Esas cosas pudieron no haber sido.
Casi no fueron. Las imaginamos
En un fatal ayer inevitable.
El pasado
(Jorge Luis Borges)
No es un río que discurre serenamente hacia la mar. En sus meandros se acunan imágenes casi perdidas, recuerdos ignorados, sentimientos sujetos al olvido.
Pero algunos se escapan y sin que podamos impedirlo, un día, en un momento inesperado, toman forma y se presentan, implacables.
Una imagen y un sentimiento unido a esa imagen: una habitación con paredes de color durazno, decoradas con nubecitas blancas y árboles verdes. Hoy se le llamaría diseño naïf, en ese entonces era sólo una bella imagen dentro de la casa, igual a la de afuera. Porque el afuera era un vasto jardín alargado, del frente al fondo, custodiando la casa. Dije jardín, y no sé si lo era, en el preciso significado de la palabra. Era un amplio corredor de tierra con manchones de césped, que se estiraba entre la casa y un muro adosado cubierto de madreselvas. Adelante se ensanchaba para ofrecer albergue a los rosales, y todo estaba cercado por una reja blanca, baja, reja de adorno, que no de seguridad. Hacia el fondo, árboles frutales. En medio, la hamaca, ésa de vaivén con dos sillitas que subían y bajaban. Y en las sillitas dos niñas que ríen. Hasta aquí la imagen, el recuerdo que enfoca la imagen, la imagen que se abre como una fotografía de 360º y permite ver todo, aun el interior de la casa, aun las habitaciones con nubes y árboles.
El sentimiento… No es fácil evocar el sentimiento. Un nudo ajustado en la garganta, tan apretado que llega al corazón, pone un freno al recuerdo. La escena está clara ante los ojos de la memoria, pero el sentimiento se enreda en una maraña que lo confunde con muchos otros, con los tiernos recuerdos de la primera infancia, con los simples recuerdos de la niñez, con los inquietantes recuerdos de la adolescencia. Y entre medio, un hueco oscuro y profundo que cubre y descubre por momentos unos y otros, que desnuda una larga desolación, que revela una honda soledad, que muestra un doloroso desconcierto, ese desfile inacabable de mañanas claras bordadas de alegría y tardes de oro con promesas de felicidad, crepúsculos rojizos de llanto y de tristeza, y noches de oscuridad, y ese miedo, el miedo que se asoma entre las sombras para asustar a los niños que leen en lugar de dormir.
Oscurece y hay que entrar. La casa y su abrigo, los brazos del padre, las caricias de la madre, todo es uno, todo las envuelve y las dos son una sola. El sueño las lleva por senderos de maravilla. Y el salto de la cama al despertar vuelve a reunirlas en un parloteo interminable.
Los padres lloran. Llaman a un taxi. Suben al auto, todos, las dos niñas también. El padre lleva en brazos a la más pequeña, que parece dormir, con una respiración ruidosa y agitada. La madre la aferra con desesperación. La otra niña mira sin comprender por qué ya no pueden jugar. El padre dice: Se fue. La madre grita. La niña cae en un pozo más profundo y más negro que el de los sueños.
No, la hamaca, no. Nunca más la niña subirá a la hamaca. Los damascos caen al suelo. No las notas del piano sino el silencio llenan las tardes. Lloran los rosales marchitos y el jardín se puebla de malezas salvajes y ortigas malignas.
La niña está siempre adentro de la casa, no mira las nubes y los árboles pintados en la pared. Lee su libro, lee, lee, lee. Las nubes y los árboles de afuera están, pero algún día serán borrados por el viento y la lluvia, porque nadie los mira, porque nadie los ve.
