yo miro todo desde mi ventana,
al frente de la casa con el árbol dorado.
Y suelo hacer poemas sobre el jardín dormido,
sobre la lluvia mansa,
sobre la luz agónica del sol en el ocaso.

Hoy abrí la ventana y vi el árbol dorado,
señal de buena nueva.
.
Transpuse las paredes, imaginé la escena:
una madre y un niño que está por despertarse
una boquita ansiosa, el comienzo de un llanto,
el pecho generoso de la madre, sus ojos,
y los ojos del niño
que se buscan y se hallan …

Basta ya de palabras. Silencio.
Que este niño
ha llenado la casa de alegría y ensueño.
Es la vida que sigue mientras la vida pasa …

DE ROPEROS Y OTROS MUEBLES MISTERIOSOS

Hablar de roperos en estos tiempos de placares funcionales y muebles que se ocultan dentro de paredes corredizas según necesidad, por falta de espacio, parece anacrónico.
Y sin embargo… roperos y otros muebles misteriosos, los había, tanto en la propia casa como en la de los abuelos y los tíos. Y vaya si ejercían un poder especial sobre nuestras mentes infantiles, sobre nuestra imaginación exaltada.
El ropero de mamá! Era de papá y mamá, pero siempre se dijo “el ropero de mamá”, quizás porque mi padre jamás lo abrió, ni mucho menos nosotros, los hijos. Si papá precisaba algo, una camisa, un pantalón, su sobretodo, se lo pedía a mamá y ella se lo alcanzaba. Para sus papeles privados, documentos, el dinero y las golosinas, él tenía otro mueble, un escritorio con secretaire, más inaccesible aún que el ropero. Pero no despertaba nuestra curiosidad.
Mientras que el ropero de tres cuerpos con un maravilloso y enorme espejo en la parte del medio …siempre cerrado con llave, llave cuidadosamente guardada en el bolsillo o la cartera de mamá ¿qué misterios ocultaría?.
Pero aun en lo prohibido había un territorio que quedaba expuesto a la vista aunque no a las manos : el techo del ropero. Y allí sí que podíamos intervenir con pedidos, súplicas o protestas, porque era el lugar en donde se guardaban en frascos de fino cristal los licores hechos por mamá – licor de leche, de menta, de huevo – , donde se enfriaban los dulces y confituras para ponerlos a salvo del antojo de los más pequeños, y allí dormía, por poco tiempo, alguna bandeja con restos de masitas o sándwichs, o las delicias que vendían, casa por casa, las monjas de la Santa Cruz, a la espera de ser comidas. También había remedios. ¿Sobre el techo del ropero? Sí, era el lugar más seguro porque ni subiendo a una silla podíamos alcanzarlo.
Adentro, lo misterioso; afuera, lo deseado, pero sin posibilidad de acceso lo uno ni lo otro.

Descubrí tesoros inesperados en una vieja biblioteca del garage : libros que habían pertenecido a papá , a mamá , a diversos amigos, y que por causas desconocidas habían ido a parar a ese mueble, de bella factura pero arruinado por el descuido y el abandono, con puertas de vidrio que permitían ver, en el desorden más absoluto, libros de lectura inconveniente para mí – no por lo inmoral sino por lo frívolo y pasatista, que en la opinión de papá era pecado mortal – y por lo tanto objeto de mis deseos. Como nadie entraba al garaje, yo lo visitaba en las siestas de verano, sacaba a escondidas un libro y me refugiaba en el fondo a leer.
Libros olvidados y cubiertos de polvo. Hasta que yo los saqué a la luz. Fue emprender una aventura fantástica, un viaje sin retorno, en compañía de Sandokán y el Portugués, haciendo frente a los piratas de la Malasia, subsistiendo penosamente en islas desiertas, alimentándonos sólo con los pródigos frutos del árbol del pan y defendiéndonos de los animales salvajes sin contar más que con nuestra astucia y nuestra temeridad. Fue, también, conocer a Tarzán y sus amigos de la selva, saltar con él de liana en liana, esquivar las serpientes venenosas, beber el agua pura de las vertientes, alimentarme de raíces…

