viernes, 14 de noviembre de 2008

Flor que extraña la rama

Ya ha dicho el sabio que los hijos extrañan a los padres cuando se han ido, como la flor cortada extraña la rama.

(Alberto Gerchunoff)

Cuando el hijo se va, los padres quedan.

La casa paterna es el hogar; los padres, el sostén, el apoyo, las raíces que nos afirman al terreno original desde donde podemos, aún frágiles, extender nuestras ramas, florecer y volar, como las hojas en otoño, imitando a los pájaros. Los padres siempre están, en el ardor de sus años jóvenes, en la quietud de su vejez, en el silencio de su ancianidad. Los creemos eternos. Pero un día ellos también parten, reclamados por la ley inexorable del devenir humano.

Y es entonces, ante su ausencia, cuando el hijo se siente huérfano – no importa la edad que tenga - , desamparado, solo. Ha perdido su pasado y su historia. Dolorosamente, deja de ser hijo y comienza a ser hombre.

ESTÁ ESPERANDO EL SOL

Está esperando que asome el sol por la ventana de su cuarto; no ha dormido en toda la noche. Es la primera vez en la vida que se mantuvo insomne, alerta por horas y horas, sin sucumbir al sueño. Es, también, la primera vez que se sintió tan agraviada, tan herida.

La oscuridad es ahora menos densa, el gris va ocupando todos los espacios. En cuanto amanezca se irá, ya lo ha decidido. No importa adónde. Luego lo pensará. No importa cómo. Luego lo resolverá. Ya ha puesto algunas ropas en el bolso que, casualmente, tenía a mano. Y dinero: apenas lo necesario para arreglárselas al principio; le alcanzará para un par de semanas. Saldrá, silenciosamente, por esa puerta que se abrió para recibirlos hace mucho tiempo, por esa puerta que después se cerró para esconder de miradas extrañas su felicidad, por la misma puerta que más tarde ocultaría el tedio, el engaño, y desde anoche, la injuria, la calumnia. Caminará tres largas cuadras hasta llegar a la estación y allí tomará el tren y se marchará para siempre. Comenzará una nueva vida. Trabajará, y el tiempo hará el resto. Algún día, espera, podrá borrar de su memoria las palabras de la monstruosa acusación, algún día podrá olvidar.

Aguarda el amanecer. Pero el sol no aparece. Todo lo que ve es un cielo plomizo y ceniciento. De repente, una hebra de luz se abre paso allá arriba y enseguida largas pinceladas amarillas van pintando el firmamento. Un dorado de trigo y miel se derrama sobre los árboles, sobre los campos. Abre la ventana . Siente que el suave manto de oro cubre también su cuerpo, envolviéndola, aislándola de todo lo que la rodea, de lo que hasta hace un instante quería dejar. Se siente invulnerable.

Todo es luz, por fuera. Y por dentro algo tibio, una naciente esperanza comienza a ocupar esos oscuros rincones en donde anoche anidó el dolor.

Ya es de día. Se aparta de la ventana, abre el bolso y vuelve a guardar la ropa en los cajones. La vida sigue. Su hijo no nacerá sin padre.

LA HIEDRA

Otoño. Fin de mayo. Son las seis de la tarde. La casa, tibia, invita a estar adentro. Pero afuera está el cielo – y sólo yo para mirarlo – deslavado y liso, dorado hacia el oeste, que me tienta, y gana el afuera, por supuesto. Con una taza de té y un libro que leo de a ratos, me instalo en el patio, a contemplar la rosa china con sus ramas erguidas, cuajada de pimpollos en lo alto y unas pocas flores abiertas – siempre fue mezquina con sus magníficas rosas de vida tan efímera, tal como esas adolescentes de prematura belleza y pronto ocaso.

Un viento leve, apenas algo más que brisa, mueve y transforma la destejida trama de la parra. Mi pequeño jardín resplandece. Ninguna de las plantas se ha enterado del cambio de estación, no saben que a escasa distancia está el invierno; sus hojas, en abigarrada confusión, se enredan y se anudan .

Todo sigue creciendo, todo es vida pujante, empecinada vida vegetal que llena los espacios con su verde. Menos la hiedra.

¡La hiedra! Brotó espontáneamente, para nuestra sorpresa, para nuestra alegría. Fue, al principio, una débil ramita con una hoja o dos que un día apareció en el ángulo justo, en el lugar apropiado para cumplir su destino de hiedra: cubrir el muro, aferrarse con suaves dedos a la pared desnuda. Le dimos tiempo: un año, dos, tres, ya va por el cuarto. Y se fue desarrollando lentamente, como si el nacer de cada nueva hoja fuera una misión difícil, casi un dar a luz humano.

