sábado, 18 de abril de 2009

ANTES





Antes, en la proximidad de las Fiestas de fin de año, yo me compraba ropa, algo especial, muy elegante, muy impactante, que mantenía cuidadosamente guardada para estrenar en Navidad o Año Nuevo. Y aparecía deslumbrante – así lo veía yo y así me lo decían – para sorprender a Quiqui.

Ahora busco algo cómodo para ponerme, de modo de no pasar calor.

Antes, a mí me gustaba, como a la mayoría de las mujeres, salir de compras. Era un remedio infalible para detener una de esas mínimas depresiones que aparecían cuando el descontento por la rutina diaria nos amenazaban.

Ahora, para conjurar esos males nos confiamos a una amiga, o leemos un libro de autoayuda, o hacemos ejercicios de relajación pues casi todas en algún momento de la vida hemos practicado Yoga, y con eso debemos arreglarnos. No hay nada más que nos brinde alivio.

Antes, cuando festejábamos las Fiestas fuera de casa, en algún restaurant, entre desconocidos, al dar las 12 todo el mundo levantaba sus copas y en un gran brindis todo el mundo se deseaba felicidades, la gente dejaba su mesa y se acercaba a los otros para besarse y abrazarse, había sonrisas, exclamaciones de alegría, votos de buenaventura, demostración sincera de buena voluntad.

Ahora nadie mira a nadie - ¿será que a nadie le importa el otro? – y no hay contacto alguno entre la gente que sólo brinda con los suyos, desconociendo como prójimo al que tiene al lado.

Antes, si los chicos traían a sus amigos, si la casa estaba llena de jóvenes que reían y escuchaban música muy fuerte, eso me llenaba de alegría, era señal de que nuestro hogar era acogedor.

Ahora necesito del silencio y la soledad para reponerme cada día del simple desgaste de vivir.

Antes, yo jugaba, saltaba, reía y cantaba con mis primeros nietos, era una abuela joven que gozaba con esas actividades. Y los llevaba a la placita cercana a casa, o a la Plaza Colón, o al Zoológico, a ver títeres, y hasta a pasear simplemente por el centro.

Ahora sólo tengo una nieta, Lupe, la más pequeña, que es demasiado grande para ir a la placita.

Antes paseaba con mis nietas y eso era un auténtico placer para ellas y para mí. Recuerdo una vez cuando salí con Luisita al centro, iba a comprarle una cartera, la primera de su vida, ella tenía unos 7 u 8 años; luego fuimos a Santo Domingo, para enseñarle la Iglesia donde nos habíamos casado su abuelo y yo. Hubo que subir la larga escalinata hasta el Camarín de la Virgen, Luisita se deleitaba contemplando los vitrales, las decoraciones y las pinturas en la bóveda y la urna que protegía la imagen de la Virgen del Rosario. Terminamos tan cansadas que Luisa lloraba de dolor de pies, calzaba unos zapatitos heredados que le quedaban apretados; tomamos un taxi y al llegar a casa la niñita puso sus pies en agua tibia y Quiqui la tuvo que alzar en brazos y la llevó a su casa en el auto. Poco después repetí el paseo, la compra y la visita a la iglesia, con Julia, que no quería ser menos que su hermanita. Todo fue más o menos igual con algunas variaciones: Julia quedó embelesada al ver en las vidrieras del centro los vestidos de novia, y al subir los escalones en la iglesia ella brincaba y cantaba, no le interesaba la parte artística, era un pajarito feliz imaginando y soñando con el lejano casamiento de sus abuelos.

Ahora, mis dos hermosas nietas son grandes, Luisa va a la Facultad de Artes Plásticas y Julia cursa el último año del Bachillerato. Las veo poco, tienen múltiples actividades y horarios inciertos. Sólo es igual el amor que nos une.