En la casa de mis abuelos, en su dormitorio, había dos grandes roperos muy altos y de un solo cuerpo con grandes espejos biselados : uno para él, otro para ella. Jamás supe lo que había en el ropero de mi abuelo, ni tuve la menor curiosidad al respecto. Porque había otros lugares que le pertenecían en exclusividad, en donde se acumulaban las revistas, los diarios y los libros. Allí, en su escritorio, ubicado en medio del hall con gran ventanal de vidrios coloreados, todo estaba a la vista, todo se podía tocar, siempre que después quedara todo tal como estaba, sin alterar en lo más mínimo el orden anterior.
Pero el ropero de mi abuela era algo así como la cueva del tesoro, la del pirata Morgan, y la de Alibabá, todo junto. Y sí ; se podía imaginar que el genio de la lámpara estaba al acecho, pues al entreabrirse la puerta una persistente fragancia a lilas se expandía por la pieza, y adentro, en la tibia oscuridad, una mirada curiosa podía registrar cajas con sombreros y zapatos ordenados en altas hileras, y en las perchas la ropa de mi abuela, los kimonos que usaba de diario y los vestidos para salir, placer para el tacto y la vista: seda y terciopelo en colores suaves, leves y delicados. Flores y plumas. Y sus joyas. Ese ropero también estaba cerrado con llave, pero la llave quedaba en la cerradura. A nadie se le hubiera ocurrido abrirlo sin permiso.
La ropa blanca se guardaba en otra habitación en un armario de madera negra, muy alto, que se abría con la frecuencia necesaria para sacar los manteles y las sábanas, todo envuelto en papel azul, todo almidonado y perfumado con ramitos de lavanda distribuidos en los estantes. El armario no tenía llave ya que por su contenido no podía ser objeto de curiosidad.

En la casa de mi tía Sara otro era el cantar. Su ropero era como todos, grande, imponente, sin llave, el interior con ropa y objetos prolijamente ordenados . Pero el techo era un vivo desorden y al mismo tiempo un paraíso de cosas deseables, tales como cajas con juegos de mesa, libros, revistas …
Allí, en el techo del ropero, en una de las esquinas, estirando mi brazo tanto como podía, y al tacto, encontraba “El Libro de la Selva” y “El Árabe”; en otro rincón había ejemplares de las Selecciones del Reader's Digest, Intervalo, y gran cantidad de revistas de historietas.
Entonces el tiempo se hacía largo y ancho, las personas y las cosas desaparecían, sólo quedábamos la lectura, placer supremo, y yo.

Los roperos de esos tiempos eran mucho más que muebles, sugerían secretos y misterios, y la maravilla de lo cotidiano, embellecido por el torrente de mi imaginación, los convertían en verdaderos cofres de tesoros….

DE LOS 70 A LOS 80

Siglo XVIII . El Virreinato.

Entre los 70 y los 80, más exactamente en 1776, nace el Virreinato de Río de la Plata, separándose del Virreinato del Perú y adquiriendo con ello importancia, riqueza, prestigio. El comercio se incrementa y favorece las relaciones entre el puerto de Buenos Aires y otros puertos permitiendo la entrada de los “ultramarinos” tan codiciados por la gente que podía concederse esos lujos.

Siglo XIX . Argentina.
Entre los 70 y los 80, con las presidencias de Sarmiento y Avellaneda, la Ley de Capitalización y el comienzo del gobierno de Roca, Argentina se convierte en un país pujante que abre sus puertas “para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. Y se promueve la gran inmigración que logra fusionar distintas corrientes poblacionales y trae aparejada profundas transformaciones culturales relacionadas, fundamentalmente, con la arquitectura, el arte, el idioma y las costumbres sociales en general. En síntesis: trabajo, progreso, riqueza, apertura, asimilación.

Siglo XX . Argentina.

Entre los 70 y los 80, Argentina sufre sistemáticas violaciones a los Derechos Humanos, y la dictadura militar más feroz del continente se encarniza con el pueblo, inerme ante esa actuación. Se suspende la actividad política, los derechos de los trabajadores, se interviene los sindicatos, se prohíbe las huelgas, se disuelve el Congreso y los partidos políticos, se destituye la Corte Suprema de Justicia y se censura los medios de comunicación. Es una época nefasta, de triste memoria.

