viernes, 28 de diciembre de 2007

LA LOCA

La loca. Los chiquillos del barrio le dicen “la loca”. Ella finge no oír su griterío, no escuchar el susurro suspicaz de los vecinos que pasan, ni ver la mirada huidiza de los curiosos.

Eso fue al principio, cuando llegó al barrio. Ahora todos se acostumbraron a verla, parada en la esquina, pegada a la pared, curvada la espalda como protegiendo el cuerpo enjuto, los ojos achicados por el esfuerzo de fijar la vista errante, mientras mueve la cabeza en rápido vaivén hacia ambos lados, acechando imágenes, sonidos, migajas de la vida real que tarde, en la noche, devorará en la soledad de su cuarto vacío. Con el brazo izquierdo sostiene al gato callejero que la espera todas las mañanas, y con la mano derecha lo acaricia, persistente y ansiosa.

La loca no tiene nombre. La loca no tiene palabras. Sólo farfulla en voz baja una retahíla de sonidos incomprensibles, triste jitanjáfora que nunca nadie se detuvo a escuchar. Nadie le habló jamás, ni le preguntó cosa alguna. Nadie la vio reír, nadie la vio llorar.

La loca sueña con el amor, sin saber qué es. Cuando ve pasar a los enamorados, a las parejas, a las madres llevando de la mano a sus hijos, le sorprende ese brillo especial que tienen en la mirada.

Haga calor o frío ella está siempre allí, hiedra gris y tenaz, sin dejar su rincón, extraño abrigo. Cárcel sin rejas es su vida lenta. La loca no se mueve. Acaricia el tibio lomo y espía a la gente. Los mira intentando aprender sus movimientos, la expresión de sus rostros y sus gestos. Escucha atentamente las palabras, para ver si puede repetirlas después, cuando esté a solas. Es inútil, no puede. Pero ella insiste, algún día será como todos los demás.

El gato sí, el gato la comprende, con él se entiende en un lenguaje mudo hecho de tibios roces, de suaves ronroneos.

* * * *

Esta mañana, al salir de la casa para instalarse en el lugar de siempre, esperó en vano al gato. No llegaba. Se atrevió a caminar, pegada a la pared, para ir a buscarlo. Sin saberlo, sonreía, adelantándose al encuentro.

Unos metros más adelante, en medio de la calle, vio el bulto gris, liso, estirado, las cuatro patas como cuatro estacas clavadas en la escarcha.

Los chicos, camino de la escuela, se detuvieron para observar a la loca que, arrodillada junto al gato, lloraba desesperadamente, tapándose la cara con las manos, como lloran todas las mujeres cuando se les muere un hijo.

* * * *

EL CARACOL

Empeñoso y tenaz, pequeña rosa negra,

el caracol escala el muro blanco;

lenta y penosamente sube y sube.

Salió de su refugio verde y fresco

por la impetuosa lluvia del verano.

¿Adónde irá? ¿Qué nuevas hojas

buscarán esos dientes diminutos

para bordar su encaje?

Intento desprenderlo y obstinado,

se aferra fuertemente

a la dura aspereza del ladrillo

dispuesto a no caer.

Lo miro fijamente y se detiene

para seguir después.

(Acaso tenga miedo de mis ojos

que lamentan el daño del jardín floreciente)

Es más fuerte que yo, ¡cómo negarlo!

Él come, duerme y sueña sin que nada lo turbe

y cuando quiere sale, caparazón y cuernos,

para trepar sin pausa

hasta donde termina su horizonte.

Quién tuviera su fe, y ciego o loco

se atreviera a subir a lo más alto

en vuelo solitario,

sorteando los abismos peligrosos,

las crueles agonías, los crudos desencantos…

No voy a interrumpir su paso leve.

Algún motivo habrá para que exista

tal como existo yo.

Haremos un acuerdo:

lo dejaré tranquilo en su oscura humedad

si él me revela su secreto:

sus armas invisibles

y su poder de escalador impune…

Quizás mañana mismo

intente yo imitarlo

sin temor de caerme.

ESTOY, ESTÁS

Estoy, estás,

y la mañana está

nueva, sin límites,

cuenco lleno de azules esperanzas.

