domingo, 17 de febrero de 2008

EL FRANCÉS

Siempre fue un personaje extraño en el barrio. Pero, con el tiempo, ya nos habíamos acostumbrado a verlo. Verlo, que no escucharlo. Casi nunca hablaba, sólo un saludo con la cabeza o un “Bonjour” desganado a los vecinos con los que se cruzaba. Muy delgado, de complexión menuda, sucias sus ropas y a veces desgreñado, se lo miraba con recelo; sin embargo no era feo el francés, con su tez curtida y sus ojos claros.

Caminaba con el ceño fruncido, como enojado, preocupado, apurado, apurado, con una prisa inusual en un hombre de su edad. Nunca iba solo; prendidos de cada mano llevaba siempre uno, dos o tres chiquillos, rubios o morochos, bellos angelotes con sus mismos ojos, con su misma mirada, lo que confirmaba una prolífica, indudable y extraña paternidad. Porque no era un hombre joven. Más que maduro, ya había doblado el codo de los sesenta. Y los racimos de niños que lo acompañaban o lo seguían, según el caso, eran de todas las edades. A veces llevaba uno en brazos. En el rostro de las criaturas uno podía adivinar quién y cómo había sido la madre, si una “gringuita” o una criolla. A veces, una u otra mujer joven, muy joven, casi adolescente, siempre embarazada, trotaba tras él sin lograr alcanzarlo. Él seguía su camino, imperturbable, apurado, apurado.

Cambiaba de pareja con una frecuencia increíble. Más de uno se preguntaba cómo este hombre hosco, seco, viejo, atraía a las mujeres jóvenes que le daban hijos y más hijos. ¿Sería, en su vida privada, tierno, bondadoso, protector? ¿O buscaba mujeres desamparadas que necesitaban a alguien que cuidara de ellas?

Se ganaba la vida confeccionando carpas, mochilas, bolsas de dormir, camperas, elementos de camping en general. Su trabajo era de primera calidad, él lo sabía y cobraba precios exorbitantes. No obstante, el número de sus clientes crecía continuamente. Venía gente de todas partes a buscarlo, su fama se extendía por la ciudad gracias al “boca a boca”. Y él cortaba, cosía, cortaba, cosía, cortaba ….

Tenía mal genio, era de pocas palabras, apenas un “Bonjour” mascullado como con rabia al recibir a un cliente y un gesto vago con la mano al despedirlo. Su impuntualidad en las entregas ya se había convertido en una leyenda. Pero la gente lo soportaba.

Al aumentar su trabajo tuvo que cambiarse de casa. En la que habitaba hasta ese momento – las malas lenguas decían que había usurpado la vieja casona abandonada, invadida por un espeso yuyal y sucia al extremo de inspirar temor a quien entraba – no tenía un taller con suficiente espacio para los cueros, las lonas, los caños y todo el material que amontonaba desordenadamente.

Se mudó, junto con sus criaturas y su pareja de turno, a un departamento cercano. Sé que tuvo mil problemas con los vecinos que querían echarlo, por la suciedad, los ruidos, el llanto de las criaturas, la música a todo volumen que salía día y noche de la radio que lo acompañaba mientras trabajaba, y la “estanciera” vieja y destartalada estacionada eternamente en el jardín del edificio. No sé si los solucionó, no sé si volvió a mudarse, no lo vi más.

Hasta ayer. Habían pasado muchos años y yo lo había olvidado.

Estaba en la puerta, oteando los nubarrones oscuros que amenazaban descargarse en furioso chaparrón cuando me llamó la atención ver a un anciano que avanzaba penosa y lentamente arrastrando los pies: un pequeño paso, luego otro, y se detenía a tomar aliento, a reubicarse, porque la verdad es que parecía perdido…

Dolorosa imagen la del anciano, con una leve sonrisa dibujada en el rostro surcado por mil arrugas, desorientado bajo la lluvia que había comenzado a caer. Con el corazón estrujado por la compasión y dudando entre salir o no y ofrecerme para ayudarlo, lo miré detenidamente, y ante mi asombro escuché, en el momento en que pasó frente a mí, su clásico “Bonjour”, ahora sin fuerzas, apenas susurrado.

Extrañamente limpio, era el francés. Solo. Anciano. Quizás enfermo. Desvalido.

¿Y sus hijos? ¿Sus mujeres? Nadie lo acompañaba, no tenía un brazo joven en donde apoyarse.

Pero él parecía sereno. Por primera vez, caminaba sin prisa, sin niños, sin amor.

La vida lo había despojado.

C’est la vie, mon ami!