domingo, 11 de mayo de 2008

LOS MEANDROS DE LA MEMORIA

Esas cosas pudieron no haber sido.
Casi no fueron. Las imaginamos
En un fatal ayer inevitable
.

El pasado

(Jorge Luis Borges)


Río tranquilo, en su cauce la memoria guarda todo, arenillas insignificantes, pepitas de oro, ramas de sauces avistados en riberas lejanas, hojas secas de muchos otoños dorados, restos del pasado…

No es un río que discurre serenamente hacia la mar. En sus meandros se acunan imágenes casi perdidas, recuerdos ignorados, sentimientos sujetos al olvido.

Pero algunos se escapan y sin que podamos impedirlo, un día, en un momento inesperado, toman forma y se presentan, implacables.


Una imagen y un sentimiento unido a esa imagen: una habitación con paredes de color durazno, decoradas con nubecitas blancas y árboles verdes. Hoy se le llamaría diseño naïf, en ese entonces era sólo una bella imagen dentro de la casa, igual a la de afuera. Porque el afuera era un vasto jardín alargado, del frente al fondo, custodiando la casa. Dije jardín, y no sé si lo era, en el preciso significado de la palabra. Era un amplio corredor de tierra con manchones de césped, que se estiraba entre la casa y un muro adosado cubierto de madreselvas. Adelante se ensanchaba para ofrecer albergue a los rosales, y todo estaba cercado por una reja blanca, baja, reja de adorno, que no de seguridad. Hacia el fondo, árboles frutales. En medio, la hamaca, ésa de vaivén con dos sillitas que subían y bajaban. Y en las sillitas dos niñas que ríen. Hasta aquí la imagen, el recuerdo que enfoca la imagen, la imagen que se abre como una fotografía de 360º y permite ver todo, aun el interior de la casa, aun las habitaciones con nubes y árboles.

El sentimiento… No es fácil evocar el sentimiento. Un nudo ajustado en la garganta, tan apretado que llega al corazón, pone un freno al recuerdo. La escena está clara ante los ojos de la memoria, pero el sentimiento se enreda en una maraña que lo confunde con muchos otros, con los tiernos recuerdos de la primera infancia, con los simples recuerdos de la niñez, con los inquietantes recuerdos de la adolescencia. Y entre medio, un hueco oscuro y profundo que cubre y descubre por momentos unos y otros, que desnuda una larga desolación, que revela una honda soledad, que muestra un doloroso desconcierto, ese desfile inacabable de mañanas claras bordadas de alegría y tardes de oro con promesas de felicidad, crepúsculos rojizos de llanto y de tristeza, y noches de oscuridad, y ese miedo, el miedo que se asoma entre las sombras para asustar a los niños que leen en lugar de dormir.

En la mañana límpida suena una campana, a lo lejos, y la madre dice: Es hora de comer. La niñas, en su sillita alta, juegan, saltan, una silla se tumba y una niña se cae. La sangre corre por el piso blanco y negro de la cocina, la madre corre, la niña llora, la otra mira, muda y temblorosa. No sabe bien qué pasa. Algo se ha roto. Quebrada la armonía, vuelan fantasmas por el aire que huele a sangre caliente.

En la siesta de seda los damascos maduran lenta y gozosamente en el árbol nuevo, su peso inclina al árbol joven. Las niñas arrancan con deleite los de las ramas bajas, los guardan en el delantal recogido para contenerlos y los llevan a la cocina. Se escucha el piano de la madre, suenan las notas suaves y tristes, sin pausa, mientras las horas estiran la tarde hasta que se vuelve un camino largo, largo, que parece no tener fin.

La hora de la leche las reclama. Lavarse y peinarse y vestirse para salir a la puerta. O hamacarse incansablemente en el jardín: arriba, abajo, abajo, arriba, con grititos de alegría y de susto, cuando el cosquilleo de mil mariposas va desde la garganta hasta el estómago.

Oscurece y hay que entrar. La casa y su abrigo, los brazos del padre, las caricias de la madre, todo es uno, todo las envuelve y las dos son una sola. El sueño las lleva por senderos de maravilla. Y el salto de la cama al despertar vuelve a reunirlas en un parloteo interminable.

Luego, repentinamente, vienen días de niebla, de ceniza y dolor.

Los padres lloran. Llaman a un taxi. Suben al auto, todos, las dos niñas también. El padre lleva en brazos a la más pequeña, que parece dormir, con una respiración ruidosa y agitada. La madre la aferra con desesperación. La otra niña mira sin comprender por qué ya no pueden jugar. El padre dice: Se fue. La madre grita. La niña cae en un pozo más profundo y más negro que el de los sueños.

En ese pozo, hundida, perdida, estará mucho tiempo, hasta que los días vuelvan a ser días, hasta que las noches vuelvan a ser noches y no cueva oscura llena de horrores, hasta que la hamaca…

No, la hamaca, no. Nunca más la niña subirá a la hamaca. Los damascos caen al suelo. No las notas del piano sino el silencio llenan las tardes. Lloran los rosales marchitos y el jardín se puebla de malezas salvajes y ortigas malignas.

La niña está siempre adentro de la casa, no mira las nubes y los árboles pintados en la pared. Lee su libro, lee, lee, lee. Las nubes y los árboles de afuera están, pero algún día serán borrados por el viento y la lluvia, porque nadie los mira, porque nadie los ve.

En los meandros de la memoria muchas imágenes duermen en quieto silencio, pero bajo sus arenas arremolinadas, hay una imagen, una sola, que gira incesante, incansable, inasible…