Siento que hoy puedo hacer lo que yo quiera,

gastar mis horas en fugaces vuelos,

dejar que pasen sin medir sus pasos,

perder la vista descubriendo formas

en el juego constante y renovado

de la luz y las sombras,

escribir versos, tararear canciones…

Hoy puedo ser,

y puedo derrochar

sin culpa y sin temor todo mi tiempo.

¿Por qué no permitirnos ser felices?

Hoy es hoy,

hoy estás,

y yo a tu lado

en el misterio azul de la mañana.



domingo, 2 de diciembre de 2007

Pobre mariposa

Esta mañana vi la primera mariposa de primavera. Me llenó de asombro porque aquí, en la ciudad, entre las casas y la gente, es raro verlas. Coloridas y gráciles visitantes de los jardines, del campo abierto, flores aladas que acarician los sembradíos y se ocultan, misteriosas, en la arboleda…

Estaba en el patio, pero no volando veloz para perderse en el espacio como suele ocurrir. Se arrastraba lentamente a ras del suelo, luego intentaba un vuelo corto y torpe, se caía, se arrastraba sobre el piso y otra vez volvía a su penoso aleteo, logrando elevarse unos pocos centímetros, para volver a caer.

Me dio mucha pena. Estaría herida…

Nunca vi una mariposa con esa dificultad. Pájaros sí, pichones que uno puede tomar entre las manos y ayudar a que despeguen el vuelo. Pero una mariposa es tan delicada! ¿Cómo tocarla sin dañar el fino polvillo de sus alas? Ésta, además, era modesta, humilde; su colorido, que suele ser espléndido, tenía un tono anaranjado deslucido y uniforme, con algunos puntos más oscuros y un borde negro irregularmente dentado.

¡Pobre mariposa! Me quedé observando sus desesperados intentos de volar durante un largo rato, doliéndome su impotencia , y también la mía, al no poder ayudarla. Entré y, ocupada en diversas tareas, la olvidé.

Cuando volví a salir al patio la busqué, en el suelo, entre las plantas, enganchada entre las hojas de la parra. De haber estado allí, sería claramente visible por su color . Pero no estaba. Había volado, finalmente.

Su liberación me llenó de alegría. Siempre es posible volar, aun cuando parece que los intentos son vanos, aun con las alas rotas.

Al verla esta mañana no imaginé que esa pobre mariposa iba a transmitirme optimismo y esperanza.

Sí, pequeña mariposa, siempre es posible hacer lo que se quiere, siempre se puede cumplir con el destino.

sábado, 1 de diciembre de 2007

CONDENADA A ROSADO PERPETUO

Esta es la historia de una niña , un vestido de fiesta y un color. Una historia simple, real y , como todas las cosas reales, alegre y triste al mismo tiempo.

Adoraba el azul. Era un color…distinguido, sobrio, austero, que confería dignidad, elegancia y apostura a quien lo usaba. Pero le estaba vedado. No era rubia (¡quién pudiera serlo!). No tenía ojos claros (sus ojos eran de un marrón dolorosamente vulgar, desabridos ). Su tez pálida necesitaba ser avivada por un color más generoso, así decía su madre – sus tías y su abuela coincidían con ese criterio. Además, para darse el gusto de llevar ese color (“¡Tan serio! ¡Qué gustos raros tiene esta chica!” ) , estaba el uniforme del colegio: traje de dos piezas azul marino, de corte severo, apenas aclarado por la blusa de seda cruda.

Para diario, cualquier color venía bien, pero para salir, para ir a las fiestas…al momento de elegir se presentaba el grave problema en cuya resolución intervenían varios elementos determinantes. La escasez de recursos económicos – el exiguo sueldo de maestro del padre y la cantidad de hijos , seis, cuyas necesidades debían ser mínimamente cubiertas – hacían de esa elección un asunto serio.

La tela, la modista y el modelo eran objeto de largos conciliábulos entre las mujeres de la familia, incluida ella, que si bien tenía voz ( y por cierto que se hacía escuchar protestando, suplicando o gritando ) , no contaba aún , por su edad, con voto. El vestido en cuestión debía ser moderno, atractivo, recatado, con posibilidades de reformas posteriores, con costuras por dentro, para ensancharlo o alargarlo según las pautas de su crecimiento – a los 13 años ya estaba bien desarrollada pero…nunca se podía estar segura, todavía podía dar un nuevo “estirón ” que haría tambalear la delicada economía hogareña.

