Esta es la historia de una niña , un vestido de fiesta y un color. Una historia simple, real y , como todas las cosas reales, alegre y triste al mismo tiempo.
Adoraba el azul. Era un color…distinguido, sobrio, austero, que confería dignidad, elegancia y apostura a quien lo usaba. Pero le estaba vedado. No era rubia (¡quién pudiera serlo!). No tenía ojos claros (sus ojos eran de un marrón dolorosamente vulgar, desabridos ). Su tez pálida necesitaba ser avivada por un color más generoso, así decía su madre – sus tías y su abuela coincidían con ese criterio. Además, para darse el gusto de llevar ese color (“¡Tan serio! ¡Qué gustos raros tiene esta chica!” ) , estaba el uniforme del colegio: traje de dos piezas azul marino, de corte severo, apenas aclarado por la blusa de seda cruda.
Para diario, cualquier color venía bien, pero para salir, para ir a las fiestas…al momento de elegir se presentaba el grave problema en cuya resolución intervenían varios elementos determinantes. La escasez de recursos económicos – el exiguo sueldo de maestro del padre y la cantidad de hijos , seis, cuyas necesidades debían ser mínimamente cubiertas – hacían de esa elección un asunto serio.
La tela, la modista y el modelo eran objeto de largos conciliábulos entre las mujeres de la familia, incluida ella, que si bien tenía voz ( y por cierto que se hacía escuchar protestando, suplicando o gritando ) , no contaba aún , por su edad, con voto. El vestido en cuestión debía ser moderno, atractivo, recatado, con posibilidades de reformas posteriores, con costuras por dentro, para ensancharlo o alargarlo según las pautas de su crecimiento – a los 13 años ya estaba bien desarrollada pero…nunca se podía estar segura, todavía podía dar un nuevo “estirón ” que haría tambalear la delicada economía hogareña.
El segundo elemento a considerar era el color; la tela , ya se sabía, sería el tafetán, una especie de seda dura, vistosa, con un brillo suave y de precio accesible; parecía ser el más apropiado para cualquier oportunidad. Pero… ¿el color? ¡el color! .Ahí comenzaba su sufrimiento. El azul, descartado por las causas antes expuestas; el rojo, demasiado llamativo (no estaba bien llamar la atención ); el blanco, muy delicado ; el verde, amarillo o anaranjado, chillones y de mal gusto ; gris, marrón , lila, colores de vieja o de medio-luto ; (¡ ni pensar en el negro !). Quedaban dos colores aceptables: el celeste y el rosa. El celeste, por ser un derivado del azul era mirado con poca simpatía. De modo que, por descarte, por elección, por resolución inapelable, el color tenía que ser rosado.
Así fue como el día de su primer baile lució su vestido de tafetas rosa, con escote “espejo” y talle “princesa”, el rostro iluminado por el color sabiamente elegido y por la alegría de la ocasión especial, primera e inolvidable en la vida de toda mujer. Le quedaba muy bien, realzaba su silueta, la hacía sentir bella, etérea, era un sueño hecho realidad.
Pero cuando, al poco tiempo surgieron otros compromisos sociales, la situación se complicó. Concurrir a otra fiesta con el mismo vestido…¡ un papelón ! . Entonces, la mano hábil de la modista de la familia hizo la primera de una larga serie de reformas y el vestido de tafetas rosa pasó a ser jumper, blusa con lazo y moño, blusa con jabot, blusa con volados, y otros modelos más que mi memoria no ha retenido. El vestido de tafetas rosa : algo así como la túnica de Jesucristo – la leyenda dice que durante toda su vida sólo tuvo una, que se adaptaba milagrosamente a los cambios de su cuerpo.
Por años soportó con resignación esa condena a rosado perpetuo (no tenía independencia económica que le permitiera hacer sus propias elecciones ni tomar decisión alguna ). Cuando la tuvo se rebeló con violencia , como se rebelan los que han sufrido un largo sometimiento. Escogió colores vibrantes, rayas, lunares, todo un arco-iris de tonos y matices; modelos clásicos o atrevidos, según la ocasión, sobrios o incitantes, buscando siempre destacar el cuello largo y fino, el talle esbelto, el rostro pálido…Y por supuesto, el azul, el azul marino, el que sólo podían usar las rubias, el azul en toda su gama, el azul en toda su gloria: azul Francia, azul eléctrico, turquesa, celeste, en telas livianas y transparentes como la organza, en telas de magnífica caída como el crêpe georgette, el brocado o el hilo; cada prenda era un desafío, una expresión de libertad…¡ Cosas de muchacha !
Con el paso de los años, rotas las cadenas que la ataban al rosado perpetuo y olvidado también ese desenfreno de colores, telas, modelos y estilos, fue adquiriendo un estilo propio, sobrio y convencional como lo exigía su trabajo y su condición de mujer madura.
Un día, siendo ya una persona mayor se encontró mirando su guardarropa y descubrió, no sin sorpresa, que a pesar de la diversidad de prendas ( algunas casi sin uso, otras guardadas desde hacía mucho tiempo, otras descartadas porque no se sentía cómoda con ellas ), las que usaba más a menudo, aquéllas a las que consideraba como su segunda piel…eran las de color azul…o rosa.
Sonrió con nostalgia y ternura recordando esas peleas , esos enojos de chiquilla, esa insistencia materna, recordando esos vestidos mil veces reformados y transformados. Después de todo…su madre tenía razón . Debía vestir de rosa, era el color que mejor le sentaba, el que le iluminaba la cara con su suave resplandor. Por los surcos de sus mejillas corrieron unas lágrimas pequeñitas que al llegar al mentón ya se habían secado. Como siempre, como en tantas otras cosas de su vida, era tarde para reconocer la infinita sabiduría de su madre.
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