
No desees algo fervientemente,
mira que el Cielo puede concedértelo.
Proverbio chino
Primero mis deseos surgieron ante la actitud de Quiqui cuando comenzó a comprar caballos, supuse que la medicación antidepresiva estaba excedida. Pedí interiormente que se tranquilizara, que se aquietara. Continuó con el aporte que hizo para que el camino al campito del Ale fuera más accesible a fin de ir sin inconvenientes cada vez que quisiera ver “sus” yeguas. Estaba exaltado, contento, y yo no comprendía cómo el contacto con esos animales podían depararle tanto placer. Ahora no hay nada que le dé un poquito de alegría. Protesté, y pedí al Cielo que dejara de hacer gastos que yo consideraba superfluos. Ahora todos nuestros ingresos se destinan a pagar médicos y remedios. Me molestó y pedí, una vez más, que se retirara del Club Hípico adonde iba a andar a caballo contrariando la opinión del médico. Ya no puede andar a caballo, ni siquiera caminar.
Siempre me molestó el olor a cigarrillo, insistí vanamente para que no fumara en casa. Rara vez me hacía caso. Ahora ruego porque pueda seguir fumando, que pueda seguir sosteniendo el cigarrillo; es lo único que le depara unos minutos de bienestar.
Antes me aburría la repetición rutinaria de nuestras salidas los sábados y domingos. O a la casa del Ale, o a la de Sergio, o a tomar un café a Los Cubanitos o al Dino. Clamaba por algo distinto. Ahora tenemos una rutina distinta: no salimos a ninguna parte.
Antes me molestaba tener que cederle la computadora cuando a él se le ocurría sin fijarse si yo estaba haciendo un trabajo, enviando un mail o abriéndolo. Ahora no se acerca a la computadora, no puede pulsar las teclas ni manejar el mouse. Y lo mismo ocurría con el control remoto del televisor, se apoderaba de él y hacía zapping constantemente. Ahora la televisión no le interesa y manejar el control escapa a sus posibilidades.
Antes me fastidiaba mucho que se pusiera a hacer trabajos manuales ya que por su apresuramiento y el temblor de sus manos deslustraba las mesas, dañaba los pisos, arruinaba muebles. Le hice comprar una madera grande para apoyar sobre la mesa del comedor de diario. Ahora la madera está guardada sin uso, porque él ya no puede hacer nada, sus manos no le responden.
Cuando se produjo su ACV, comenzó a asistir al Instituto de Rehabilitación y lo he estado acompañando en un horario de plena siesta que me alteraba todo el día. Deseé que eso terminara, que hubiera algún cambio. Lo hubo: Quiqui está afectado por un virus zoster que lo inhabilita para casi todo y ya no puede ir al Instituto.
Estaba muy caprichoso en su apetito, era difícil darle con el gusto en la comida. Pedí que eso se encaminara con más normalidad, deseé no tener que trabajar tanto en la cocina. Ahora no come casi nada.
Ante la proximidad del Día de la Madre y de mi cumpleaños me hacía problema por cómo recibir a la familia y qué convidarles. Ahora sé que nadie va a venir, el herpes es sumamente contagioso.
Me molestaba porque Quiqui dormía mucho, dormía aun sentado en el living, y más cuando se acostaba en la cama en plena tarde y tenía que despertarlo a la hora de cena; él me explicaba que lo hacía porque estaba fatigado, que su cuerpo necesitaba reposo. Yo quería que eso cambiara. Ahora no puede dormir por el dolor que le provoca el herpes, pasa la noche entera desvelado y sufriendo, en un constante ¡Ay, ay, ay! quejándose sin pausa.
Todos mis pedidos han sido silenciosos, sólo expresión de deseos. Ya no deseo nada, no pido nada. El Cielo me ha castigado. Que el Cielo me perdone.