Entre los 70 y los 80, nuestros hijos se hacen adultos antes de tiempo, apremiados por las circunstancias que el país atraviesa. Sergio, con sólo 16 años, obtiene una beca y durante un año permanece en USA. Silvia , con 20 años recién cumplidos, se casa y se va a vivir a San Juan. Alejandro prueba varias carreras universitarias para decidirse finalmente por una nueva e interesante especialidad que recién comienza a conocerse: la Informática.

Entre los 70 años y los 80, Quiqui y yo hemos dejado de ser jóvenes. La vejez se nos presenta como un ineludible camino a recorrer, un duro camino, lo sabríamos después, pleno de los sinsabores derivados de la salud perdida, del organismo deteriorado, de la vida retaceada, por parte de Quiqui. A mí me toca ser la observadora, la cronista de este despeñarse, este resbalar hacia abajo, hacia el abismo, hacia la nada. El fin está próximo, se lo intuye.

Entre los 70 años y los 80, nuestras vidas podrían haber sido más placenteras, más justas, pero no se dio así. La suerte está echada.

DESESPERADA

Desesperada estoy, desesperada.
Con un hueco de angustia anidado en el pecho.
Con un vacío inmenso que me llena por dentro
Y un llanto silencioso que me quema y me quema.
Hasta cuándo, pregunto, al Cielo indiferente
Hasta cuándo la angustia y el dolor, hasta cuándo.
Se puede sufrir más, bien lo comprendo
Pero he llegado al límite. Mis fuerzas
Ya no son un bastión ni una defensa.
Son apenas los restos que me quedan
Del ser que fui, de la mujer que fuera.
Ya no soy nadie. Ni soy ni estoy.
Sumida en la amargura lentamente me voy.

PATIOS DE MI VIDA

Muchos fueron los patios de mi vida.
Antes, cuando niña, eran siempre los grandes patios en las distintas casas en donde vivían mis abuelos. Esos patios eran cofres de tesoros ignorados y secretos: la palmera que crecía en la esquina, con sus frutos de nombre exótico: dátiles, y mi empeño en probarlos, empeño siempre frustrado por el grito de mi abuela advirtiéndome del peligro de comerlos. Eran patios de baldosas en damero, flanqueados por las habitaciones, cada una con sus secretos, cada una con su encanto. Allí jugaba, corría, o simplemente estaba. Era feliz.
En nuestra primera casa propia, la que compró mi padre, junto a la casa había un largo corredor con jardín y hamacas que se ensanchaba al fondo convirtiéndose en patio con árboles frutales, espacio propicio para la alegría, en donde mi hermanita y yo jugábamos y reíamos.
En otras casas en donde vivimos después, en la larga recorrida de mi madre en busca del olvido después de la muerte de Angélica, también hubo grandes patios, ajenos, extraños, fríos, silenciosos, sin juegos ni risas.
En la casa que nos regaló mi abuela y donde anclaríamos definitivamente, había un gran patio de tierra, era “el fondo”; las higueras y su frondoso ramaje me permitían un refugio seguro para soñar, para leer, para jugar a ser otra, para intentar lo que la vida real me negaba, en siestas de fuego y delirios de grandeza.
Este patio que ahora habito, el del resto de mi vida, es pequeño, un rectángulo de grandes baldosas rojas, rodeado de verde y techado de verde por la generosidad de bellas plantas de nombre desconocido y una parra de hojas que se abren como gigantescos abanicos. Aquí jugaron mis hijos ensayando sus travesuras, y mis nietos probando sus fuerzas y sus caprichos. Y aquí he descansado yo en tardes propicias a la lectura, en crepúsculos de vibrantes colores, en noches de claro fulgor, en días de felicidad, en momentos de angustia, buscando el cielo como alivio y sanación. Este patio es mi lugar de escape cuando las garras del dolor me aprietan la garganta, aquí puedo llorar, aquí puedo mostrarme, a solas, tan débil como soy, dejo a un lado la armadura y el yelmo con que me defiendo de la mirada de los otros.
Un patio es poca cosa, y sin embargo es tanto como lo dijo Borges cuando, en pocos versos, le cantó a un patio guardado en su memoria, diciendo: “Grato es vivir en la amistad oscura de un zaguán, de una parra y de un aljibe”.