Antes…. Todo era diferente. Tengo miles de recuerdos, de dulces historias: Francisco, de seis o siete años, acariciándome y diciendo: “Qué frías tenés las manos, abuelita, yo te voy a calentar”… Lupe, regalándome algo suyo, siempre que iba a verla: un lápiz de labios, un prendedor, un verso escrito por ella…. Coni, en la placita de mi barrio, dando vueltas en la calesita, gritando de alegría y saludando con la mano al pasar por el lugar en donde estaba yo…. Juan y Mauricio, pequeños, de vacaciones en casa, en un seguidilla de salidas y paseos, Coni y yo organizando el calendario de esas salidas, los dos varones con los ojos desorbitados en “La Casa del Terror”, Coni prendida fuertemente de mi mano en un laberinto de cristal … Federico, en Los Aromos, arrojando piedras a la pequeña pileta, y diciendo: “Ahí va otro sapito” …

Antes … toda la familia junto al río, en la playa de arena, trepándose a las inmensas rocas, riendo, cantando, viviendo la alegría de estar juntos …

Ahora … no soy la misma, la vida no es la misma, el tiempo me pasó por encima, me gastó, me desgastó, ha quedado sólo una sombra vaga de lo que fui. Pero ellos están: mis hijos, mis nietos, mi bisnieto, que cuando me ve corta florecillas silvestres y me ofrece un ramito. Ellos avanzan, van cubriendo las distancias, van haciendo su destino, van forjando su futuro.

Para qué seguir haciendo estas comparaciones nostálgicas. Antes es el pasado. El presente es hoy, ahora. Es estar junto a Quiqui, codo a codo, haciéndole frente a esta tormenta que se ha descargado sobre nuestras cabezas después que su salud se deterioró, es resignarse a aceptar una nueva vida, restringida, disminuida en su calidad, pero es también gozar de lo que aún nos queda: la mutua compañía, una mirada, una sonrisa, un roce de las manos ….

Antes y ahora, ciclos que se van cumpliendo, curvas que se cierran sobre sí mismas, saber con certeza que estamos cerca del fin, y no temerle demasiado.

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Mecha Novillo. 18 de abril de 2009.

lunes, 6 de abril de 2009

VALENTÍN Y EL SILENCIO

VALENTÍN Y EL SILENCIO

¿Y por qué se borró su memoria?

¿Por qué el silencio

sepultando su nombre y su recuerdo?

¿Por qué sus hijos,

su sangre, renegando su historia?

¿Por qué el secreto?

¿Cuál fue el dolor, el daño, la vergüenza,

cuál fue la tropelía del soñador aquel?

¿Cuál fue el motivo

que silenció sus actos y su vida?

¿Cuál su locura

para que lo ignoraran de tal modo?

Quizás resentimiento…

Valentín y el silencio….

En pos de una ilusión encaminó sus pasos

en los tiempos lejanos de la filantropía.

Apóstol de las letras,

con el abecedario, la música y el libro

prometió la alegría,

mientras sembraba escuelas y formaba maestros.

Nadie quedaba fuera: ni el peón ni el obrero

ni la niña ni el rudo campesino inmigrante.

Tesón inoportuno…

Valentín y el silencio…

Pero no tuvo suerte, ni la buscó tampoco,

soportó la pobreza sin queja y sin auxilio,

la injuria y la calumnia de muchos enemigos

porque no transigía, porque no se doblaba,

porque no se rendía.

Valor irresponsable…

Valentín y el silencio…

Hijos de la pobreza, sus hijos lo olvidaron,

no trascendió su nombre, no trascendió su vida,

hasta el día fortuito del rescate imprevisto.

Aun así, lo dejaron nuevamente de lado;

todos están corriendo, están siempre apurados

en cosas productivas, en temas importantes,

y el libro del recuerdo que lo trajo al presente,

“Memorias de un olvido”, dormirá en un estante…

Tanto fuego en cenizas…

Valentín y el silencio.

* * *