El segundo elemento a considerar era el color; la tela , ya se sabía, sería el tafetán, una especie de seda dura, vistosa, con un brillo suave y de precio accesible; parecía ser el más apropiado para cualquier oportunidad. Pero… ¿el color? ¡el color! .Ahí comenzaba su sufrimiento. El azul, descartado por las causas antes expuestas; el rojo, demasiado llamativo (no estaba bien llamar la atención ); el blanco, muy delicado ; el verde, amarillo o anaranjado, chillones y de mal gusto ; gris, marrón , lila, colores de vieja o de medio-luto ; (¡ ni pensar en el negro !). Quedaban dos colores aceptables: el celeste y el rosa. El celeste, por ser un derivado del azul era mirado con poca simpatía. De modo que, por descarte, por elección, por resolución inapelable, el color tenía que ser rosado.

Así fue como el día de su primer baile lució su vestido de tafetas rosa, con escote “espejo” y talle “princesa”, el rostro iluminado por el color sabiamente elegido y por la alegría de la ocasión especial, primera e inolvidable en la vida de toda mujer. Le quedaba muy bien, realzaba su silueta, la hacía sentir bella, etérea, era un sueño hecho realidad.

Pero cuando, al poco tiempo surgieron otros compromisos sociales, la situación se complicó. Concurrir a otra fiesta con el mismo vestido…¡ un papelón ! . Entonces, la mano hábil de la modista de la familia hizo la primera de una larga serie de reformas y el vestido de tafetas rosa pasó a ser jumper, blusa con lazo y moño, blusa con jabot, blusa con volados, y otros modelos más que mi memoria no ha retenido. El vestido de tafetas rosa : algo así como la túnica de Jesucristo – la leyenda dice que durante toda su vida sólo tuvo una, que se adaptaba milagrosamente a los cambios de su cuerpo.

Por años soportó con resignación esa condena a rosado perpetuo (no tenía independencia económica que le permitiera hacer sus propias elecciones ni tomar decisión alguna ). Cuando la tuvo se rebeló con violencia , como se rebelan los que han sufrido un largo sometimiento. Escogió colores vibrantes, rayas, lunares, todo un arco-iris de tonos y matices; modelos clásicos o atrevidos, según la ocasión, sobrios o incitantes, buscando siempre destacar el cuello largo y fino, el talle esbelto, el rostro pálido…Y por supuesto, el azul, el azul marino, el que sólo podían usar las rubias, el azul en toda su gama, el azul en toda su gloria: azul Francia, azul eléctrico, turquesa, celeste, en telas livianas y transparentes como la organza, en telas de magnífica caída como el crêpe georgette, el brocado o el hilo; cada prenda era un desafío, una expresión de libertad…¡ Cosas de muchacha !

Con el paso de los años, rotas las cadenas que la ataban al rosado perpetuo y olvidado también ese desenfreno de colores, telas, modelos y estilos, fue adquiriendo un estilo propio, sobrio y convencional como lo exigía su trabajo y su condición de mujer madura.

Un día, siendo ya una persona mayor se encontró mirando su guardarropa y descubrió, no sin sorpresa, que a pesar de la diversidad de prendas ( algunas casi sin uso, otras guardadas desde hacía mucho tiempo, otras descartadas porque no se sentía cómoda con ellas ), las que usaba más a menudo, aquéllas a las que consideraba como su segunda piel…eran las de color azul…o rosa.

Sonrió con nostalgia y ternura recordando esas peleas , esos enojos de chiquilla, esa insistencia materna, recordando esos vestidos mil veces reformados y transformados. Después de todo…su madre tenía razón . Debía vestir de rosa, era el color que mejor le sentaba, el que le iluminaba la cara con su suave resplandor. Por los surcos de sus mejillas corrieron unas lágrimas pequeñitas que al llegar al mentón ya se habían secado. Como siempre, como en tantas otras cosas de su vida, era tarde para reconocer la infinita sabiduría de su madre.

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