AURELIA VÉLEZ BAJO EL SAUCE LLORÓN

AURELIA VÉLEZ BAJO EL SAUCE LLORÓN


Cansada ya de estar cansada y triste de toda tristeza, Aurelia Vélez se recostó en la reposera bajo la sombra del añoso sauce llorón, miró el cielo, y en el cielo siguió el rumbo de una nube perezosa que se desplazaba con gracia y sin apuro, y empezó a hacer balance de sus últimos años, los que la vida le había regalado cuando ella creía que su final estaba próximo. Porque ahora, en ese tiempo de descuento, se sentía en condiciones de medir sus aciertos y sus errores y meditar sobre ellos.
El primer error no le pertenecía, pero con él debió cargar desde el principio: su nombre, que la confundía con una dama ilustre del panteón de la historia argentina, y resultó tal por mera casualidad, ya que el apellido Vélez lo venían usando con brío y con garbo los hombres y las mujeres de su familia desde hacía muchas generaciones, y no era cuestión, ahora, de hacer cambios, que por otra parte no hubiera podido justificar. En cuanto al nombre de pila fue una ocurrencia del momento de un tío lector que estaba de antemano designado como su padrino, quien, habiendo acabado de leer “Biografías Argentinas” se prendó del nombre Aurelia, sin ponerse a imaginar como quedaría escrito, pronunciado, susurrado, declamado o gritado junto al apellido en cuestión. Los padres estaban más que desorientados con su nacimiento pues, al ser el primer hijo esperaban un varón tal como la tradición manda, y sabido es que la tradición debe ser tratada y obedecida con mucho respeto; además la sabiduría de las ancianas de la familia así lo auguraban, pero apareció ella, y todos los nombres pensados, calculados, ensayados, se desvanecieron como los fantasmas de la noche al llegar la mañana, de modo que la sugerencia del tío lector fue acogida sin discusión. Y la pobre Aurelia Vélez quedó marcada por ese nombre cuya fama nunca podría igualar y cuyo recuerdo estaba ligado por siempre al de uno de los próceres fundadores de la nacionalidad, lo que la hacía víctima inocente de bromas y preguntas intencionadas, mal intencionadas, se entiende, ya que la auténtica dueña del nombre había tenido una vida más que original, sobre la que cualquier conocedor de la historia argentina puede dar fe. Ustedes dirán que pocos hay que sepan los comprometidos detalles de esas vidas pasadas, pero lo malo es que Aurelia, signada quizás por el destino, cuando llegó el momento de elegir carrera estudió precisamente, Historia, o sea que se movía en un ámbito culto en donde su nombre era invariablemente motivo de curiosidad. Un peso duro de llevar a lo largo de su época de estudiante, de profesora, de periodista, pues también incursionó en ese digno quehacer. ¿Dije digno? Sí, aunque no todos quienes lo ejercen merezcan tal calificativo. Pero ella lo desempeñó con veracidad y rectitud, especializándose justamente en los avatares de la famosa pareja, de modo tal que al escribir su propio nombre una y otra vez, al enunciarlo en conferencias, en programas televisivos de seudo formación ciudadana, en simposios y congresos, y luego afirmar, confirmar y firmar sus dichos siempre se encontró en la seria disyuntiva del otro yo y la clásica pregunta existencial: ¿Quién soy? Eso sin internarnos en la versión esotérica de la reencarnación que su mente racional y lúcida rechazaba pero siempre estaba ahí, acechando, en el fondo de su cerebro sensitivo.
Claro que eso ya pasó, estaba lejos. En los últimos tiempos, después de haber recorrido un largo camino sembrando y cosechando lo bueno y lo malo como a todos nos ocurre, Aurelia Vélez descansaba de las inquietudes comunes y corrientes, propias del ser humano. Vivía sola, en una casa que compró al dejar la casa paterna, prendada por el sauce llorón en un ángulo del parque más bien pequeño, que rodeaba una edificación somera y austera; se enamoró del sauce y compró la casa sin mirar más. Y allí la encontramos hoy, entrada en años y en nostalgias escurridizas, haciendo balance de aciertos y errores. Porque los hubo y muchos en su vida: amores e infortunios competían por el primer puesto, viajes y alegrías, reconocimientos y gratificaciones también, pero sobre todo apresuramientos tanto como indecisiones.
