Aprovechar cada minuto
como una bendición que puede terminarse
o nunca repetirse.
Gozar del aire fresco,
de la pequeña brisa,
del céfiro ligero que corre por el patio.
Abrir el libro
y escoger al azar una poesía,
leerla y sonreír, mirar la contratapa,
entablar todo un diálogo dialéctico
con Mario Benedetti, nada menos.
Beber un vaso de agua fría mientras tanto,
y saborear su gusto puro.
De cuando en cuando levantar los ojos
y mirar hacia arriba.
El cielo espera esa mirada
para mostrarse en toda su belleza.
Mirar después el verde circundante
y agradecer la suerte
de habitar una casa,
no importa cuán pequeña pueda ser,
ni cuán modesta.
Volver al libro, y ahora en voz bien alta
leer alguna estrofa y saborearla
como una fruta fresca.
Después entrar.
Y ya en la casa iluminada
sentirse bien, y no desear más nada.

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