Enfrentar al espejo. (Es duro, pero hacerlo)
No mirar todavía.
Estirar lentamente los labios. (Se forma una sonrisa)
Recién entonces
y solamente entonces
clavar los ojos en la imagen fijamente.
(Que la sonrisa no se borre: indispensable)
Mirar.
No es tan terrible lo que se ve.
Es más, es casi llevadero
ese reflejo extraño.
Se impone la identificación impostergable:
el que está adentro,
adentro de uno mismo, el viejo conocido,
con el que allí se ve,
en el espejo.
Vendrán sin duda largas reflexiones,
nostalgias con su sello de lamento.
No evadirlas, gastarlas, degustarlas
hasta que poco a poco se disuelvan
como azúcar en agua.
Ya sin melancolías ni rubores
acariciar el ego un poco, apenas
lo suficiente para pasar el día (Es el primero).
Decirse: Por lo menos estoy vivo.
Y en un último gesto de coraje
mojar la cara verdadera y sin secarse
hacerle un guiño a ese reflejo tonto,
acosado, cansado,
con el agua chorreando sin consuelo,
sin sonrisa,
y el corazón trozado y destrozado.
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