domingo, 2 de diciembre de 2007

Pobre mariposa

Esta mañana vi la primera mariposa de primavera. Me llenó de asombro porque aquí, en la ciudad, entre las casas y la gente, es raro verlas. Coloridas y gráciles visitantes de los jardines, del campo abierto, flores aladas que acarician los sembradíos y se ocultan, misteriosas, en la arboleda…

Estaba en el patio, pero no volando veloz para perderse en el espacio como suele ocurrir. Se arrastraba lentamente a ras del suelo, luego intentaba un vuelo corto y torpe, se caía, se arrastraba sobre el piso y otra vez volvía a su penoso aleteo, logrando elevarse unos pocos centímetros, para volver a caer.

Me dio mucha pena. Estaría herida…

Nunca vi una mariposa con esa dificultad. Pájaros sí, pichones que uno puede tomar entre las manos y ayudar a que despeguen el vuelo. Pero una mariposa es tan delicada! ¿Cómo tocarla sin dañar el fino polvillo de sus alas? Ésta, además, era modesta, humilde; su colorido, que suele ser espléndido, tenía un tono anaranjado deslucido y uniforme, con algunos puntos más oscuros y un borde negro irregularmente dentado.

¡Pobre mariposa! Me quedé observando sus desesperados intentos de volar durante un largo rato, doliéndome su impotencia , y también la mía, al no poder ayudarla. Entré y, ocupada en diversas tareas, la olvidé.

Cuando volví a salir al patio la busqué, en el suelo, entre las plantas, enganchada entre las hojas de la parra. De haber estado allí, sería claramente visible por su color . Pero no estaba. Había volado, finalmente.

Su liberación me llenó de alegría. Siempre es posible volar, aun cuando parece que los intentos son vanos, aun con las alas rotas.

Al verla esta mañana no imaginé que esa pobre mariposa iba a transmitirme optimismo y esperanza.

Sí, pequeña mariposa, siempre es posible hacer lo que se quiere, siempre se puede cumplir con el destino.

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