Ahora la miro con respeto.
Hace unos días la miraba con odio, después de su intento – con resultado efectivo – de dañarme gravemente, quizás de matarme – es imposible conocer sus aviesas intenciones ocultas –. Pero no cultivo el odio, lo he cambiado por un marcado distanciamiento.
Dije que ahora la miro con respeto, pero me cuido bien de poner la mayor distancia posible entre ella y mi persona. Nunca más volveré a ser tan confiada.
Antes la miraba con indiferencia, aunque puse mucha atención a la hora de elegirla. Puesto que iba a compartir nuestro hogar e intervenir en los momentos más privados de nuestra vida cotidiana, debía ser fuerte, resistente, pero delicada y agradable de ver bajo el aspecto estético. Y lo era.
Y yo no le prestaba atención, sólo la aceptaba, mientras ella estaba ahí, simplemente.
Hasta que se rebeló. Y en un descuido mío me atacó con fiereza.
Por eso, ahora la miro y la trato con respeto. Lavo prolijamente su superficie de madera estacionada, la seco y la guardo en la alacena buscando el lugar adecuado para que no vuelva a caer sobre mi pie derecho, destrozándome el dedo gordo.