Son muy bellas sus hojas, tienen una forma combinada de estrella y corazón que desconcierta el ojo de visitas entendidas en la materia. Yo no sé nada de plantas, sólo la admiro. Ella es así, porfiada y lenta; rebelde, además, porque no quiere adherirse a la pared, pretende despegarse y arracima sus ramas en lugar de extenderlas.

Es una hiedra, lo veo y me lo han dicho, sin embargo no se comporta como tal. Hemos intentado someterla, con hilos y con clavos, sujetarla de mil maneras, pero no se doblega. Creo que debemos respetarla en su deseo de libertad. A lo largo de cuatro años ha demostrado su voluntad de ser distinta, su negativa a cubrir el muro desteñido, su obstinación en no proteger esa pared desnuda que anhela resguardo y compañía.

Ella es así . ( Yo también era así, ingenuamente rebelde, por eso la comprendo ) Algún día, quizás, dentro de muchos años, se cansará de esta lucha silenciosa entre mi deseo y su capricho, y veré, por fin – o lo verán mis nietos – la pared, verde, suave, totalmente cubierta por la hiedra.

DESEOS


No desees algo fervientemente,

mira que el Cielo puede concedértelo.

Proverbio chino

Primero mis deseos surgieron ante la actitud de Quiqui cuando comenzó a comprar caballos, supuse que la medicación antidepresiva estaba excedida. Pedí interiormente que se tranquilizara, que se aquietara. Continuó con el aporte que hizo para que el camino al campito del Ale fuera más accesible a fin de ir sin inconvenientes cada vez que quisiera ver “sus” yeguas. Estaba exaltado, contento, y yo no comprendía cómo el contacto con esos animales podían depararle tanto placer. Ahora no hay nada que le dé un poquito de alegría. Protesté, y pedí al Cielo que dejara de hacer gastos que yo consideraba superfluos. Ahora todos nuestros ingresos se destinan a pagar médicos y remedios. Me molestó y pedí, una vez más, que se retirara del Club Hípico adonde iba a andar a caballo contrariando la opinión del médico. Ya no puede andar a caballo, ni siquiera caminar.

Siempre me molestó el olor a cigarrillo, insistí vanamente para que no fumara en casa. Rara vez me hacía caso. Ahora ruego porque pueda seguir fumando, que pueda seguir sosteniendo el cigarrillo; es lo único que le depara unos minutos de bienestar.

Antes me aburría la repetición rutinaria de nuestras salidas los sábados y domingos. O a la casa del Ale, o a la de Sergio, o a tomar un café a Los Cubanitos o al Dino. Clamaba por algo distinto. Ahora tenemos una rutina distinta: no salimos a ninguna parte.

Antes me molestaba tener que cederle la computadora cuando a él se le ocurría sin fijarse si yo estaba haciendo un trabajo, enviando un mail o abriéndolo. Ahora no se acerca a la computadora, no puede pulsar las teclas ni manejar el mouse. Y lo mismo ocurría con el control remoto del televisor, se apoderaba de él y hacía zapping constantemente. Ahora la televisión no le interesa y manejar el control escapa a sus posibilidades.

Antes me fastidiaba mucho que se pusiera a hacer trabajos manuales ya que por su apresuramiento y el temblor de sus manos deslustraba las mesas, dañaba los pisos, arruinaba muebles. Le hice comprar una madera grande para apoyar sobre la mesa del comedor de diario. Ahora la madera está guardada sin uso, porque él ya no puede hacer nada, sus manos no le responden.

Cuando se produjo su ACV, comenzó a asistir al Instituto de Rehabilitación y lo he estado acompañando en un horario de plena siesta que me alteraba todo el día. Deseé que eso terminara, que hubiera algún cambio. Lo hubo: Quiqui está afectado por un virus zoster que lo inhabilita para casi todo y ya no puede ir al Instituto.

Estaba muy caprichoso en su apetito, era difícil darle con el gusto en la comida. Pedí que eso se encaminara con más normalidad, deseé no tener que trabajar tanto en la cocina. Ahora no come casi nada.

Ante la proximidad del Día de la Madre y de mi cumpleaños me hacía problema por cómo recibir a la familia y qué convidarles. Ahora sé que nadie va a venir, el herpes es sumamente contagioso.

Me molestaba porque Quiqui dormía mucho, dormía aun sentado en el living, y más cuando se acostaba en la cama en plena tarde y tenía que despertarlo a la hora de cena; él me explicaba que lo hacía porque estaba fatigado, que su cuerpo necesitaba reposo. Yo quería que eso cambiara. Ahora no puede dormir por el dolor que le provoca el herpes, pasa la noche entera desvelado y sufriendo, en un constante ¡Ay, ay, ay! quejándose sin pausa.

Todos mis pedidos han sido silenciosos, sólo expresión de deseos. Ya no deseo nada, no pido nada. El Cielo me ha castigado. Que el Cielo me perdone.