viernes, 28 de diciembre de 2007

EL CARACOL

Empeñoso y tenaz, pequeña rosa negra,

el caracol escala el muro blanco;

lenta y penosamente sube y sube.

Salió de su refugio verde y fresco

por la impetuosa lluvia del verano.

¿Adónde irá? ¿Qué nuevas hojas

buscarán esos dientes diminutos

para bordar su encaje?

Intento desprenderlo y obstinado,

se aferra fuertemente

a la dura aspereza del ladrillo

dispuesto a no caer.

Lo miro fijamente y se detiene

para seguir después.

(Acaso tenga miedo de mis ojos

que lamentan el daño del jardín floreciente)

Es más fuerte que yo, ¡cómo negarlo!

Él come, duerme y sueña sin que nada lo turbe

y cuando quiere sale, caparazón y cuernos,

para trepar sin pausa

hasta donde termina su horizonte.

Quién tuviera su fe, y ciego o loco

se atreviera a subir a lo más alto

en vuelo solitario,

sorteando los abismos peligrosos,

las crueles agonías, los crudos desencantos…

No voy a interrumpir su paso leve.

Algún motivo habrá para que exista

tal como existo yo.

Haremos un acuerdo:

lo dejaré tranquilo en su oscura humedad

si él me revela su secreto:

sus armas invisibles

y su poder de escalador impune…

Quizás mañana mismo

intente yo imitarlo

sin temor de caerme.

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