Empeñoso y tenaz, pequeña rosa negra,
el caracol escala el muro blanco;
lenta y penosamente sube y sube.
Salió de su refugio verde y fresco
por la impetuosa lluvia del verano.
¿Adónde irá? ¿Qué nuevas hojas
buscarán esos dientes diminutos
para bordar su encaje?
Intento desprenderlo y obstinado,
se aferra fuertemente
a la dura aspereza del ladrillo
dispuesto a no caer.
Lo miro fijamente y se detiene
para seguir después.
(Acaso tenga miedo de mis ojos
que lamentan el daño del jardín floreciente)
Es más fuerte que yo, ¡cómo negarlo!
Él come, duerme y sueña sin que nada lo turbe
y cuando quiere sale, caparazón y cuernos,
para trepar sin pausa
hasta donde termina su horizonte.
Quién tuviera su fe, y ciego o loco
se atreviera a subir a lo más alto
en vuelo solitario,
sorteando los abismos peligrosos,
las crueles agonías, los crudos desencantos…
No voy a interrumpir su paso leve.
Algún motivo habrá para que exista
tal como existo yo.
Haremos un acuerdo:
lo dejaré tranquilo en su oscura humedad
si él me revela su secreto:
sus armas invisibles
y su poder de escalador impune…
Quizás mañana mismo
intente yo imitarlo
sin temor de caerme.

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