La loca. Los chiquillos del barrio le dicen “la loca”. Ella finge no oír su griterío, no escuchar el susurro suspicaz de los vecinos que pasan, ni ver la mirada huidiza de los curiosos.
Eso fue al principio, cuando llegó al barrio. Ahora todos se acostumbraron a verla, parada en la esquina, pegada a la pared, curvada la espalda como protegiendo el cuerpo enjuto, los ojos achicados por el esfuerzo de fijar la vista errante, mientras mueve la cabeza en rápido vaivén hacia ambos lados, acechando imágenes, sonidos, migajas de la vida real que tarde, en la noche, devorará en la soledad de su cuarto vacío. Con el brazo izquierdo sostiene al gato callejero que la espera todas las mañanas, y con la mano derecha lo acaricia, persistente y ansiosa.
La loca no tiene nombre. La loca no tiene palabras. Sólo farfulla en voz baja una retahíla de sonidos incomprensibles, triste jitanjáfora que nunca nadie se detuvo a escuchar. Nadie le habló jamás, ni le preguntó cosa alguna. Nadie la vio reír, nadie la vio llorar.
La loca sueña con el amor, sin saber qué es. Cuando ve pasar a los enamorados, a las parejas, a las madres llevando de la mano a sus hijos, le sorprende ese brillo especial que tienen en la mirada.
Haga calor o frío ella está siempre allí, hiedra gris y tenaz, sin dejar su rincón, extraño abrigo. Cárcel sin rejas es su vida lenta. La loca no se mueve. Acaricia el tibio lomo y espía a la gente. Los mira intentando aprender sus movimientos, la expresión de sus rostros y sus gestos. Escucha atentamente las palabras, para ver si puede repetirlas después, cuando esté a solas. Es inútil, no puede. Pero ella insiste, algún día será como todos los demás.
El gato sí, el gato la comprende, con él se entiende en un lenguaje mudo hecho de tibios roces, de suaves ronroneos.
* * * *
Esta mañana, al salir de la casa para instalarse en el lugar de siempre, esperó en vano al gato. No llegaba. Se atrevió a caminar, pegada a la pared, para ir a buscarlo. Sin saberlo, sonreía, adelantándose al encuentro.
Unos metros más adelante, en medio de la calle, vio el bulto gris, liso, estirado, las cuatro patas como cuatro estacas clavadas en la escarcha.
Los chicos, camino de la escuela, se detuvieron para observar a la loca que, arrodillada junto al gato, lloraba desesperadamente, tapándose la cara con las manos, como lloran todas las mujeres cuando se les muere un hijo.
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