Así pues es difícil para nosotros, simples espectadores de esta mujer que aparentemente descansa bajo la sombra amiga de un sauce llorón, imaginar qué motivos tiene para estar cansada y triste, en especial cuando la tarde invita al goce del ocio sin culpa y sin medida. Hagamos un esfuerzo de imaginación, y dejándola sola un momento, entremos en la casa. Todo está en orden, un orden peculiar, activo, no estático, y huele a limpio, buen dato este que nos habla de un equilibrio interno, el de quien ama la belleza. Al recorrer las habitaciones algo molesta a la vista, no por exceso sino por falta. No hay espejos ni vidrios ni cristales que cumplan su misión.
Si bien es cierto que a cierta edad la imagen que el espejo devuelve cuando lo miramos no siempre es grata para quien recuerda el ayer y sus halagos visuales, es propio de persona criteriosa y juiciosa resignarse a lo que el hoy nos ofrece, y acostumbrarse a esas nuevas imágenes, a veces crueles, que irrumpen sin permiso en una vida programada precisamente para no tener sorpresas desagradables. Porque si algo desveló siempre a nuestra protagonista y le sirvió de meta, objetivo y fin, fue lograr una seguridad previsible, sin interrupciones alocadas que pudieran alterar su paz interior. Por eso la falta de espejos.
Como vemos, Aurelia es terminante en sus determinaciones, o por lo menos lo ha sido en este punto, ya que en otros no supo o no quiso actuar con tanta enjundia. Será porque la pérdida de su juventud y la belleza que otrora la destacaba le duele más de lo que está dispuesta a reconocer. Sólo podemos suponerlo ya que su rostro está cerrado, como cubierto por una tenue telaraña que la aísla y la separa del resto de la gente común y corriente, tal como lo somos nosotros, usted, amigo lector, que recibe mis pautas y yo, que voy delineando para ustedes la figura de este personaje.
Así es como permanece sentada bajo el sauce llorón, protegida de los peligros del mundo por sus ramas que se arrastran por el suelo al compás del suave viento de la tarde y de vez en cuando pasa las manos por sus mejillas ajadas y tajeadas por los años, cosa que se percibe al simple tacto, por sus cabellos que imagina aún oscuros y brillantes, por sus brazos que acarician y enlazan su cuerpo enjuto. Y allí comienza, invariable, cada día, el balance de su larga vida: las relaciones que destrozaron su corazón, los hijos que su seno no quiso albergar, las palabras de amor pronunciadas en voz tan baja que no llegaron a los oídos a los que estaban destinadas, la falta de compromiso que marcó una constante en el devenir de los años, y la soledad que hoy resuena en su mente como un zumbido suave primero, atronador después, y la acucia …
… A ponerse de pie, a dejar la verde sombra del sauce, a entrar en la casa, cambiarse de ropa y alisarse la falda, a peinarse una vez más con los dedos anhelantes, a abrir la puerta y salir en precipitada carrera rumbo a calles desconocidas, hasta llegar a una plaza en donde un sauce llorón le ofrezca su blanda sombra para sentarse en un banco, mirar el cielo y en el cielo una nube perezosa que se desplaza con gracia y sin apuro cuando cae la noche y la plaza se llena de niños que juegan y ríen y de enamorados que se besan, se besan, se besan, mientras ella, bajo la sombra del sauce, sigue mirando la nube.
Una gota, una sola gota moja su rostro. Puede que sea el sauce que llora, por algo tiene ese nombre, piensa Aurelia, o la nube que se abrió en una llovizna fugaz … ¿Qué más podría ser?









Mecha Novillo. Enero de 2010.